26 de diciembre de 2007

Comprender a los relojes

Homenaje al Gran Cronopio

¿Qué ocurre si a un reloj le arrancas la saetas, lo desnudas groseramente de su preciso engranaje y lo abandonas a una suerte de esfera blanca, sin brazos que señalen el jeroglífico orden numérico que lo adorna? ¿Qué reloj quisiera ser un reloj que no ofrece la hora y los minutos con una precisión de tics y un gorgojeo de tacs? Uno tendría en las manos un reloj sin alma, una caja vacía y tonta con ecos de silencio.

Al tiempo se abrazan los relojes con enfermiza obsesión de matemático para demostrar que llevan razón siempre; cada minuto que pasa proclaman su cordura y su acierto universal. Todos juntos responden al mismo fluir del segundero. Un reloj en marcha son todos los relojes, que se acompañan los unos a los otros dándose la razón y no quitándosela. Cada segundo la mitad de los relojes aplaude con un tic y responde con un tac la otra mitad, sonando los primeros con un tic y los otros con un tac, para de nuevo regresar al tic y al tac los relojes todos, en armonía de saludos de ida y vuelta por torres de iglesia, oficinas de correos y grandes almacenes. En esto son muy tercos los relojes. Les va en ello la existencia.

Los hay que de vez en cuando atrasan. Entonces tenemos un reloj perdido, remolón, un reloj que persigue a los demás en su carrera extraviada por laberintos de barro. Se le pegan los pies al suelo y poco a poco se deja vencer por la rabia y queda varado en una escollera de tiempo enloquecido y entonces ya no es un reloj. Es otra cosa: una pieza de anticuario, un huérfano de dueño metido dentro de una vitrina en una casa de empeños. Un reloj no es.

En el mecánico fluir de las saetas encontramos un orden cósmico, un universo de aciertos milimétricos al que recurren los maestros para poner fin a las clases de aritmética o los jóvenes para concertar su momento de felicidad íntima en parques llenos de enamorados que miran impacientes sus relojes.

Es importante un reloj con saetas. No está de más repetirlo. Sin ellas el tiempo sería un señor con brazos de hielo en un desierto de fuegos: un hombre boquiabierto en medio del Gobi observando sus dedos abrasados de sol y sus manos goteando sobre la arena como un sendero de hormigas que buscan la entrada de su hormiguero. Estaría perdiendo el tiempo este señor de brazos de escarcha.

Todos los relojes tienen sus manías, sus cosas, sus amores. Dentro de un reloj conviven los más hondos sentimientos. A veces demuestran cierto tartamudeo en su girar metódico, una vacilación que apenas es atraso de reloj sino un suspiro tímido como un rubor de mejillas; y advierte uno entonces un relampagueo de luz que viene de la acera de enfrente, el reflejo del sol al paso de otro reloj que guiña un ojo a tu reloj y lo entristece. Lo pone melancólico. Tan sentimental que duele. A ese otro reloj que juega a enamorar a tu reloj lo viste una correa menuda, brillante como un pañuelo de seda. Su dueña sigue el camino ajena al diálogo presumido de su reloj de pulsera.

Tu reloj languidece de ternura. Las saetas le vencen, la esfera se ciega y la hebilla se parte en dos pedazos de metal; el reloj se te suicida detrás de la mancha de luz del empedrado. Y sabe uno que ha llegado el momento de obedecer a su reloj y es de obligación cruzar a la acera de enfrente con la excusa del reloj estropeado para preguntar la hora, caminar juntos a un café y la mano sobre la mano, y tu reloj con su reloj, y entonces de nuevo el tictac de enamorados.

Y esto es comprender a los relojes.

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