31 de diciembre de 2007

La pagina en blanco

Ha pasado largo tiempo desde la última vez que me encontré con Fedora, y ya estaba echando de menos su presencia fugaz, su sonrisa afrutada y esa manera tan suya de lucir las brumas de la imaginación, como si de repente vinieran todas las palabras asomando al filo de sus pupilas brillantes, o como cargando en sus manos dos enormes bolsas repletas de sueños.

-No esperaba encontrarte por aquí, Goti. Me causa un enorme placer saber que sigues en la brecha, que el desaliento de la creación no ha podido contigo.

Por un momento no supe si hablaba del profundo abismo que se abría ante nosotros –la cima de una montaña nevada- o de ese terror que nace ante la página en blanco en el instante previo a la escritura. Sin duda mi rostro un tanto febril ofrecía pistas suficientes para que Fedora supiera que ambas cosas significaban el mismo vértigo implacable.

-Piensa que la creación tiene también sus demonios –continuó-, sus seres tenebrosos, cierta magia negra que puede asediar tu voluntad y arrastrar tu ánimo hasta allá abajo – Fedora señaló el fondo del precipicio, en donde se agitaron extrañas sombras, movidas por quién sabe qué fuerzas enigmáticas.

Soplaba viento del norte y el cielo comenzaba a desaparecer detrás de los picos alpinos, arrugándose con un color de ceniza lavada. Exhalé un breve aliento de humo y traté de refugiarme un poco más dentro de mi abrigo de felpas. El cuerpo inasible de Fedora no cedió al trémulo desasosiego de la tarde, al frío incontenible de las montañas, y por un momento me pareció que su mano era la depositaria de todos los colores del horizonte. Confirmé mis sospechas al descubrir que, con un suave movimiento de su pincel, Fedora comenzó a perfilar pequeños trazos sobre la nieve; los picos más lejanos adquirieron tonos primaverales, poco a poco dibujó sobre las blancas cumbres ondulaciones verdosas, el marrón silvestre de su brocha transformó la tierra húmeda, y de un plumazo liberó a los abetos de su carga de hielo.

El paisaje nevado fue derritiéndose frente a mí hasta que dejé de sentir el frío que atenazaba mis músculos y tuve que desabotonarme el abrigo. Fedora dejó entrever una sonrisa de ironía y yo me dejé llevar por un instante de felicidad creadora.

-¿Lo ves, Goti? No hay nada que no pueda cambiar si le echas un poquito de imaginación.

-Pero tú has regresado a la primavera, Fedora. O ¿te has adelantado hasta ella? Dime, ¿qué es esto? –pregunté, arrebatándole el pincel-, ¿una máquina del tiempo? ¿una varita mágica?

Armado con el pincel, extendí mi mano hasta el borde dorado del sol, pero mi intención de volverlo de plata, de convertir el cielo –ahora azul y nebuloso- en el manto estrellado de una noche de estío, naufragó y quedé extrañado y atento a la mirada de Fedora, en la que se adivinaban visibles muestras de ternura.

-Me habrás oído decirte esto antes: ¡No cambiarás nunca, Goti! Me parece a mí que esta manera de estar tú y yo juntos, este vernos tan de vez en vez, no te sirve de nada. Aprende: ¿acaso no sabes que esto no existe?

Fedora tomó de nuevo el pincel, levantó un brazo y al paso de las hebras por el paisaje, el cielo fue llenándose de ladrillos, la tierra reverdecida a nuestros pies cobró el aspecto de un parquet laminado y las montañas y abetos se juntaron en una sola cosa adquiriendo finalmente una nueva textura mobiliaria: estanterías repletas de libros, el marco de una pequeña ventana y, brillando sobre el escritorio, perfilándose en la pantalla de azul oceánico, fueron apareciendo los caracteres de este texto que ahora lees, amable internauta, tal vez con una sonrisa en los labios.

Me descubrí en mi habitación en sombras con un cigarrillo marchitándose en el cenicero, tratando de escribir una entrada entre lírica y simpática para mi bitácora circulodetiza.blogspot.com. Esta misma entrada, escrita en esta misma habitación, bajo la influencia de su voz, de su susurro inaudible.

-¿Qué pretendes Fedora?

Mi curiosidad crecía y era inevitable que también me preguntara dónde habían ido a parar las cumbres nevadas, dónde los abetos, y qué había ocurrido con la primavera si todo se había tornado, mágicamente, en estas cuatro paredes apenas iluminadas por el sol de una tarde de invierno.

-No pretendo nada –dijo-. No hay nada peor para la literatura que la pretensión. Un texto pretencioso no puede tener otro final que la papelera. Ningún lector querrá jamás que tú le digas, Víctor Goti, cuál es tu verdad, tu realidad. ¿No has aprendido todavía la diferencia entre decir y mostrar? Usa tu imaginación, mira a tu alrededor y dime qué estás viendo.

Levanté la vista para descubrir que junto a mí ya no había nada. Ni rastro de las cumbres blanquecinas, ni de los árboles, ni del abrazo cálido de esa extraña primavera. Miré a uno y otro lado: ni rastro de Fedora.

La noche había caído ya tras los cristales. Un silencio sordo gobernaba el barrio. Yo encendí el flexo. Su luz inundó la estancia. Y, casi sin notarlo, mientras trataba de recuperar el orden de las cosas y volvía al cansancio perpetuo de la existencia, a la pesadez del cuerpo, me sorprendió el último zarpazo de la luz arañándome los párpados; y en ellos, tras el velo de los ojos, recuperé tal vez por última vez la tarde helada, el precipicio bajo las cimas blancas, mi cuerpo encogido de fríos, y de nuevo tu rostro, Fedora, bañado por la niebla, por brumas inasibles. Todo para mí, para ti lector, para nosotros, y después llegó -¿cómo evitarlo?-, el retorno a la página en blanco.

26 de diciembre de 2007

Comprender a los relojes

Homenaje al Gran Cronopio

¿Qué ocurre si a un reloj le arrancas la saetas, lo desnudas groseramente de su preciso engranaje y lo abandonas a una suerte de esfera blanca, sin brazos que señalen el jeroglífico orden numérico que lo adorna? ¿Qué reloj quisiera ser un reloj que no ofrece la hora y los minutos con una precisión de tics y un gorgojeo de tacs? Uno tendría en las manos un reloj sin alma, una caja vacía y tonta con ecos de silencio.

Al tiempo se abrazan los relojes con enfermiza obsesión de matemático para demostrar que llevan razón siempre; cada minuto que pasa proclaman su cordura y su acierto universal. Todos juntos responden al mismo fluir del segundero. Un reloj en marcha son todos los relojes, que se acompañan los unos a los otros dándose la razón y no quitándosela. Cada segundo la mitad de los relojes aplaude con un tic y responde con un tac la otra mitad, sonando los primeros con un tic y los otros con un tac, para de nuevo regresar al tic y al tac los relojes todos, en armonía de saludos de ida y vuelta por torres de iglesia, oficinas de correos y grandes almacenes. En esto son muy tercos los relojes. Les va en ello la existencia.

Los hay que de vez en cuando atrasan. Entonces tenemos un reloj perdido, remolón, un reloj que persigue a los demás en su carrera extraviada por laberintos de barro. Se le pegan los pies al suelo y poco a poco se deja vencer por la rabia y queda varado en una escollera de tiempo enloquecido y entonces ya no es un reloj. Es otra cosa: una pieza de anticuario, un huérfano de dueño metido dentro de una vitrina en una casa de empeños. Un reloj no es.

En el mecánico fluir de las saetas encontramos un orden cósmico, un universo de aciertos milimétricos al que recurren los maestros para poner fin a las clases de aritmética o los jóvenes para concertar su momento de felicidad íntima en parques llenos de enamorados que miran impacientes sus relojes.

Es importante un reloj con saetas. No está de más repetirlo. Sin ellas el tiempo sería un señor con brazos de hielo en un desierto de fuegos: un hombre boquiabierto en medio del Gobi observando sus dedos abrasados de sol y sus manos goteando sobre la arena como un sendero de hormigas que buscan la entrada de su hormiguero. Estaría perdiendo el tiempo este señor de brazos de escarcha.

Todos los relojes tienen sus manías, sus cosas, sus amores. Dentro de un reloj conviven los más hondos sentimientos. A veces demuestran cierto tartamudeo en su girar metódico, una vacilación que apenas es atraso de reloj sino un suspiro tímido como un rubor de mejillas; y advierte uno entonces un relampagueo de luz que viene de la acera de enfrente, el reflejo del sol al paso de otro reloj que guiña un ojo a tu reloj y lo entristece. Lo pone melancólico. Tan sentimental que duele. A ese otro reloj que juega a enamorar a tu reloj lo viste una correa menuda, brillante como un pañuelo de seda. Su dueña sigue el camino ajena al diálogo presumido de su reloj de pulsera.

Tu reloj languidece de ternura. Las saetas le vencen, la esfera se ciega y la hebilla se parte en dos pedazos de metal; el reloj se te suicida detrás de la mancha de luz del empedrado. Y sabe uno que ha llegado el momento de obedecer a su reloj y es de obligación cruzar a la acera de enfrente con la excusa del reloj estropeado para preguntar la hora, caminar juntos a un café y la mano sobre la mano, y tu reloj con su reloj, y entonces de nuevo el tictac de enamorados.

Y esto es comprender a los relojes.

15 de diciembre de 2007

LA CINTA DE MOEBIUS, Manuel Talens

Manual de Teología electrónica para internautas
Alcalá Grupo Editorial


Manuel Talens es ese pensador ilustrado –tan difícil de encontrar en nuestros días- que se entrega a una causa justa, como Sócrates, como Descartes o Chardin, sin esperar a cambio otra cosa que la verdad: renuncia a una existencia tranquila para sumergirse en una batalla en nombre de la razón perdida. Nuestro tiempo está habitado por extrañas sombras, y Talens pone todo en manos de la razón, con la esperanza de que le sea devuelta esa verdad. La búsqueda de la naturaleza de la verdad es la justificación de “La cinta de Moebius” (2007).

Alejado de las proezas narrativas de sus anteriores novelas, “La parábola de Carmen la Reina” (1992) e “Hijas de Eva” (1997), en las que resolvía universos propios con altas dosis de lirismo y un estilo circular con un marcado uso del tiempo y su rueda imparable, comienza su nueva obra con un lenguaje nada afectado, limpio, a ratos frío como el estilete de un cirujano (no en vano Talens practicó la medicina durante veinte años) y renuncia al barroquismo en beneficio de un discurso conciso, transparente, lleno de ideas revolucionarias y de imaginación. ¡Imaginación al poder!- dijeron los del 68.

Manuel Talens, el escritor filósofo, el pensador de nuestro tiempo, tiene el don de transmitirnos con su pluma el deplorable estado de la nación terrenal, usando para ello la base científica unida a la teología ficción: religión y ciencia. Se sirve de la alegoría bíblica para contemplar el mundo en que vivimos.

“...todo arte constituye un intento de recuperar la inocencia perdida y la escritura es una forma sublime de arte para reconstituir el éxtasis del paraíso [...] la grandeza del acto de escribir consiste precisamente en el fracaso indudable de la tarea”.


Como hizo Voltaire con su Cándido, Talens emplea el personaje del arcángel Gabriel para recorrer los oscuros pasadizos del poder como un Dante que desciende a los Infiernos -la tierra- para dar cuenta en el Paraíso –el Reino de los Cielos-, de que hay algo que no marcha. El arcángel, aterrado por la visión que ha recogido en los informes de sus emisarios en la tierra, y por ello sumido en una profunda desazón, solucionará el desastre del mundo –ahora replicado en una base de datos binaria en el mundo digital-, eliminándolo. Borrándolo. No hay otra salida que recomenzar desde el principio, crear de nuevo el génesis.

“La cinta de Moebius” es también un juego, un invento matemático, una destreza de la ciencia que representa y ficciona el infinito y su multiplicidad. La cinta, propiamente dicha, es inacabable, como el libro, cuyo principio que se pliega en su mitad y regresa al origen, al génesis, y contiene en la superficie narrativa, en el discurso, un doble plano: el de la Historia de los hombres y el de la Historia de Dios.

Talens, transfigurado en Dios único y creador omnisciente, nos revela en el libro que todo es posible y todo está permitido; rompe con dogmas decimonónicos, con la elaboración tediosa de personajes y voces, con la rutina de la trama, y lo hace arrancando con un personaje principal, el arcángel Gabriel –en esto es conservador, ya que será este personaje el que lleva todo el peso de la historia- que nos guiará desde los orígenes del mundo conocido, desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento, recorriendo también la Historia de la Literatura con una alegre visión del Reino de los Cielos. Allí, en el cielo, habitan Homero, Ovidio, Virgilio, Dante, Rabelais, Shakespeare, Garcilaso de la Vega, Miguel de Cervantes, Gutenberg, Platón, Safo, Aristóteles, Cicerón, Séneca, Tito Livio, miembros todos del Club de Escritores Seráficos, en pugna intelectual y rebelde contra el papado y sus tretas en nombre de Dios.

Apenas encontramos en la obra personajes inventados, pues todos pertenecen al orden de la Historia (el arcángel Gabriel, Lucas el apóstol, los escritores y los papas), con la excepción de dos, en los que se apoya para el desarrollo de la trama:

- hacker John Carmichael Barlow, alter ego de John Perry Barlow (1947 -), poeta y ensayista estadounidense, graduado en religión comparada y promotor del Ciberespacio Independiente firmado en Davos en 1996 (fecha y lugar que resuenan con vehemencia en los anales de la contrarrevolución globalizadora del liberalismo actual);

- la doctora Verónica Isenring (recordemos que fue la Verónica bíblica quien tendió un velo a Jesucristo para enjugarle el rostro);

Estos dos personajes junto con Ernesto Cardenal (poeta y activista, que fue amonestado por Juan Pablo II en 1983 frente a las cámaras de TV que en ese momento transmitían a todo el mundo por propagar doctrinas apóstatas), permitirán a Talens cruzar su historia celestial con el conocido mundo terrestre y el novísimo mundo cibernético.

Además del argumento en pos de la salvación de un Dios convaleciente y anciano (perfectamente diagnosticado con mecanismos científicos y físicos), en la obra nos cruzamos con constantes referencias al mundo de las artes, con pensamientos y confesiones que son sin ninguna duda la propia declaración de intenciones del autor “el arte por el arte no le convencía demasiado” (p. 29); “Y fue así, por pura conveniencia ética y estética, como Gabriel abrazó el activismo” (p. 30); además de esgrimir por todo el libro conceptos como la intertextualidad, el plagio, la revisión histórica con base marxista, la semiótica y el metalenguaje.

No solo aparecen por sus páginas ese elenco de escritores que forman el Club de Escritores Seráficos, sino que también se asoma Bach –referencia obligada por la circularidad de su obra-, el propio matemático Moebius, y el guiño a sus obras anteriores (el médico Lucas Evangelista ¿no es el Lucas Toledano de “La parábola de Carmen la Reina”?, la propia Carmen la Reina, p. 167, las “Hijas de Eva”, la rueda del tiempo y, por supuesto, la venganza que se va construyendo a lo largo de todo el libro contra el sistema, contra el capitalismo neoliberal que busca el dominio del mundo con su máscara falsaria). Hasta nos encontramos con algo así como un autorretrato del propio Talens en la página 51.

No es de extrañar que Dios malviva en un estado de coma permanente. Talens reformula el “Dios ha muerto” de Nietzsche dentro de un nuevo contexto, el del s. XXI, en donde los muertos vivirán eternamente conectados a goteros y respiradores.

Escribe Talens en la página 31: “Una cosa es el discurso y otra muy distinta la realidad”, lo cual me hace pensar si no estaremos entonces atados de pies y manos... ¿Para qué combatir? Acaso la única respuesta válida la encontremos también en otro escritor que ambos –Talens y yo mismo-, admiramos:

TUZENBACH:
Vamos a ver. Después que hayamos muerto nosotros, las gentes volarán en globos, cambiarán el estilo de las chaquetas, descubrirán quizá un sexto sentido y harán que se desarrolle... Pero la vida seguirá igual que antes: una vida trabajosa, llena de misterio y de felicidad. Y al cabo de mil años, la gente seguirá diciendo entre suspiros: “¡Ay, qué duro es vivir!”. Y, sin embargo, temerá a la muerte y no querrá morir, exactamente igual que ahora.

VERSHININ (Pensativo):
¿Qué diría yo? A Mí me parece que todo lo de este mundo tiene que cambiar poco a poco y que ya está cambiando ante nuestros propios ojos. Dentro de doscientos, o trescientos, o hasta de mil años –el número no importa- aparecerá una vida nueva y feliz. Nosotros no participaremos de ella, por supuesto, pero vivimos ahora para ella, sí, y sufrimos con el fin de crearla. Ése es el único objetivo de nuestra existencia y, si quiere usted, ésa será nuestra única felicidad.

Las tres hermanas
A. Chéjov


“El referente no ha cambiado, pero sí el contexto” (pág. 72). Tal vez sea esta afirmación el quid de toda la novela. Con el cambio de contexto (la actualidad cibernético-científica y el revisionismo histórico), la Biblia adquiere matices que debemos analizar, y Talens desarrolla a lo largo de todo el libro una aguda puntualización de los referentes del Génesis: si Dios hubiera creado la tierra imponiendo a los hombres el mandamiento de compartirla y gozarla por igual, no estaríamos habitando un mundo plagado de guerras y desolación.

No debemos olvidar que Talens es también traductor, es miembro y creador del grupo de traductores Tlaxcala, y claro defensor de esta tarea del escritor en la sombra. Como tal, brinda un clarísimo homenaje a sus compañeros de pluma en la página 77: Karen Shashok, Fernando Navarro, Luis Manuel Pestana, Fausto Giudice y el dibujante Kalvellido.

En el segundo capítulo, “El diagnóstico de Dios”, Talens emplea una serie de informes médicos (con lenguaje y estructura absolutamente científicos), con los que concluye los siguientes diagnósticos: Dios padece Alzheimer y es hermafrodita con autonomía reproductora, San José no fue más que el padre putativo de Jesucristo sin relación de consanguinidad, y el sexo de los ángeles es aplumado (ya que en el corpúsculo de Barr se encuentra una pluma microscópica).

Con estos informes médicos, la novela comienza a transformarse en otra cosa. Comienza a perder su narratividad, su expresión “artística” o literaria, y muta en un juego intelectual en el que los informes científicos y los correos electrónicos (revisión de la novela epistolar), acercarán la narración hacia el siguiente estadio, a una cota más de la vocación humanista de Talens, al capítulo siguiente: “Solución cibernética de la omnisciencia imposible”.

Pero, ¿dónde se encuentra el pliegue de la cinta? ¿Dónde comienza a perderse exactamente la narración para transformarse en ensayo, en profusión de ideas? Como en la propia cinta de Moebius, el punto de cambio, el giro o la inflexión, es imposible de determinar. El discurso narrativo está gravitando sobre la historia y poco a poco se puebla de informes, de correos electrónicos, la narración aparece y desaparece, y queda completamente mutada pocas páginas después del comienzo del capítulo “Solución cibernética...”, para aparecer de nuevo, como introducción a los “Informes sobre el estado de la nación terrenal”, el capítulo cuarto.

Tras la muerte de John Carmichael Barlow, su alma queda encargada de mantener el Servidor Divino, www.yosoyelquesoy.com. Más tarde, en noviembre de 1992, el arcángel Gabriel se encuentra con su propia biografía (que comienza en una fecha todavía por llegar, 2009) colgada de ese mismo servidor. El capítulo “Solución cibernética de la omnisciencia imposible” se estructura como un cruce epistolar y cibernético del análisis del propio texto que estamos leyendo, es decir, de la propia novela que tenemos entre las manos. Este punto de inflexión es otro meandro de la historia, otro de sus muchos pliegues narrativos, una curva en el universo de Talens.

El análisis de la propia obra, dentro de la misma obra, es una clara referencia a la pérdida de inocencia de los lectores. Es natural que así sea. Hoy en día, abrumados por la vastedad de las bibliotecas, por las mil lecturas de clásicos y modernos, con manuales de historia de la literatura leídos y subrayados por doquier, no somos lectores inocentes. Hemos perdido la capacidad de ser sorprendidos con tretas narrativas. Estamos más que acostumbrados al manejo del lenguaje, de los verbos y del tiempo (esa absurda naturaleza etérea que nos condena con su avance persistente). Talens no solo conoce bien al lector actual, sino que con este recurso semiótico, formula una nueva hipótesis de su propia narración: la historia que estamos viviendo, nuestro hoy gobernado por los medios de información, la prensa, la televisión, y el neoliberalismo, debe ser revisado desde otras perspectivas. El capítulo no es simplemente un juego narrativo, no es un ardid más de novelista, pretende evidenciar que la lectura de la Historia debe contenerse a sí misma y analizarse igual que se analiza la Historia.

Dice el personaje Barlow: “los textos reflexionan sobre su propia escritura y son capaces de hablar no sólo consigo mismos, sino con otros textos”; y esto es en la obra de Talens un firme propósito que se desgrana desde la primera línea. Todo el libro está plagado de hiperenlaces o enlaces o llamadas a otros textos (en Internet, en las bibliotecas, en el mundo), hasta el punto de enlazar su propia obra consigo misma. Es la “Biblioteca de Babel” de Borges. Todos los textos están condicionados por las obras que los anteceden, y por el contexto histórico al que pertenecen. Pero aún hay más: el texto permanecerá con el tiempo, y será leído por las futuras generaciones como una solución a los problemas de nuestro hoy, sin saber cómo vendrá el mañana. Nuestros descendientes habitarán un contexto distinto, y el texto de Talens –todos los textos- serán revisados dentro de ese nuevo contexto histórico, aportando valor a nuestro hoy y a nuestro mañana, de igual forma que el Lazarillo, el Quijote, o el Tristam Shandy, son leídos hoy de manera muy distinta a como se leían en sus épocas.

Por esto Borges escribió su “Pierre Menard, autor del Quijote”; la tesis que planteaba el escritor bonaerense era esa: el mismo texto, palabra por palabra, tiene un significante diferente en 1605 o en 1939. Pierre Menard dedicó su vida entera a escribir el Quijote de Cervantes exactamente igual, palabra por palabra, a como Cervantes lo escribió. Al hacerlo, Menard obtiene una obra completamente distinta. Como expone el propio Borges: Cervantes empleaba un estilo corriente en su época, mientras que Menard es afectado y arcaizante.

Sin embargo, no creo yo que para justificar la omnisciencia absoluta del relato sea necesario que veamos como autor de “La cinta de Moebius” al propio Dios convaleciente –como apunta Talens, la obra está escrita por Dios-. Usar el narrador omnisciente en una época (hoy) en que está denostado el hacerlo, tiene más de desconfianza en las reglas, del todo vale si sirve a nuestros propósitos; y esto ya otorga validez al recurso de omnisciencia.

Tras el rizo semiótico del capítulo tres, nos adentramos en los “Informes sobre el estado de la nación terrenal” donde, por medio de seis relatos periodísticos de breve extensión (entre dos y cinco páginas cada uno), Talens señala los principales problemas humanos del s. XXI, a saber:

1. La Iglesia católica, y sus intereses por renovar el poder que ha ido perdiendo con los años, a cualquier precio.
2. El continente africano, y las políticas opresoras de los poderes tácticos del mundo, con la única finalidad de ir devastando este inmenso territorio para procurarse nuevas materias primas para la evolución del primer mundo.
3. El conflicto israelo-palestino, una guerra de hombres en beneficio, de nuevo, del imperialismo estadounidense, y en nombre de la religión.
4. La globalización neoliberal, el nuevo orden mundial, organizado por las potencias multinacionales y políticas a lo largo de las naciones del primer mundo para gobernarlo con un pie sobre el tercer mundo.
5. Los medios de comunicación, y su silencio. Dependen de grupos económicos que controlan la información. Controlando la información, se controla el pensamiento, las preocupaciones y por lo tanto se erige ese Pensamiento Único que solo nos esclaviza.
6. La energía terrenal, su escasez, y el tiempo de vida de la tierra tal y como la conocemos.

Con la lectura de estos seis informes no nos queda otra que temblar. La perspectiva es apabullante y caótica, sin que parezca posible que las cosas puedan cambiar. Habitamos un mundo que es gobernado por el capitalismo y las ideologías neoliberales, mantenido por ciertos grupos de poder político y auspiciado por los medios de comunicación de masas. El hombre se ha convertido en un ser cómodo, que vive sus días ciego a los verdaderos problemas de la humanidad y que le basta estar confortablemente vestido, nutrido y atiborrado de productos inútiles que mañana querrá cambiar por otros nuevos, mientras, con una lata de cerveza en una mano, cambia con el mando que sostiene en la otra los canales de su televisor de plasma. Eso somos.

No es de extrañar que el arcángel Gabriel acabe pulsando con el botón derecho del ratón sobre la función “Eliminar” para que todo acabe y regrese, de nuevo, el negro abismo lleno de tinieblas.

Talens, sin embargo, no conforme con el final absurdo de la historia del hombre, trata de subvertir el orden pronosticando un milagro. Con el fin del mundo, tras el Big Crunch, como un pulsar que se apaga y vuelve después a encenderse, el mundo recomenzará y Dios, más sabio, reconvertida su inteligencia y omnisciente sabiduría, modificará las primeras palabras del génesis, de la creación del mundo: “Y los bendijo Dios; y les dijo: Creced y multiplicaos, y poblad la tierra, y respetadla y compartidla entre todos vosotros; ay de quien pretenda ser su único propietario, el rayo de mi cólera caerá sobre su cabeza”. Y con esto, Talens, el verdadero Dios creador de “La cinta de Moebius” ha logrado lo que antes nadie había osado hacer: unir fe e historia, religión y mundo, introduciendo las premisas del materialismo histórico en la creación del universo a manos de Dios.

Mientras llega o no llega su pronóstico, yo propongo que los demás recemos una oración reconvertida al lenguaje cibernético de nuestros días:


Servidor Divino que habitas en Internet
Santificado sea tu dominio .com
Venga a nosotros tu web
Ejecútense tus subrutinas tanto en tus páginas como en nuestros blogs
Danos hoy la password de acceso de cada día
Perdona nuestros errores de sistema, así como nosotros perdonamos los de Windows
No nos dejes caer en la hibernación
Y líbranos de la papelera de reciclaje

FATAL_ERROR_The_System_is_going_to_reboot


Obras del autor:
-La parábola de Carmen la Reina (1992) (Novela)
-Venganzas (1995) (Relatos)
-Hijas de Eva (1997) (Novela)
-Rueda del tiempo (2001, Premio Andalucía de la Crítica 2002) (Relatos)
-La sonrisa de Saskia y otras historias mínimas (2003) (Relatos)
-La cinta de Moebius (2007) (Novela)

5 de diciembre de 2007

Puntas de flecha sobre el cielo azul

Para Marcos y Noemí

Llegamos de atardecida, con el sol poniéndose tras los cerros del humedal. Aparcamos el coche junto a la caseta. Un letrero anunciaba: CENTRO DE INTERPRETACIÓN. LAGUNA DE GALLOCANTA. Al salir nos abrigamos del viento, que arrastraba un frío crujiente y denso. Caminamos hasta el muro de piedra de la caseta y el guarda nos recibió con una sonrisa mientras se enfundaba un par de guantes, y un gorro de lana verde hasta las orejas.

-Llegáis en buena hora –nos dijo.

También nos recomendó que permaneciéramos pegados al muro, guardando silencio, ya que cualquier ruido podía desviarlas de su ruta. La carretera atravesaba la llanura y de vez en cuando veíamos las luces de un automóvil, que pronto se perdía en el fondo de la vega, camino de Calamocha. Alguien encendió un cigarrillo. Los demás permanecimos impacientes, con los ojos clavados al fondo del campo, entre las pequeñas elevaciones del terreno, desde donde debían aparecer de un momento a otro.

Se dejaron ver en fila india, como una punta de flecha recortada sobre el naranja de la tarde. Al principio contamos diez o quince aves enormes que graznaban dejando detrás de su vuelo un lenguaje jeroglífico. Pasaron sobre nosotros, sobre la caseta en sombras, sobre la mirada complacida de unos jóvenes que sabían que el vuelo enérgico de aquellas grullas, en su regreso al frío lago de Gallocanta, estaba impregnado de felicidad, obra de un milagroso orden natural. A las primeras les siguieron otras, varias decenas de pájaros resolviendo un ritual que se repetía cada tarde. Estos pájaros habían emigrado hasta aquí para vivir su invierno en un lugar más cálido que la estepa helada de Escandinavia. Más cálido significa dos grados sobre cero en la vastedad del páramo que rodea a la laguna salada más grande de España.

No podíamos creerlo. Miles de grullas llenaban el cielo, volando a pocos metros de la tierra, de nuestro mirar anhelante, en bandos cada vez más numerosos. Traían consigo una algarabía de piídos y graznidos que podían ser el grito de la fervorosa libertad, indicios de una felicidad agazapada en sus pequeños corazones, una suerte de alegría que fueron capaces de contagiarnos. Nosotros, con los pies ya helados a pesar de calzar doble calcetín y botas de montaña, nos miramos por encima de las bufandas, buscándonos apenas los ojos, y nos sentimos inundados de esa fiebre que parecía congelarse sobre Gallocanta.

Ya en la laguna, las grullas duermen en el agua, a salvo de los zorros. Duermen de pie y forman un extenso manto de afilados picos que husmean con nerviosismo entre su propio plumaje. Allí descansan toda la noche hasta que las primeras luces del sol las devuelven de nuevo a los campos, a la búsqueda de su alimento diario.

Durante todo el trayecto de regreso al albergue, no cesamos de repetirnos las descripciones de ese cielo que habíamos compartido, de las miles de grullas que lo cubrían, de la inmensa negrura que imposibilitaba cualquier fotografía. Nos lo llevamos dentro, en el corazón, en la memoria. Fue bello e increíble. Solamente la literatura nos puede brindar a veces una sensación de plenitud semejante a esta poesía de las grullas volando en V sobre un cielo colmado de nubes.

En el albergue, con una taza de café humeante entre las manos y con los pies apuntando al crepitar de la leña en llamas, nos observamos en silencio, a través del frío que ya cesaba. Uno de nosotros leía noticias horribles en un periódico. Alguien encendió el televisor. Y mientras el calor nos recuperaba y nos devolvía al mundo, a las cosas, nos pareció que en nuestra imaginación todavía aleteaban miles de grullas en desbandada.