22 de febrero de 2009

Una pequeña biblioteca

Me pide un amigo que le confeccione un listado de cuatro o cinco libros imprescindibles que hayan condicionado mi existencia, mi vida lectora y también la otra. Imposible. Por más que me esfuerzo, nada. No es tarea fácil desestimar de entre todas, solamente unas cinco obras que han sobrevivido a sus autores y aún hoy mantienen esa calidad y supremacía sobre las demás. Por eso pensé en una lista triple. Una lista dividida en tres partes, cada una de las cuales va elevando el nivel de dificultad lectora progresivamente, pero no tanto por la complicación de su trama -más bien al contrario- o de su enunciación narrativa, o su estilo, sino por la cantidad de “lecturas” que pueden hacerse de cada uno de estos libros. Por ejemplo, los libros de la tercera parte son, a la vez, muchos libros.

Esta es la lista:

Primera parte:

-A sangre fría - Truman Capote
-Ensayo sobre la ceguera – José Saramago
-La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios - Eduardo Mendoza
-El país de octubre, Crónicas marcianas, Fahrenheit 451 - Ray Bradbury
-Solaris - Stanislav Lem
-Pasaje a la India - Forster
-Trilogía de Nueva York, Leviatán, El palacio de la luna – Paul Auster
-Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí – Javier Marías

Segunda parte:

-El túnel – Ernesto Sábato
-Cuentos completos – Julio Cortázar
-Cien años de soledad - Gabriel García Márquez
-El proceso, La metamorfosis y todos sus relatos – Franz Kafka
-La muerte en Venecia – Thomas Mann
-Entre visillos - Carmen Martín Gaite
-Jacob Von Gunten - Robert Walser
-Madame Bovary – Gustave Flaubert
-El pabellón de oro - Yukio Mishima
-Todas las novelas de Colette
-Cuentos – Antón Chéjov
-Anna Karenina – Leon Tolstoi

Tercera parte:

-Velocidad de los jardines – Eloy Tizón
-Rayuela - Cortázar
-El cuarteto de Alejandría - Lawrence Durrell
-Primera nieve en el monte Fuji, País de nieve – Yasunari Kawabata
-Pedro Páramo - Juan Rulfo
-La señora Dalloway, Las olas - Virginia Woolf
-Lolita, Ada o el ardor - Vladimir Nabokov
-La geometría del amor - John Cheever
-El astillero – Juan Carlos Onetti
-El sonido y la furia – William Faulkner
-En busca del tiempo perdido – Proust

Es indudable que después de leída la lista afloran muchas otras obras magníficas que no han sido incluidas... la razón es obvia: un listado “completo” sería interminable, y necesario, por tanto, un espacio infinito como la biblioteca de Babel del relato de Borges.

15 de enero de 2009

Carson McCullers (1917-1967)


He recibido tu fotografía. Ríes. Los párpados apenas entreabiertos. Tu rostro límpido bullendo hacia mis ojos. Disimulas tu cuerpo enfermizo y frágil bajo una blusa radiante; el cuello abotonado como un lacre que pretende esconder horribles tempestades, naufragios, alcoholismo. Pero tú ríes. Una carcajada flota en Central Park para nosotros y esta risa tuya escapa de entre los dientes para llegar a herirnos como una bala de plata. Porque hay algo salvaje en tu risa: tiene algo de arma recién disparada, como también algo de aliento agónico, de preludio antes de la muerte, de enfermedad enquistada en el fondo de la risa.

Quisiste ser recordada así: riendo a carcajadas sobre una roca desnuda una tarde de primavera; feliz como nunca fuiste, alegre como un pájaro que trina sobre una rama sin saber por qué trina, ni falta que le hace. Tus ramas eran las historias que nos has dejado; tu árbol, la escritura. Y tú ríes con los brazos levantados al cielo azul de Manhattan, tu risa brotando como el agua, tus ojos mirando hacia dentro, hasta el fondo de la imaginación, laberinto intrincado donde el amor acechaba en cada recodo, en cada pasadizo, en cada vuelta a empezar el camino buscando una salida.

Rostro de niña enferma, frente despoblada, flequillo de institutriz, manos pequeñas de muñeca rota. No eras una mujer bella, pero creaste un mundo de pura belleza.

Por primera vez no miras a la cámara, no ensayas un rostro de escritora que más tarde decorará la solapa de tus libros; aquí eres tú misma, sólo tú y esa risa que galopa hasta nosotros, confundiéndonos, hiriéndonos. Tienes veinticuatro años, la mitad de tu vida, y ya has conocido el éxito. La crítica festeja con champán tu primera novela, un éxito de ventas. ¿De eso ríes? La mitad de tu vida a los veinticuatro años y comienza tu andadura hacia el ocaso, ¿podías sospecharlo? Después vendrán los otros días, el infierno de la página en blanco, la triste razón del escritor solitario, demasiadas tardes de alcohol, de cigarrillos y de lágrimas que no llegan a humedecer tu rostro porque te nacen dentro. Pero aquí, en esta fotografía, ríes. Una luz surge de alguna parte. Del cielo, de las ramas de los árboles, de los pájaros. Una luz inunda el fondo de tus ojos y los cierras con el gesto de tu risa para enjaular la belleza y guardártela dentro, para más tarde, para cuando llegue el instante de ponerte frente a la máquina y escribirnos otra historia, esta historia tuya de la risa, de las lágrimas y de la bala que mata en la mitad de una vida, disparada entonces, en Central Park una tarde de primavera, eras tan joven.

Y la risa, ahora que la risa es este instante de blusa almidonada, de suerte recién echada en la ruleta que gira a golpe del tambor de una máquina de escribir cuya cinta negra jamás deja de avanzar. Y después la muerte, eras tan joven. Tu risa, que martillea los folios y los convierte en poesía. Tu risa.

Carson, he recibido tu fotografía. Todavía ríes.

Fotografía © Louise Dahl-Wolfe, 1941

31 de diciembre de 2008

Humo, aire, nada

No es difícil venir a este rincón en el que apenas cabe una silla y una mesa y parece estar siempre delimitado por una línea de puntos dentro de la cual todo puede suceder, y sucede. No es tan difícil decir adiós a la luz de la tarde o al barrio lleno de vida o a la duermevela de sofá y manta para permanecer durante horas inmerso en la urdimbre que las palabras procuran a los sueños, la tela en que se acunan las historias, los personajes, los detalles. Pero, al contrario de lo que parece, tampoco es del todo placentera la tarea de andar descubriéndose el corazón para mostrarlo despojado de su coraza y verlo después reposar sobre la tela de araña que lo sustenta, tan desnudo, tan solitario, a veces tan dolorido. Porque escribir duele, y no hay peor dolor que el soportado en silencio, pues se escribe en silencio. La única voz que va aflorando con su suave música es la de los recuerdos o la imaginación, y por eso escribir es regresar al silencio de las palabras, al silencio marchito y fúnebre de los recuerdos.

El año languidece y es el momento de hacer balance de los días que hemos ido dejando atrás. Llega el final de un año y uno piensa que es necesario resumir en unas líneas qué ha sido de la vida –de la escritura- durante todos estos meses un poco arrítmicos que se han ido no se sabe cómo, entre lecturas y voces y noticiarios y tranvías y mañanas de tedio en la oficina y noches en que me resisto a ser uno más, uno cualquiera, y por eso me encierro en este cuarto en donde todo es posible si lo escribo.

Hago el balance siendo Víctor Goti y siendo también Fedora, escuchando a ambas voces por igual, con todos los sentidos alerta frente a la vulgar razón y a la osada imaginación. Goti y Fedora. Fedora y Goti.

Y por eso enumero aquí, una vez más en el centro de este círculo de tiza, algunos títulos de los relatos que Fedora me ha ido susurrando al oído y que yo –siendo el Goti razonador y crítico- he tratado siempre de componer con la paciencia del escriba. Ese Goti que he sido y sigo siendo se afanaba en trazar las geometrías de todos esos mundos soñados antes de estar escritos en una hoja de papel, de esos universos envueltos en brumas que ahora empiezan a ser, o tal vez ya sean, el primer borrador de un libro de relatos: “Sillas vacías”, “El sótano”, “Maga”, “Zzzz” o la “Sinfonía de Eugène Taggilo”, etc.

Trataré de acabar el año como me gusta acabar los cuentos: con un final abierto que precisa de la imaginación del lector para completarlo, para redondear el círculo y echar así el cierre a la historia que cabe en un puñado de folios. Por eso ahora, mientras escribo, abro el cuaderno en donde mes a mes voy haciendo capítulo de lecturas y me doy cuenta de las deudas. Percibo en esas voces muchos pálpitos que también resuenan en mi escritura: resonancias, la respiración de esos otros mundos que alumbran mi propio mundo. En justicia debo honrarlos aquí con debida y cronológica enumeración: Vladimir Nabokov, Eloy Tizón, John Cheever, Carlos Castán, Rilke, Simone de Beauvoir, Juan Benet, Lewis Carroll, Bulgàkov, Edgar Allan Poe, Andrés Neuman, Manuel Talens, Mohamed Chukri, Ramón Gómez de la Serna, Robert Walser, Italo Calvino, Natalia Ginzburg, Marc Granell, Julio Verne, Antón Chéjov, Thomas Mann, William Faulkner, José Moran, Kafka, Kawabata, Juan Ramón Jiménez, Roland Barthes, Carmen Martín Gaite, Cristina Peri Rossi, Guadalupe Royán, Fernando Pessoa, Julio Cortázar, Truman Capote... y muchos otros sin cuya escritura, ¿qué podría decirse de mi propia escritura? Quizá este final no sea tan abierto como el de un cuento, porque la respuesta a esta cuestión a lo mejor sí la sé: humo, aire, nada.

13 de diciembre de 2008

My blueberry nights - Wong Kar-wai

Como un pintor que extiende sobre el lienzo los colores de un crepúsculo, de un abismo, o del leve roce de labios entre un hombre y una mujer que se aman sin todavía saberlo, así dibuja Wong Kar-wai uno a uno los rincones de su filmografía. En cada plano de su última película se recoge ese mismo fulgor impagable de neones y automóviles y rostros abrumados y trenes que atraviesan fugaces las calles de una noche oscura, todos los óleos de una luminosa paleta de sentidos.

Las tres historias que se van desplegando sobre el tapiz de My blueberry nights (2007) narran desde el detalle, desde lo ínfimo, desde la sugerencia: un pedazo de tarta con helado de vainilla se devora igual que se arrasan dos cuerpos entre las sábanas invisibles de una cafetería neoyorquina; la noche que nos juramos beber por última vez en la vida esa copa de vodka que nos gana una batalla puede anticipar, sin más, nuestra última noche; y ¿qué significa realmente ganar una partida a las cartas si todo lo demás se pierde?

Estas historias que se enlazan una tras otra, consolidan los temas del director honkonés: el amor, sus raíces, sus bifurcaciones. Ese árbol que no deja de crecer. La pérdida siempre amarga del amor es pintada aquí con el azul espeso y hondo de los abismos; el fin de una amistad con el oro de luz de los desiertos, y el amor naciente con el rojo luminoso de los neones, con el dulce chocolate de un bizcocho preñado por la crema. Revive su tema, el amor, sacándolo de su bolsa plastificada, de estas absurdas comedias románticas norteamericanas, limpiándolo de polvo y caspa para garantizarnos que la pasión y el deseo todavía siguen siendo imperecederos, permanentes y por siempre revisables, otra vez abordables. Sin rubor, con poesía.

No hay brillo que se apague en My blueberry nights. Esta explosión del verde, del rojo, del amarillo, del azul, que a grandes trazos va pintando toda la película, se extiende también con la misma intensa deflagración a los pequeños detalles: llaves que abren o no abren puertas, ventanas siempre cerradas, cristales a través de los que vemos sin ver apenas, ópticas de la cámara distorsionadas justo cuando el horror se mezcla con la rutina. Un mundo de incomunicación y azar que conserva todos los matices de esa otra obra maestra -y al mismo tiempo imperfecta, veloz, claustrofóbica, bella- que es Chunking Express (1994).

Fiel a sí mismo, fiel a su cine, a sus historias, explorador del color, ha mantenido intacto el barroquismo formal que ya trazó con rigor en los fogonazos verdeazulados de los amantes de Happy Toghether (1997); en los sombríos ocres de In the mood for love (2000); y hasta en su pieza The hand, rodada para la película Eros (2004).

Todavía hay un hueco en el cine para aquellas miradas diferentes y virtuosas que arrojan su propia luz sobre el mundo, su paleta de colores.

Wong Kar-wai piensa sus películas a lápiz, con una endeble mina de grafito, apenas las perfila, pero cuando se arrellana en el sillón de director, cuando el equipo de técnicos enmudece y la claqueta chasquea para dar paso a la voz de los actores, se convierte en uno de esos maestros que, como Tiziano, Picasso, Stendhal, diseñaban un nuevo mundo a la medida del hombre. Un mundo de profundo color y rabiosa armonía.