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18 de agosto de 2008

Correspondencia Fedora - Goti (2)

Estimado Goti,

De su última carta deduzco que se encuentra apesadumbrado por los calores de estos días sofocantes, tal vez entristecido por la escasa producción creativa debida especialmente al bochorno y al asueto que exige este clima de rigores casi monzónicos. No se aflija. El verano nunca ha sido la mejor época para sentarse frente al papel en blanco; todo el mundo sabe que las puertas de la imaginación están cerradas, los personajes se han echado al hombro la toalla y no están para nadie. Hasta el lenguaje se toma sus días de descanso y, se habrá dado cuenta, cada vez que trate de convocar su presencia sólo podrá escuchar al otro lado de la línea una voz metalizada que nos sale con aquello del “deje su mensaje después de la señal”. Nadie quiere saber nada de nadie. Amigo Goti, también las musas están de vacaciones. Yo mismo he podido comprobar que una paradisíaca playa más allá del Atlántico las ha reunido a todas frente a mojitos y otros efluvios alcohólicos, y por mucho que usted insista no podrá sacarlas de sus bailes nocturnos alrededor de la hoguera de la pereza. Por nada del mundo conseguirá convencerlas de que usted necesita cuanto antes su presencia. No sufra. Déjelas, pues, gozar de sus danzas y confórmese con el placer de imaginarlas desnudas alrededor de las últimas, erógenas, y ardientes brasas del estío. Por otra parte, no trate de devanarse los sesos buscando entre sus apuntes todas esas notas que un día caligrafió con timidez para convertirlas en historias. Ni lo intente. Pero, ah, triste Goti, tampoco se deje vencer por el desaliento. Hay otras formas de pasar este caluroso verano.

Imagínese por un momento las montañas nevadas de Davos Platz, la dulce muerte del joven Joachim Ziemssen, junto su madre Luisa Ziemssen y su mejor amigo Hans Castorp. Una velada de lágrimas trágicas y demasiado saladas para olvidar su triste belleza. El fin de una era. El comienzo de la fatalidad. El declive. Casi el final de todos los finales. Después de todo este tiempo enfrascado en la lectura de “La montaña mágica”, también yo voy acercándome con sigilo a los últimos días de Hans, del señor Settembrini, de Leo Naphta, de los doctores Behrens y Krokovski, y por supuesto, de toda la fogosa intelectualidad de una Europa que ni usted ni yo hubiéramos llegado a conocer si no fuera por nuestras lecturas...

Amigo Goti, no sé si seré capaz de renunciar al tiempo detenido, a la serena contemplación del intelecto, al diálogo reposado con el que se encienden cada tarde Naphta y Settembrini. No ha sido nada fácil alcanzar esta cumbre, ascender lentamente las laderas de esta montaña, hundir los pies en la nieve crujiente de los valles de Suiza hasta conseguir escalar cada uno de sus picos. Pero una vez arriba, cuando se alcanza la cima y uno se da cuenta de lo que ha ido dejando atrás, este paisaje de personajes y espacios y opiniones y diálogos, este fresco de estancias en penumbra bajo la luz eléctrica de las lámparas del balneario, es imposible no sentir cierta pena junto con una honda alegría. La montaña mágica, querido Goti, no deje de adentrarse en este mundo irónico y pausado que es a la vez tratado del tiempo y revelación filosófica. ¿Se da cuenta, viejo amigo, de que el verano puede procurar recompensas que uno ni siquiera imagina?

Le diré algo más: adéntrese en la biografía del autor. Descubra cada uno de los pasos que recorrió Thomas Mann para llegar a ser Thomas Mann. Lea la “Correspondencia” con su amigo Hermann Hesse, profundice en su vida gracias a su más detallista biógrafo Hermann Kurzke. Cambie el registro de sus lecturas y zambúllase de una vez por todas en una época que le ayudará a comprender la Europa en que vivimos. ¿Ve como el verano todavía puede aportarle ciertos tesoros escondidos?

Triste Goti: no se complique. Volverán esos momentos de creatividad. Descanse. Lea. Relájese. Échese sobre el diván del tiempo y olvide toda esa actualidad machacona que cada sábado emerge en la prensa literaria con su vocerío intransigente y sus novedades de postín. Comprenda de una vez que el timón de la literatura está gobernado por unos pocos que nada puede hacer frente a la otra, la verdadera literatura: los clásicos. Esos que jamás defraudan. Ellos.

Amigo y queridísimo Goti: volveré a verle en otoño. Hasta entonces no permita que las gotas del desaliento le apenen. Sea feliz: lea. Hágame caso, es el mejor lenitivo para combatir la tristeza. Se lo garantizo.

Felices lecturas.
Se despide con un rabioso estornudo decimonónico,

Fedora.

24 de mayo de 2008

Las historias inconclusas (o apuntes en un viejo cuaderno)

A Gonzalo, por aquella pregunta

Hoy me he sentado a escribir sin haber determinado con antelación el rumbo de mis palabras, la estructura de la historia, ni siquiera la razón misma de esa historia, simplemente trataba de escribir por la gozosa sensación que procura la dulce tarea de enhebrar las frases. He ido caligrafiando en la cuadrícula de un cuaderno los rasgos de dos o tres personajes, un anciano, una niña, una tarde de sol que he creído digna de exhibirse, todos ellos un poco anodinos o un poco planos y bastante absurdos. Al final, entre tachones y líneas argumentales desestimadas, he terminado abandonando a su suerte las escasas ideas que han ido surgiendo enredadas como en un ovillo de insensatas palabras, que es mejor no escribir jamás; o que, quizá, por ya escritas tantas veces, no merece la pena sacar a relucir de nuevo. Entonces he recordado el pensamiento de un viejo amigo que un día me cuestionaba acerca de adónde quedarán todas esas historias que por innecesarias o superfluas o simplemente porque el día en que el hombre que las soñó estaba inmerso en unas horas de tedio, de fatiga o de pereza, las hizo trastabillar y caer para perderse finalmente en el olvido, o entre las líneas nunca recuperadas de un cuaderno de notas.

-¿A qué te refieres, Goti, qué quería decir tu amigo?- me ha preguntado Fedora, a quien he descubierto detrás de mí, en un mullido sillón de orejas, con un libro entre las manos-, ¿que las historias a medias, las que no concluyen nunca o apenas se inician, permanecen escondidas a la espera de salir algún día?

-Supongo que sí. Creo que se refería a un inconsciente imaginario en el que los hombres vamos guardando nuestros sueños y nuestras pesadillas. Convendría incluso rescatar algunas de esas historias. Sobre todo si queremos deshacernos de ellas. Tal vez la razón de la escritura sea esa: olvidarnos de unos personajes que nos golpean la imaginación hasta dejarnos sin aliento, y no se cansan de hacerlo hasta que nuestras manos van dibujándoles un rostro, un paisaje y un tiempo.

-Amigo Goti..., ¿es que no has aprendido nada todos estos años? ¿Acaso no sabes que las pequeñas historias inconclusas terminan perdiéndose en el olvido? Fíjate bien en tus cuadernos –Fedora se ha levantado del sillón y ha sacado de mis estanterías un montón de cuadernos de cuarta, algunos con bastante polvo, otros todavía por empezar-. Míralos. ¿Qué dice aquí? Aquí mismo, Goti. Léelo.

He cogido esa vieja libreta que ya no recordaba tener y he leído las pocas líneas que Fedora me mostraba:

-“Un viejo pintor vive sin televisor. Nunca le ha gustado y en su momento decidió que aquel invento no era tan necesario como todos le decían. Con el tiempo descubre que las conversaciones con sus amigos, con sus colegas y familiares, acaban siempre rendidas al mundano ámbito de lo efímero, de la noticia, de los avatares de un puñado de personajes de serial. Él va sintiéndose desplazado, a sabiendas de que en su interior se esconde una naturaleza diferente, una angustia por la expresión artística, por la pintura, que él piensa que puede cambiar las cosas. Sin embargo, más que cambiar, los demás le toman por un idealista, un ser naufragado que vive de una ilusión al margen de la realidad. Un ser ahogado por sus ideas que no tiene nada que hacer en el mundo.”

-¿Dónde ha quedado esa historia, Goti? ¿Terminaste por escribirla? ¿Has vuelto a sentir el pálpito de ese ser incomprendido? ¿Dónde reside ahora ese pintor que tú anotaste en tu libreta? Mira esta otra, hasta tiene un título: “El mundo donde vivo”. Dice así: “Yo vivía en un país en el que se caían los puentes. No había ninguna razón para ello, simplemente se caían. Cada día una de esas enormes construcciones de acero y hormigón se venía abajo dejando incomunicados dos pueblos o dos valles remotos. No importaba. Pronto salían no se sabe de dónde un montón de hombrecillos dispuestos a recomponerlo”.

-No recuerdo haber escrito algo así.

-Pues aquí lo tienes, de tu puño y letra.

Y era verdad. Allí estaba, entre otras muchas notas que ya no significan nada.

-No pareces tú, Fedora –le he recriminado-. Tú siempre apoyas la ilusión, la magia de la literatura, la frondosa maraña de la imaginación. Y hoy me desalientas diciéndome que esas historias han terminado olvidadas. Agonizando. Muertas.

-La literatura, querido Goti, tú lo sabes bien, se construye con eso y con mucho más. No te servirán de nada todas esas anotaciones si luego no las ordenas, les das la forma adecuada y las expresas con acierto y contundencia, evitando siempre la grandilocuencia y la pretensión –que ya sabes que pueden llegar a ser los imperdonables pecados del escritor novel.

-¿Quieres decir que la historia del anciano, la niña y la tarde de sol merecen ser contadas? ¿Qué debo dedicar mis horas de sueño a levantar un relato que permita que esos personajes adquieran vida propia?

-Quiero decir que si no los trabajas, si no te entregas por ellos, nadie en tu lugar lo hará nunca. Tal vez, mientras inventas una situación para ellos, un espacio luminoso como tú bien dices, y los dejas hablar libremente entre tus líneas, tal vez entonces descubras que ellos tienen algo que decirte a ti. Eso es la magia, Goti. Que los personajes hablen al escritor. Le cuenten sus andanzas, sus desaires y, aunque intervengan a deshora, cuando tú estés agotado por tu semana de rutinas, después de mucho escribir en una tarde de sábado, al final, muy al final de tu jornada de escritura, comienzan ellos a andar por sí solos, a querer decir mucho más de lo que tú habías llegado a apuntar en tu cuaderno. Insisto, Goti, esa es la verdadera magia de la literatura: su capacidad de sorprender al creador, al ser que les inventa.

Fedora ha vuelto a entregarse a la lectura de su libro, acomodándose plácidamente en su sillón de orejas, dándome la espalda y desapareciendo poco a poco, con una sonrisa en los labios muy próxima a la del gato Cheshire. Yo me he quedado pensativo, sabiendo que esos personajes se merecen las horas que yo esta noche le robaré al sueño, a los amigos, a la familia, al televisor. A pesar de que un día me podrán llamar iluso, inocente, fantasioso... a pesar de que por esto tan absurdo y tristemente inútil que puede parecernos la escritura, a uno lo pueden tomar por loco.

Fotografía: Fritz W Guerin

31 de diciembre de 2007

La pagina en blanco

Ha pasado largo tiempo desde la última vez que me encontré con Fedora, y ya estaba echando de menos su presencia fugaz, su sonrisa afrutada y esa manera tan suya de lucir las brumas de la imaginación, como si de repente vinieran todas las palabras asomando al filo de sus pupilas brillantes, o como cargando en sus manos dos enormes bolsas repletas de sueños.

-No esperaba encontrarte por aquí, Goti. Me causa un enorme placer saber que sigues en la brecha, que el desaliento de la creación no ha podido contigo.

Por un momento no supe si hablaba del profundo abismo que se abría ante nosotros –la cima de una montaña nevada- o de ese terror que nace ante la página en blanco en el instante previo a la escritura. Sin duda mi rostro un tanto febril ofrecía pistas suficientes para que Fedora supiera que ambas cosas significaban el mismo vértigo implacable.

-Piensa que la creación tiene también sus demonios –continuó-, sus seres tenebrosos, cierta magia negra que puede asediar tu voluntad y arrastrar tu ánimo hasta allá abajo – Fedora señaló el fondo del precipicio, en donde se agitaron extrañas sombras, movidas por quién sabe qué fuerzas enigmáticas.

Soplaba viento del norte y el cielo comenzaba a desaparecer detrás de los picos alpinos, arrugándose con un color de ceniza lavada. Exhalé un breve aliento de humo y traté de refugiarme un poco más dentro de mi abrigo de felpas. El cuerpo inasible de Fedora no cedió al trémulo desasosiego de la tarde, al frío incontenible de las montañas, y por un momento me pareció que su mano era la depositaria de todos los colores del horizonte. Confirmé mis sospechas al descubrir que, con un suave movimiento de su pincel, Fedora comenzó a perfilar pequeños trazos sobre la nieve; los picos más lejanos adquirieron tonos primaverales, poco a poco dibujó sobre las blancas cumbres ondulaciones verdosas, el marrón silvestre de su brocha transformó la tierra húmeda, y de un plumazo liberó a los abetos de su carga de hielo.

El paisaje nevado fue derritiéndose frente a mí hasta que dejé de sentir el frío que atenazaba mis músculos y tuve que desabotonarme el abrigo. Fedora dejó entrever una sonrisa de ironía y yo me dejé llevar por un instante de felicidad creadora.

-¿Lo ves, Goti? No hay nada que no pueda cambiar si le echas un poquito de imaginación.

-Pero tú has regresado a la primavera, Fedora. O ¿te has adelantado hasta ella? Dime, ¿qué es esto? –pregunté, arrebatándole el pincel-, ¿una máquina del tiempo? ¿una varita mágica?

Armado con el pincel, extendí mi mano hasta el borde dorado del sol, pero mi intención de volverlo de plata, de convertir el cielo –ahora azul y nebuloso- en el manto estrellado de una noche de estío, naufragó y quedé extrañado y atento a la mirada de Fedora, en la que se adivinaban visibles muestras de ternura.

-Me habrás oído decirte esto antes: ¡No cambiarás nunca, Goti! Me parece a mí que esta manera de estar tú y yo juntos, este vernos tan de vez en vez, no te sirve de nada. Aprende: ¿acaso no sabes que esto no existe?

Fedora tomó de nuevo el pincel, levantó un brazo y al paso de las hebras por el paisaje, el cielo fue llenándose de ladrillos, la tierra reverdecida a nuestros pies cobró el aspecto de un parquet laminado y las montañas y abetos se juntaron en una sola cosa adquiriendo finalmente una nueva textura mobiliaria: estanterías repletas de libros, el marco de una pequeña ventana y, brillando sobre el escritorio, perfilándose en la pantalla de azul oceánico, fueron apareciendo los caracteres de este texto que ahora lees, amable internauta, tal vez con una sonrisa en los labios.

Me descubrí en mi habitación en sombras con un cigarrillo marchitándose en el cenicero, tratando de escribir una entrada entre lírica y simpática para mi bitácora circulodetiza.blogspot.com. Esta misma entrada, escrita en esta misma habitación, bajo la influencia de su voz, de su susurro inaudible.

-¿Qué pretendes Fedora?

Mi curiosidad crecía y era inevitable que también me preguntara dónde habían ido a parar las cumbres nevadas, dónde los abetos, y qué había ocurrido con la primavera si todo se había tornado, mágicamente, en estas cuatro paredes apenas iluminadas por el sol de una tarde de invierno.

-No pretendo nada –dijo-. No hay nada peor para la literatura que la pretensión. Un texto pretencioso no puede tener otro final que la papelera. Ningún lector querrá jamás que tú le digas, Víctor Goti, cuál es tu verdad, tu realidad. ¿No has aprendido todavía la diferencia entre decir y mostrar? Usa tu imaginación, mira a tu alrededor y dime qué estás viendo.

Levanté la vista para descubrir que junto a mí ya no había nada. Ni rastro de las cumbres blanquecinas, ni de los árboles, ni del abrazo cálido de esa extraña primavera. Miré a uno y otro lado: ni rastro de Fedora.

La noche había caído ya tras los cristales. Un silencio sordo gobernaba el barrio. Yo encendí el flexo. Su luz inundó la estancia. Y, casi sin notarlo, mientras trataba de recuperar el orden de las cosas y volvía al cansancio perpetuo de la existencia, a la pesadez del cuerpo, me sorprendió el último zarpazo de la luz arañándome los párpados; y en ellos, tras el velo de los ojos, recuperé tal vez por última vez la tarde helada, el precipicio bajo las cimas blancas, mi cuerpo encogido de fríos, y de nuevo tu rostro, Fedora, bañado por la niebla, por brumas inasibles. Todo para mí, para ti lector, para nosotros, y después llegó -¿cómo evitarlo?-, el retorno a la página en blanco.

29 de agosto de 2007

Correspondencia Fedora - Goti (1)

Feliz Fedora,

¡El mundo es grande y yo soy tan pequeño!

He abierto puertas, en este estío de calor huidizo, que nunca llegarán a cerrarse; como llagas; como frutas maduras henchidas por el sol.

Salí al camino del verano cargado de libros como quien lleva al hombro un macuto de ilusiones. Una cifra inabarcable de títulos conjuraba un despropósito imposible, una utopía de lecturas que se iban amontonando bajo el peso de páginas de lavas y de luces.

Sobre los juegos malabares de un tablero pintado a tiza entre los adoquines, sobre esa rayuela de vértigos y calles, de sombras y de jazz, se crispó la voz enrevesada de un ruso llamado Vladimir que alardeaba de ardores y de árboles en pic-nics atravesados por pedazos de sol, en hierbas reverdecidas bajo el peso de dos dulces cuerpos sedientos de sí mismos, del olor de la piel húmeda regresando al gemido de la boca en ruinas, de aquella Terra que ya no habitaré con la misma ingenuidad de un sexo impúber o con la redondez inocente, blanca, aureolada de dos ocres blanduras nacaradas todavía tímidas: tus ocres blancuras, Ada, querida Ada, oh dulce Ada de secretas recompensas.

Este era el camino hasta despertar una mañana de un sueño intranquilo, convertido en un légamo pestilente y odioso, oh tú, aire frío exhalado en el amanecer de un día gris; tú que vaciaste el cuerpo de mi adorable insecto encerrado entre los muros de la sinrazón; nada le dejaste, apenas quedó un halo de santa humanidad entre las patas inmóviles y erectas - informes por cansancios y desvelos -, apenas quedó nada sino una mancha ensombreciéndolo todo y ese escozor último bajo la lengua, el áspero desahucio del odio que quedará prendido en la memoria para siempre.

Suerte que llegó el diablo, Fedora, con su voz atronadora, cantante, y sus ojos de venas rosadas y tibias, y detrás de su pelo rubio fracasaba una historia de amor, lo prometo, y todo se volvía gris como un suelo de palomas, y llovía, y hacía un frío de casa sin muebles y de ecos vacíos. Estuve allí, cobijado bajo una manta de felpas, buscando en el cuerpo de Mónica Friser un retorno al olvido, al no ser nada sino un hombre herido hundido en los desvelos del amor, en su pozo sin fondo, encorvado sobre la sed inefable de la pérdida, de tu pérdida, Mónica Friser. Si. Tú también estabas. Lo sabes. Nos juramos amor, pero el amor es agua y el agua se pierde entre los dedos del hombre.

Lo demás fueron cuentos. Cuentos para no dormir. Cuentos para el sinvivir. Algunos portaban cosas, o armas, por campos minados de miedos y de mosquitos, por selvas repletas de sudores y de agonías y del terror infernal de saberse enamorado sin esperanza alguna, sin la correspondencia que se le exige al primer amor, al virginal y menospreciado amor de fotografía y pluma, que eran cosas que también llevaban. Eran cuentos donde hay viejos caminando por lejanías inhóspitas surcadas de trenes y de vías muertas, acompañados de niños que dejan de serlo frente a pieles tiznadas de azabaches, niños que no habían visto antes la piel de los negros del Sur, pero que viajaban a la ciudad por segunda vez; cuentos claros como un domingo de paseos al sol deshilachado de Yalta, abrigando de amores a señoras con perrito; cuentos de collares falsos, cuentos hechos de palabras y de carne.

El mundo es grande, Fedora, y en él se pierden esperanzas como se pierden las llaves de un acertijo. Luego ya nunca se recobran con la misma calidez. El mundo es grande para que podamos llorar las pérdidas, Fedora, y que las lágrimas nos duren un suspiro, un parpadeo, un no decir. O sea nada. Las pérdidas, ya se sabe, siempre dejan algo para que se las recuerde. Y eso lo dejó bien claro el poeta, aquel del café a media tarde y de columna diaria que hablaba de Juan Ramón y de Ruano; el poeta de provincias que hablaba de las calles de Madrid y de sus tribus y de la grandeza del lenguaje y del estilo. Por eso hoy, Fedora, abro con esperanza su legado en busca de aquellos hombres que le hicieron grande, en busca de su Quevedo y su Valle-Inclán, de sus gentes del 98 y de su Nietzche. No sea que en estas páginas, agazapado entre los rincones de su prosa brava, en los entresijos de su prosa de metales que resuenan, su prosa de carne y de huesos y de hombre desnudo entregado al único altar al que consagró su vida, detrás de la pasta de sus gafas y de la violenta ternura de su párrafo, me encuentre a un dandy soñador, con botines, con foulard, con melena al viento, que insista en desvelarme una verdad demasiado triste para ser, completamente, mortal y rosa.

Búscame, Fedora, entre los libros. Ese es mi mundo inabarcable.

Se despide de ti,

Víctor Goti.

8 de agosto de 2007

El cuento de nunca acabar

Papeles sueltos. Un puñado de cuartillas mal cosidas, un cuaderno de caligrafía de hormiga, dos desvelos y un swing de Jelly Roll Morton, y todo dentro de esa magia parlante que en pocas líneas dibuja un mundo microscópico, el santo y seña de un club de solitarios, el amor trazado a vuelapluma en las orillas de un puerto de Yalta, una habitación en sombras y una luz en la ventana...

- ¿De qué hablamos hoy, Fedora? ¿Papeles sueltos, cuartillas? ¿Qué has desayunado si puede saberse?
- Amigo Goti, estamos hablando de una señora con perrito o de un caserón polvoriento al borde de un precipicio; de un viaje en el transiberiano observando el parpadeo de la estepa rusa sobre los cristales de un vagón para turistas…
- No comprendo ¿Chéjov? ¿James? ¿Tolstoi?
- Ya te vas enterando, Goti. Hablamos de cuentos.
- ¿Cuentos? ¿Quieres decir relatos? Historias para niños. Hansel y Gretel, es eso ¿no?
- Es mucho más, querido amigo. Te lo mostraré: toma el marco de un cuadro…

Fedora abre su zurrón de cuero y extrae un marco dorado con bordes churriguerescos. Se lo alcanza a Víctor Goti y prosigue:

- Prescinde del lienzo, Goti; pasa el puño de un lado a otro. Así, así, muy bien. Asegúrate de que el marco contiene sólo un pequeño hueco, la superficie invisible de un agujero, una nada rodeada de cuatro tablillas claveteadas.

Goti hunde el puño a través del marco y observa atentamente su mano al otro lado del hueco: se sorprende al descubrir una mano ancha, aumentada, con los nudillos como maromas de barco.

- Ahora, piensa que estás en la calle, en un bar, por ejemplo, en el fondo del mar, entre pececillos color de rosa… o donde a ti te parezca el mejor lugar para alzar el marco y disponerlo frente a los perfiles de una historia. ¿Lo ves? ¿Qué estas viendo, Goti?
- Es un violinista flotando en una piscina, ¡se está hundiendo Fedora! hace gluglú; espera, no, ahora veo un collar de perlas; una carta escondida; un caserón en llamas... ¿Qué es esto, Fedora? ¿Qué conjuro hechiza este marco?
- Ahí tienes un cuento, o dos, o tres, o leves trazos que ensayan un amor de provincias, o un absurdo miedo que congela la sangre, o la risa condensada en un pliego de hojas. Son cuentos.
- ¿Risa? ¿Amor? ¿¿Miedo?? - los ojos de Goti se afilan como los de un gato, horrorizado.
- No aprenderás nunca, Goti. ¿Es que no lo has averiguado aún? Un cuento es un iceberg que emerge del fondo del océano mostrando apenas un pedazo de hielo. Los cuentos tienen vida propia, hay quien ha llegado a escuchar los vacilantes latidos de su corazón de tinta; por sus venas corre una emoción de niños jugando; los susurros de dos enamorados abrazados en un parque.
- ¿Quieres decir que los cuentos tienen vida propia? No me hagas reír, ¿hablan acaso los cuentos?
- Ya lo creo, Goti. “Si me necesitas, llámame”, dicen los cuentos. Sólo tienes que pasear la vista por las montañas coronadas de nieve de los cuentos para saber que allí dentro, en el fondo oscuro de sus aguas, allá donde no llega la luz, se esconde un secreto que quiere ser desvelado.

Pero el secreto de los cuentos no emerge a la superficie, no se lee ni se puede ver con ayuda de catalejos de pirata. No hay ningún astrolabio que nos oriente en la ruta hacia su tesoro escondido. El secreto de un cuento es aire dentro de una burbuja: la llena, la redondea para que en sus lomos chisporroteen puntos de luz azulados, la eleva sobre el suelo tan alto que es un globo, un algodón mecido en olas de aire, un pájaro que vuela libre y sin fronteras. Y todo eso es un cuento.

- Ya veo, Fedora, ya veo. Tú siempre tan... ya sabes, tan...
- Un pequeño cuento no es el hermano pequeño de la novela, no lo olvides – prosigue Fedora, sin hacer mucho caso a las vacilaciones de Goti -. No lo es, hay que decirlo bien alto. Que todo el mundo lo sepa. Un cuento no necesita apoyarse en los torrentes narrativos de un escritor río, no precisa de pesados engranajes que lo sustenten ni muletas que lo alcen. Un cuento es una bala en la recámara de un revólver dispuesta a partir por la mitad dos corazones. Un disparo certero a los sentimientos, una poética de lo breve encadenada a un universo único. En ese cosmos de páginas menudas uno encuentra buenos amigos, los conoce durante un rato que pueden ser dos minutos o una vida y los lleva para siempre en la memoria. Como los viejos amigos. Es la literatura portátil, las palabras que no hace falta decir para sentirlas, la mirada honda de dos enamorados.

Cuando la historia termina con un punto y final o con un silencio y todavía perdura el calor de unos labios que se alejan de tus labios, el olor a lejanías que habitan dentro de uno, cuando abres esa caja de sueños que es un cuento, sabes que nunca, por más que el tiempo y la vida nos ponga zancadillas, podrás dejar de enredarte entre sus magias, abrir sus puertas de sombras, perderte en sus laberintos.

- Un cuento es todos los cuentos – asegura Fedora -. Leer un cuento es leerlos todos y es no leer ninguno; pero de eso, Goti, ya te hablaré otro día.

5 de mayo de 2007

El secreto de los hombres sabios

Imposible centrar la mirada, encajar la vista y enfocarla sobre el hombre sentado. A los pocos segundos, imperceptiblemente, se me van escapando las pupilas y, embelesado, leo las filas de libros apretujados en las estanterías, justo detrás de ese hombre que posa sonriente. Es una fotografía de un prestigioso escritor, o del ganador de un celebrado premio literario, uno de esos que llenan escaparates y bolsillos... No lo sé cierto, porque mi atención se centra, no en el título de su libro, ni en él mismo, sino en los anaqueles que rebosan sabiduría, viejas historias, amores frustrados... Vida.

Me ocurre siempre, lo confieso. Persigo con paciencia cada estante, tratando de adivinar colecciones: Austral, con sus colorines imperecederos, Seix-Barral - la antigua -, con ese sepia ocre y mutilado, Anagrama – gris como cemento babeliano o amarillenta como un atardecer -, los blancos lomos de Alianza LB como la luz que hiere una ventana... Y persigo los títulos, los autores, toda la historia leída por ese hombre sentado plácidamente en medio de la fotografía. Su pasado. Sus fuentes. Todas las lecturas que ha ido acumulando, como un rosario de pensamientos y emociones que ha empleado para urdir la nueva tela de la literatura, esa que ha pasado por la mezcla y el sabor más variopinto, por su propia conciencia y sentimiento para ser, para convertirse en nuevos sueños. Ese trasfondo de la fotografía, pienso, es el pasado de un hombre; tal vez el pasado de todos los escritores. El inconsciente colectivo del que los creadores beben para transformarlo con su magia, con su sello, en una nueva concepción del mundo. En otros universos.

- ¿Acaso no haces lo mismo cuando estás en casa ajena? - me pregunta Fedora, interrumpiendo mis pensamientos.

Dejo el suplemento literario sobre la mesa y me veo, ciertamente, escudriñando en las estanterías de mis anfitriones aquellos libros que se relajan ahora en un sueño plácido, después de haber desvelado a sus propietarios, después de haberles pesado entre las manos.

- En esto llevas razón, Goti – por un extraño azar, Fedora hace malabarismos con dos gruesos tomos de la Enciclopedia Británica comentados por Borges -. Los libros son como las personas – continúa -, gozan la misma vida, a veces pesan, llevan la gordura de sus páginas y la dureza de sus lomos como espolones que vapulean la propia carne al leerlos en la cama. Pueden llegar a escocer.
- Bueno, no siempre ¿no te parece? Algunos son esmirriados, de hojas quebradizas y frágiles, ya sabes, esos que merecen ser leídos con la delicadeza de un cirujano, tomando las páginas como con pinzas. Y al pasarlas, crujen como una tostada. De tan finas.

Fedora deja caer los tomos al suelo con dos golpetazos que resuenan como dos pisotones de elefante y me pregunta:

- ¿No tienen todos esos libros la culpa de hacernos como somos? Piensa que cada uno de ellos es una semilla sembrada en el extenso campo de los sueños de los hombres y que de ahí surge, poco a poco, del hondo ser, una ramita verde que reluce al sol.

¿Qué será este tallo del que habla Fedora? ¿Qué brotes arrancarán de sus yemas?

- ¿Tú crees que los libros nos forjan las virtudes? - le pregunto -. ¿Que nuestra paciencia puede haber nacido de aprender, con Juan Ramón, a contemplar la belleza? ¿Que la luz derramada de una tarde, esa tranquilidad que le leemos al poeta, esa elegancia que imita la naturaleza, se introduce dentro de nosotros dejando un leve poso de melancolía?
- No lo dudes, Goti, no lo dudes. ¿O acaso la infamia de la historia que Borges pertrechó para nosotros no da un aire de desconfianza a nuestras vidas? Después de leer al viejo de los ojos vidriosos, andamos por el mundo con más sabiduría y escepticismo, tomando las cosas como son y como podrían ser o como podrían haber sido. Todo ello al mismo tiempo. Sin creer a ciegas ni una cosa ni otra...

Creo yo que Fedora tiene razón. Que uno crece, y muy alto, observando las estanterías de los demás. Tal vez en ellas resida esta forma de ver el mundo que tienen nuestros amigos y familiares por cuyas casas vagamos; quizá podamos saber mucho más leyéndoles el trasfondo de sus fotografías que de aquello que ellos mismos puedan contarnos.

¿Estará en el fondo, detrás de la piel y de la humana sonrisa, el secreto de los hombres sabios?

29 de marzo de 2007

El círculo de tiza


Me pide Fedora que demos un paso más en el alambre del trapecista, llegar hasta el centro y una vez allí, dar volteretas, saltos mortales...

- Pero todo sin red - me dice -. Si no, no tiene mérito, ni gracia. Nadie pagaría ni un céntimo por verte caer sobre una red.
- Escachuflado en el suelo es otra cosa, ¿no? - le respondo levantando una ceja.

Por eso viene a cuento este blog, uno más entre todas las ventanas abiertas a este otro mundo, el de las multiples voces; para darnos un gusto personal, vital, tan humano que podría decirse que tiene sangre en los circuitos, y también células, en lugar de corrientes eléctricas y bits.

Viene a cuento de la libertad, de la creación, del arte y de la literatura, de dejar las cartas vueltas sobre la mesa, jugar al descubierto, verter lo único que nos hace hombres libres, el pensamiento, en este río torrencial y caudaloso que es Internet.

Viene a cuento de romper una lanza por la mezcla, por lo mestizo, por el gris, por las medias tintas, por el blanco pero también por el negro, y el añil, el púrpura; nadar hacia un ocaso de oros infinitos, que diría Juan Ramón. Caminar entre fronteras, a medio paso entre oriente y occidente, entre el norte y el sur. Estar sin estar en ningún sitio pero contemplándolos todos. Hacer ese viaje a donde sea, sabiendo que el final, acaso sea tan solo un nuevo comienzo. Entonces, cerrar el círculo.

- No te olvides de esos duendes que por la noche fabulan entre prensas, engranajes y papel made in árbolesmuertos.com - insiste Fedora entre las sombras, moviendo sus brazos como si manejara una manivela enorme.

Y siempre contra la opinión mediática, esa tribuna que pontifica y que parece protegerse a sí misma, encerrada en una vitrina de cristal para ser contemplada; pero no para tocarla, manosearla, cuestionarla.

Llegan nuevos tiempos. Ya han llegado. Y esto nos permite gritar, susurrar, subirnos juntos al escenario y mezclar nuestras voces todas. Corremos un riesgo, sí. El de no ser leídos o escuchados. No encajar, con suerte, bajo el rótulo de ninguna etiqueta, no ampararse bajo ningún dogma. Terminar siendo una parte de nada o lo que es lo mismo, una minúscula parte de todo. Pero en el trayecto, habremos hecho amigos, habremos sudado juntos y, tal vez, hayamos despertado la curiosidad de alguien.

Fedora se sube al trampolín que tenemos junto a la caravana para ensayar cabriolas, se acerca al filo de la madera y se pone a dar saltos de alegría.

- ¿Te gusta? - le pregunto.
- Siempre me ha gustado el riesgo.
- Ten cuidado, podrías empotrarte contra los adoquines.
- Merece la pena arriesgarse - me responde enseñándome su sonrisa polar.

- ¿Cuánto durará esto? - la duda me culebrea en el estómago como un enorme lagarto.
- Eres como todos los demás, tratas de meter la eternidad en un tarro de cristal.

Pienso que lleva razón, Fedora, siempre que habla del tiempo. Pero para esto ya habrá otra ocasión.