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24 de marzo de 2009

Desencuentros

Laura: Una vez caminaba por la calle enfrascado en no recuerdo qué pensamientos urgentes o graves o ambas cosas a la vez, cuando escuché apenas que alguien me llamaba por mi nombre. Como no me detuve me cortó el paso y me vi en la obligación de alzar la mirada hasta tropezar con el rostro de un joven a quien no conocía o, mejor dicho, no lograba ubicar en ningún contexto donde pudiera determinar quién era, cómo se llamaba, en qué situación nos habían presentado o qué circunstancias habíamos vivido los dos juntos o en compañía de otros. Él repitió mi nombre. Se alegraba de verme. Disfracé mi vergüenza por no reconocerlo con una sonrisa cortés e interpreté aquel encuentro como mejor supe hacerlo. Dije: “¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida?”, y muchas cosas así. Frases perfectas para salir del atolladero que además consiguieron engañarlo a él, que creyó mis palabras y continuó demostrando simpatía sin ocultar esa alegría primera que lo urgió a detenerme en mitad de la calle. Como después de un rato era imposible preguntarle su nombre llegó el momento en que no supe añadir nada más a la conversación y bastó este silencio interpuesto entre nosotros para despedirnos uno del otro repitiendo de nuevo lo encantados que estábamos los dos de habernos visto después de tanto tiempo. Cada cual siguió su camino pero yo me marché reemplazando aquellos pensamientos que me envolvían antes de tropezar con él por otros que trataban de abrir las puertas de la memoria, buscando tras ellas una respuesta para ese rostro todavía joven, si bien poblado de una barba de tres días y aquellos ojos oscuros y profundos, apremiantes.

¿Habríamos compartido clase en el colegio? ¿En la universidad? ¿En algún trabajo posterior? ¿Habría sido mi amigo uno de los veranos en la playa? ¿En la villa familiar? (Imposible: lo recordaría.) ¿En qué fiesta de botellas medio vacías y vasos de plástico habríamos coincidido? ¿En casa de quién? Pensé que pronto olvidaría el asunto, pero los días pasaban sin que la luz del recuerdo consiguiera alumbrar ese rostro repetido tan nítidamente ahora como borroso e inútil figuraba en mi memoria.

No he vuelto a encontrarme con él y, si se diera el caso, no dudaría en preguntarle el nombre después de admitir la triste realidad, mi absoluto desconocimiento de su persona. Sigo sin saber quién es, sin embargo este suceso ha causado un gran trastorno en mi vida, pues cuando ahora camino por la calle evito que mis pensamientos se apoderen de mí hasta el punto que voy buscando a mi alrededor, no a él, sino a cualquiera que en un momento dado pueda llegar a reconocerme. Me cruzo con las miradas de los demás transeúntes y me atormentan. Si alguien esboza una sonrisa acudo a ella presentándome, diciendo mi nombre en voz alta, a veces fraguando una nueva amistad si el encuentro ha sido solo una equivocación propiciada por un gesto de respuesta a mi saludo. Hay quien me ha tachado de loco. Algunas mujeres me han llamado acosador al creer erróneamente que trataba de conquistarlas con mi asedio callejero. La frágil memoria de los viejos que tampoco me conocen los obliga a admitirme con un abrazo cariñoso y envían recuerdos para toda la familia.

Temo que un pequeño despiste, una vacilación sospechosa, pueda reproducir una situación como aquella. No resistiría volver a cargar con ese peso agotador de llevar sobre los hombros otro desencuentro semejante. Los rostros se superponen pero, aunque no lo creas, a tí esta tarde sí te he reconocido. No pienses mal de mí, pues ¿cómo podría olvidarte, Virgina?

20 de julio de 2008

Mano de santo

El prolongado éxtasis que el padre Mateo colmó sobre el cáliz le vino mientras se santiguaba con la mano pura. El verbo se hacía carne, hiel de hombre sobre la sangre de Cristo. Después del eco de silencios que sucedieron a los gong del campanario, se conjugaron en milagroso sincronismo varios acontecimientos:

1. eran las doce en punto,
2. el incienso se respiraba como un aroma de santidad por toda la sacristía,
3. el padre Mateo se incorporó fustigado por la virgen de Fátima, cuyos ojos llameaban a la luz de dos cirios del tamaño de dos vergas de equino, traídos directamente del Vaticano,
4. el diablo, alias Lucifer, alias Satanás, alias Belcebú, también conocido como ángel caído, penetró, a través del portón de la entrada, con un abrigo de piel de cordero bajo el que escondía un cuerpo de fulgores de almizcle, obsceno, ese que siempre le permitía desflorar el tesoro de cuantas castas mujeres le vinieran en gana,
5. quiso Dios, por una vez, estar presente en cuerpo y alma en el evento y así fue conducido por San Cristóbal en blanca y alada limousine del cielo a la tierra, donde aparcó en zona de minusválidos y, mientras el santo patrón discutía con el guardia, se acomodó Dios junto a la pila bautismal, humedeciéndose los dedos de bendita frescura,
y, 6. la única devota presente, una vieja amante de Dios sobre todas las cosas y del prójimo como de sí misma, tosió dos veces y se echó a la garganta una Juanola que andaba enredada por su bolso, entre el devocionario y el Hola.

El padre Mateo, ajeno a la congregación de su parroquia, se dijo, hágase tu voluntad, mientras salía a dar misa con una sonrisa lunática en los labios. Camino del altar, rememoraba el seminario Marista y los lustros de análisis de exequias y huesos de santos compostelanos que le dejaron la clara convicción de que el verbo se hacía carne a través de los hombres. De manera que tal día como aquel, quiso predicar con el ejemplo ofreciendo su propio brebaje a los feligreses en cáliz de oro.

- Perdona nuestras ofensas... – dijo el párroco, aunque estaba convencido de que el cáliz donde había depositado los signos de su improbable descendencia, no podía ofender al Altísimo, sino elevarlo a él mismo a las alturas celestiales por compartir, con sus feligreses, la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, amén.

Llegó la hora de la comunión. El diablo se deslizó en vagas sombras por el empedrado, Dios maniobró con elegante omnipresencia hasta el presbiterio, y la anciana se precipitó sobre el padre Mateo que descendía las escaleras con el cáliz entre las manos y observaba la gotita flotando, blanco teñido de frenesís sanguinolentos, blanco inmaculado envileciendo la sangre, blanco puro y espermático, blanco de ángeles luminosos en el pozo rojo de las zozobras de Cristo.

Así se sucedieron los prolegómenos del ite missa est:

1. la vieja tomó el cáliz de salvación que le ofrecía el padre Mateo y bebió hasta la última gota,
2. Dios desplegó un par de ojos atónitos que parecieron rodar por las inscripciones latinas de las sepulturas,
3. el diablo, para completar el sacrilegio, se metió entre las faldas de la vieja jugueteando con todos los puntos cardinales del éxtasis sexual,
y, 4. el padre Mateo observó cómo la anciana relamía el borde dorado del cáliz y las incrustaciones de jade con un entusiasmo que él adivinó enseguida espiritual y divino, y que la llevaría directamente al reino de Dios Padre Todopoderoso y eterno, sin que éste, el Todopoderoso, allí presente en cuerpo y alma, pudiera hacer nada por evitar semejante blasfemia.

El Dios Padre todopoderoso y eterno no podía creer lo que sus ojos eternos veían: la vieja panza arriba, falda en alto, convocando a mil demonios sedientos de carne rechumida que la apretujaban, la volteaban, la ponían a cuatro patas, mientras ella se dejaban hacer, bendito seas señor, Dios del universo, decía. El padre Mateo, creyéndola poseída por los ángeles, se desabotonó la sotana y comenzó un tira y afloja con objeto de producir más líquido sagrado con que rociar la escena.

- No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal – se decía el loco Mateo..., digo el padre Mateo.

Después de aquello Dios no quiso saber nada más de los hombres, el diablo elaboró una divertida ruta que contenía conventos de clausura, claustros monacales y residencias de estudiantes. El padre Mateo, viendo que la escena no parecía repetirse, puso todo de su parte por reproducir cada domingo aquel milagroso éxtasis. La vieja, amante del prójimo como de sí misma, no faltó ni un sólo día a misa de doce.

22 de junio de 2008

Papel mojado

Siempre que llueve sobre un libro abierto ocurre lo mismo. La historia ya la sabe, le daré cuenta de algunos detalles: las primeras gotas aplastadas contra el papel inician los rigores del regreso a la pasta húmeda, a las hojas hinchadas, al lomo desahuciado de los pliegos de cuarta; la letra vacilante comienza a confundirse en un tupido borrón de tinta negra, las palabras se juntan unas con otras, se repliegan sobre sí mismas para volver a aparecer dos párrafos más abajo montadas sobre otras frases. Cambiadas. Nuevas. Ahora llega lo peor: al héroe de la novela le sobreviene la muerte en la página setenta y ocho, en la ciento catorce el asesino logra evadirse de las pesquisas del detective, antes de la doscientos veintinueve Praga es el color rojo.

Ha dejado de llover.

Fíjese bien: este libro ya es otro libro, obstinadamente otro. ¿No es lo que usted quería?

30 de abril de 2008

María Iribarne

Siempre hay quien termina mal después de pasar varios meses leyendo Anna Karenina, y los hay que entregan un volumen destartalado a la bibliotecaria como sellando su última voluntad semanas antes de cometer un crimen. Días después el mismo joven abandona sobre el mostrador Madame Bovary luciendo en las pupilas el desgarrón venenoso de un frasco de cianuro. Al gesto encendido tras devolver Lolita le siguen las palabras de El amante, admirando por última vez la hermosura de un rostro devastado.

Esta noche lluviosa un chirrido en la ventana y el recuerdo del nombre de su carnet de préstamo han avivado mi curiosidad. Maldita mi suerte. Al abrir la puerta del dormitorio me he encontrado con él, su pelo empapado, un ejemplar de El túnel en el bolsillo de su chaqueta y el brillo del acero en su mano derecha.

Sólo he podido susurrar: ¿Qué vas a hacer, Juan Pablo?

26 de diciembre de 2007

Comprender a los relojes

Homenaje al Gran Cronopio

¿Qué ocurre si a un reloj le arrancas la saetas, lo desnudas groseramente de su preciso engranaje y lo abandonas a una suerte de esfera blanca, sin brazos que señalen el jeroglífico orden numérico que lo adorna? ¿Qué reloj quisiera ser un reloj que no ofrece la hora y los minutos con una precisión de tics y un gorgojeo de tacs? Uno tendría en las manos un reloj sin alma, una caja vacía y tonta con ecos de silencio.

Al tiempo se abrazan los relojes con enfermiza obsesión de matemático para demostrar que llevan razón siempre; cada minuto que pasa proclaman su cordura y su acierto universal. Todos juntos responden al mismo fluir del segundero. Un reloj en marcha son todos los relojes, que se acompañan los unos a los otros dándose la razón y no quitándosela. Cada segundo la mitad de los relojes aplaude con un tic y responde con un tac la otra mitad, sonando los primeros con un tic y los otros con un tac, para de nuevo regresar al tic y al tac los relojes todos, en armonía de saludos de ida y vuelta por torres de iglesia, oficinas de correos y grandes almacenes. En esto son muy tercos los relojes. Les va en ello la existencia.

Los hay que de vez en cuando atrasan. Entonces tenemos un reloj perdido, remolón, un reloj que persigue a los demás en su carrera extraviada por laberintos de barro. Se le pegan los pies al suelo y poco a poco se deja vencer por la rabia y queda varado en una escollera de tiempo enloquecido y entonces ya no es un reloj. Es otra cosa: una pieza de anticuario, un huérfano de dueño metido dentro de una vitrina en una casa de empeños. Un reloj no es.

En el mecánico fluir de las saetas encontramos un orden cósmico, un universo de aciertos milimétricos al que recurren los maestros para poner fin a las clases de aritmética o los jóvenes para concertar su momento de felicidad íntima en parques llenos de enamorados que miran impacientes sus relojes.

Es importante un reloj con saetas. No está de más repetirlo. Sin ellas el tiempo sería un señor con brazos de hielo en un desierto de fuegos: un hombre boquiabierto en medio del Gobi observando sus dedos abrasados de sol y sus manos goteando sobre la arena como un sendero de hormigas que buscan la entrada de su hormiguero. Estaría perdiendo el tiempo este señor de brazos de escarcha.

Todos los relojes tienen sus manías, sus cosas, sus amores. Dentro de un reloj conviven los más hondos sentimientos. A veces demuestran cierto tartamudeo en su girar metódico, una vacilación que apenas es atraso de reloj sino un suspiro tímido como un rubor de mejillas; y advierte uno entonces un relampagueo de luz que viene de la acera de enfrente, el reflejo del sol al paso de otro reloj que guiña un ojo a tu reloj y lo entristece. Lo pone melancólico. Tan sentimental que duele. A ese otro reloj que juega a enamorar a tu reloj lo viste una correa menuda, brillante como un pañuelo de seda. Su dueña sigue el camino ajena al diálogo presumido de su reloj de pulsera.

Tu reloj languidece de ternura. Las saetas le vencen, la esfera se ciega y la hebilla se parte en dos pedazos de metal; el reloj se te suicida detrás de la mancha de luz del empedrado. Y sabe uno que ha llegado el momento de obedecer a su reloj y es de obligación cruzar a la acera de enfrente con la excusa del reloj estropeado para preguntar la hora, caminar juntos a un café y la mano sobre la mano, y tu reloj con su reloj, y entonces de nuevo el tictac de enamorados.

Y esto es comprender a los relojes.

10 de noviembre de 2007

The man who sold the world

El contrato acaba de firmarse en lo alto de un rascacielos. Abajo Times Square se ahoga entre neones. El humo barre las avenidas. Los aviones persisten, obligados a trazar sus recorridos, en un cielo inundado de maletines pasajeros. Los viajantes comercian. Todos ganan, nadie pierde. Y alguien sonríe.

Abogados. Camisas almidonadas. Dientes. Sonríe el hombre que firma los documentos. Ellos los meten en un sobre de cartón lacrado, dentro de un maletín, en una caja de seguridad, detrás de una puerta de acero. Está a buen recaudo.

A esta hora el Nasdaq dicta sus signos. No hay terror en el vaivén de las cifras. Emisoras, canales, locutores. Las señales llegan antes que los hombres. Tokio, Manila, Singapur, Berlín. La CNN informa de las últimas noticias. No hay terror en el vaivén de las cifras. Nadie tiene miedo. El miedo no existe, es cosa del pasado.

El día ha terminado. Las calles mantienen su ritmo, los cómicos representan sus comedias, los televisores graznan concursos. El amor se resuelve en pequeñas habitaciones, las cafeterías se llenan de intelectuales. Dijeron que era posible hablar con Dios. Ya nadie puede creerlo. En la radio la música languidece, el pop causa estragos pero ya no se habla de los Beatles. Los Beatles y el Amazonas son la misma cosa. Referencias. Entradas en la Enciclopedia. Historia. Está en los libros. Registrado. El mundo comienza a olvidar. No hay de qué preocuparse.

El hombre que sonríe se siente satisfecho. Ya nada puede pasarnos.

8 de agosto de 2007

El cuento de nunca acabar

Papeles sueltos. Un puñado de cuartillas mal cosidas, un cuaderno de caligrafía de hormiga, dos desvelos y un swing de Jelly Roll Morton, y todo dentro de esa magia parlante que en pocas líneas dibuja un mundo microscópico, el santo y seña de un club de solitarios, el amor trazado a vuelapluma en las orillas de un puerto de Yalta, una habitación en sombras y una luz en la ventana...

- ¿De qué hablamos hoy, Fedora? ¿Papeles sueltos, cuartillas? ¿Qué has desayunado si puede saberse?
- Amigo Goti, estamos hablando de una señora con perrito o de un caserón polvoriento al borde de un precipicio; de un viaje en el transiberiano observando el parpadeo de la estepa rusa sobre los cristales de un vagón para turistas…
- No comprendo ¿Chéjov? ¿James? ¿Tolstoi?
- Ya te vas enterando, Goti. Hablamos de cuentos.
- ¿Cuentos? ¿Quieres decir relatos? Historias para niños. Hansel y Gretel, es eso ¿no?
- Es mucho más, querido amigo. Te lo mostraré: toma el marco de un cuadro…

Fedora abre su zurrón de cuero y extrae un marco dorado con bordes churriguerescos. Se lo alcanza a Víctor Goti y prosigue:

- Prescinde del lienzo, Goti; pasa el puño de un lado a otro. Así, así, muy bien. Asegúrate de que el marco contiene sólo un pequeño hueco, la superficie invisible de un agujero, una nada rodeada de cuatro tablillas claveteadas.

Goti hunde el puño a través del marco y observa atentamente su mano al otro lado del hueco: se sorprende al descubrir una mano ancha, aumentada, con los nudillos como maromas de barco.

- Ahora, piensa que estás en la calle, en un bar, por ejemplo, en el fondo del mar, entre pececillos color de rosa… o donde a ti te parezca el mejor lugar para alzar el marco y disponerlo frente a los perfiles de una historia. ¿Lo ves? ¿Qué estas viendo, Goti?
- Es un violinista flotando en una piscina, ¡se está hundiendo Fedora! hace gluglú; espera, no, ahora veo un collar de perlas; una carta escondida; un caserón en llamas... ¿Qué es esto, Fedora? ¿Qué conjuro hechiza este marco?
- Ahí tienes un cuento, o dos, o tres, o leves trazos que ensayan un amor de provincias, o un absurdo miedo que congela la sangre, o la risa condensada en un pliego de hojas. Son cuentos.
- ¿Risa? ¿Amor? ¿¿Miedo?? - los ojos de Goti se afilan como los de un gato, horrorizado.
- No aprenderás nunca, Goti. ¿Es que no lo has averiguado aún? Un cuento es un iceberg que emerge del fondo del océano mostrando apenas un pedazo de hielo. Los cuentos tienen vida propia, hay quien ha llegado a escuchar los vacilantes latidos de su corazón de tinta; por sus venas corre una emoción de niños jugando; los susurros de dos enamorados abrazados en un parque.
- ¿Quieres decir que los cuentos tienen vida propia? No me hagas reír, ¿hablan acaso los cuentos?
- Ya lo creo, Goti. “Si me necesitas, llámame”, dicen los cuentos. Sólo tienes que pasear la vista por las montañas coronadas de nieve de los cuentos para saber que allí dentro, en el fondo oscuro de sus aguas, allá donde no llega la luz, se esconde un secreto que quiere ser desvelado.

Pero el secreto de los cuentos no emerge a la superficie, no se lee ni se puede ver con ayuda de catalejos de pirata. No hay ningún astrolabio que nos oriente en la ruta hacia su tesoro escondido. El secreto de un cuento es aire dentro de una burbuja: la llena, la redondea para que en sus lomos chisporroteen puntos de luz azulados, la eleva sobre el suelo tan alto que es un globo, un algodón mecido en olas de aire, un pájaro que vuela libre y sin fronteras. Y todo eso es un cuento.

- Ya veo, Fedora, ya veo. Tú siempre tan... ya sabes, tan...
- Un pequeño cuento no es el hermano pequeño de la novela, no lo olvides – prosigue Fedora, sin hacer mucho caso a las vacilaciones de Goti -. No lo es, hay que decirlo bien alto. Que todo el mundo lo sepa. Un cuento no necesita apoyarse en los torrentes narrativos de un escritor río, no precisa de pesados engranajes que lo sustenten ni muletas que lo alcen. Un cuento es una bala en la recámara de un revólver dispuesta a partir por la mitad dos corazones. Un disparo certero a los sentimientos, una poética de lo breve encadenada a un universo único. En ese cosmos de páginas menudas uno encuentra buenos amigos, los conoce durante un rato que pueden ser dos minutos o una vida y los lleva para siempre en la memoria. Como los viejos amigos. Es la literatura portátil, las palabras que no hace falta decir para sentirlas, la mirada honda de dos enamorados.

Cuando la historia termina con un punto y final o con un silencio y todavía perdura el calor de unos labios que se alejan de tus labios, el olor a lejanías que habitan dentro de uno, cuando abres esa caja de sueños que es un cuento, sabes que nunca, por más que el tiempo y la vida nos ponga zancadillas, podrás dejar de enredarte entre sus magias, abrir sus puertas de sombras, perderte en sus laberintos.

- Un cuento es todos los cuentos – asegura Fedora -. Leer un cuento es leerlos todos y es no leer ninguno; pero de eso, Goti, ya te hablaré otro día.

31 de julio de 2007

Historia de amor

...después de la tercera cita, la cuarta, y la quinta y luego el clásico juego de en tu casa o en la mía y una desesperada forma de decir te quiero entre las sábanas deshechas, o a la luz de las velas de nueve semanas y media de entregas sin orden, a deshora, incontables entregas de un amor en ciernes, y el placer del cigarrillo a medias y de las canciones al oído, y el sabor de tus labios o el olor de tu piel como una medalla prendida en los ojales de mi memoria, y luego todo ese tormento de no verte, acodado en las rutinas de mis días de oficina, deambulando por una ciudad desierta en la que sólo existe un olor que es el de la memoria para siempre, tu olor, y el verdiazul de tus ojos encañonando mi vida, a dos manos, agitándola durante días de espera, contando las horas que separan el gris apagado y terrible de los lunes del viernes siguiente, como dos planetas distantes años luz, contando las horas como estrellas infinitas de un firmamento que sólo se cuaja los sábados por la noche y algunas madrugadas del domingo, y leer también el errático desorden de un periódico del que compartimos las páginas como quien se pasa poemas escritos a escondidas en un amor infantil, reinventando el romanticismo, el amor sólo para nosotros como un caso clínico y extraño que únicamente ocurre una vez en la vida, llenando las noches de primaveras exultantes, de floridas amenazas que saben a gloria, de celos nacidos en el parloteo con extraños, de reencuentros siempre dulces, del postrero derribo de los cuerpos, del canje de una piel por otra piel, de un suspiro por otro, de la extenuación obscena de la carne, adivinando siempre mis deseos, adelantándote a mi placer, del vivir compartiendo vida, apartamento, teléfono, facturas, amigos, obstinados ambos en aumentar la dicha de sabernos el uno para el otro, el otro del uno...

25 de julio de 2007

El lagarto de Andrea

Andrea trabaja de bibliotecaria y vive con un lagarto.
No es un lagarto cualquiera. Atendería al nombre de Rocco si no estuviera muerto. Es un lagarto lagarto, con sus escamas verdes y su cola partida por la mitad, pero permanece incorrupto con el paso de los años. Andrea me refiere la historia de Rocco tomándose su tiempo. Es una anciana seca como el esqueleto de un álamo; cuando habla las palabras parecen caramelos de limón que se van deshaciendo en su boca de bibliotecaria anciana.

- Lo encontré en el patio interior – dice -; lo vi en el suelo, detrás de las jardineras de geranios. Estaba tan quieto, el pobre.

Se pasa las palabras de un lado a otro de las mejillas. Estirándolas como chicle. Andrea sigue relatándome su historia:

- Debía llevar allí..., ni se sabe. Un montón de rato. Yo volvía del lavabo y salí a tomar el aire. En la biblioteca, el aire está enrarecido ¿sabe? De vez en cuando conviene respirar un poco de aire fresco. Entonces salgo al patio de luces.

Andrea mira hacia el patio y los ojos le retroceden al pasado. En su lento desandar el camino, se tropieza con viejas amistades y gentes a quienes quería y ya no puede querer si no es en sueños, porque entristece sus ojos con una lagrimilla. Luego se recompone y le pido que prosiga:

- Así que se encontró usted al lagarto en el patio...

- Si. Detrás de los geranios. El pobrecillo debió caer allí desde el tejado. O tal vez murió mientras escalaba la fachada de balcones de forja. No lo sé. Nadie podría asegurarlo. Lo cierto es que estaba tieso y relucía un verdín estupendo con el sol del otoño.

Pidió que se lo trajeran, el lagarto. Un joven estudiante de derecho que pasaba allí sus tardes memorizando gruesos tomos de leyes, lo cogió entre sus dedos con mucho cuidado de no romperlo en dos pedazos y se lo tendió a la bibliotecaria Andrea.

- Aquí tiene. Lleve usted cuidado, no se le vaya a romper en dos pedazos – le dijo el estudiante.

- Rocco. Le llamaré Rocco – dijo Andrea, y luego terminó de contarme su historia.

Andrea conserva todavía el lagarto. Lo guarda en su casa momificado. No ha perdido ni una sola escama, ni un ojo, y la cola todavía le vence en un semicírculo trenzado. Andrea lo exhibe sobre una caja de abanicos. Le regalaron esa antigua caja de cristal y caoba y ella guarda allí dentro sus abanicos. Plegados unos junto a los otros y alineados en columnas. Sobre el muestrario de abanicos, Rocco duerme su sueño eterno de lagarto incorrupto. Cuando llegan visitas inoportunas, Andrea les ofrece un té de jazmín y les enseña su colección de abanicos. Salen horrorizados

- ¿Cómo puedes tener eso ahí, Andrea? ¿Ese bicho asqueroso?

- No es un bicho – contesta Andrea -. Se llama Rocco y es un lagarto.

Cuando las visitas corren calle abajo, Andrea las observa desde el balcón de su casa. Tiene el lagarto en una mano mientras con la otra lo acaricia con mucho cuidado para que no se parta.

Hay veces que le dice Rocco, Rocco, Rocco, masticando su nombre como almendras garrapiñadas, aunque el lagarto todavía no ha contestado a la bibliotecaria Andrea.

Ilustración © Escher

13 de junio de 2007

Las zapatillas

Le arrancó de su sueño un pipipipí pipipipí pirripipí de maquinita absurda. Este pálpito eléctrico había sido antes muchas otras cosas: el silbato atascado de un vagón de mercancías; la cuenta atrás - cinco cuatro tres -, del despegue hacia la luna; las tardes en la playa con Elena.

Ahora, el pitido prolongado, ya era el apremio del tiempo.

Los dígitos enrojecidos, 8:48, pronosticaron la carrera a tientas hasta el cuarto de baño, el tropezón en las rodillas, cagoendiez, el golpetazo al interruptor y la herida de la luz en las pupilas.

Llegaba tarde.

A malas se metió en los tejanos, se arremangó la camisa hasta los codos y buscó las zapatillas debajo de la cama. Aquí no, esto es la sábana. Esto tampoco, una pelusa. Esta. Esta es la otra. Y salió corriendo a la oficina.

Llovía, claro está. El agua parecía llegarle a la cintura. Qué sinvivir, y yo sin paraguas. Las zapatillas, volando delante de su sombra, le arrastraron hasta la parada del 32, donde el autobús se escapaba burlándose de sus prisas.

- Así que esto es un lunes – se dijo oportunamente.

Mientras paseaba su impaciencia de un lado a otro de la marquesina, notó el primer desplante. Una señora se empeñó en clavarle la mirada de abajo arriba, de arriba abajo. Y vuelta a empezar.

- ¿Qué? - dijo él.
- Nada – replicó ella.
- Pues eso – contestó él.

Colgado ya de la barra, apretujado entre un viejo ojeroso y una joven de gafas de pasta sintió la punzada del amor. Advirtió conmovido que la muchacha del mp3 le observaba con descaro. Piensa en Elena, piensa en Elena, piensa en Elena. La chica sonreía. Le abrumaba la inocente belleza de uniforme. Lolita. Abrió los ojos espantado. Eso no. No. Elena, Elena, Ele... qué ojazos tiene. Aún estoy de buen ver. No. No. No puede ser. Piensa en Elena...
Tres paradas más tarde el uniforme plisado desapareció abandonando una carcajada que se acomodó a lo largo del autobús y se quedó allí, coleteando como una culebrilla.

- Así que esto es el amor – se dijo melancólico.

Y es que estas horas no estaban hechas para el romanticismo.
Dos calles más abajo, después de torcer una esquina y jugar a las olimpiadas con las correas de tres caniches – que a esas horas marcaban el territorio con poca convicción y mucho sueño -, llegó al vestíbulo de la correduría. Empapado, sí. Azorado, también. Y con cara de me he dormido, perdone, no ha sido a posta, no volverá a ocurrir, verá usted, es que he pasado una noche...

Al portero, que en ese preciso momento insinuaba un bostezo, se le torció el hueco de los labios transformándose en otra cosa. Tal vez en un horrible sobresalto. O puede que los ojos le dibujaran dos signos de exclamación. El caso es que trató de advertirle algo. Algo muy importante. Un secreto. Pero él no pudo escuchar el jeroglífico susurro porque ya se encontraba en el ascensor y en el uno, en el dos, en el tres y en el cuatro de su ascenso a la rutina.

Trató en vano de pasar inadvertido. De nada le sirvió deslizarse de puntillas, encajar la vista en el ficus de la esquina, o esconderse detrás del carrito de la correspondencia. Don Ramírez le esperaba ensayando sus malas pulgas en la puerta del despacho. Las 9:42 de un lunes dejan poco margen para la improvisación.

Que si no es la primera vez, que si usted no aprende ni aprenderá nunca, que si gente como usted sobra, esto es una oficina seria, oiga, que qué se ha creído, que si usted cree que está hecho de otra pasta, que si a usted le parece bien venir vestido así, con una camisa del revés, esos vaqueros raídos y una zapatilla de cada color, que esto es una oficina seria, oiga, esto ya lo ha dicho, no me replique, que sea la última vez que viene con esas pintas, que si no se mira usted al espejo antes de salir de casa, mire a sus compañeros y aprenda, es que yo he pasado una noche que, no me interrumpa que usted aquí no es nadie.

Le mostró el catálogo completo de quesis mientras él se hacía cada vez más pequeño dentro de la camisa a cuadros. Los cristales retumbaban y lloraban, no se sabe si por la lluvia o por la tristeza que les causaba la voz de don Ramírez. Cada vez más pequeñito, los tejanos cada vez más anchos y el griterío de Ramírez creciendo y columpiándose alegremente en los neones, en los archivadores AZ y hasta en el ficus de la esquina. Cada vez más pequeñito y las zapatillas cada vez más grandes. Tanto que en un momento le pareció que todo estaba oscuro y era él dentro de la zapatilla izquierda. Todo él, entero y vestido sólo con los calzoncillos que también menguaron en un intento inexplicable de paliar su vergüenza.

Don Ramírez bramaba, no se esconda, a mi no me venga con esas, vive Dios, está usted despedido, aquí ya no vuelva.

Él salió tan campante. Abandonó esa vida tan grande que era la oficina inundada de luz metido detrás de un sello de 30 céntimos.

Desde entonces aprendió a esconderse en los quicios de las puertas, en los ceniceros de los automóviles, en los bolsos de las viejas y entre los pliegues de los uniformes de las jovencitas. Pequeñito y feliz.