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27 de mayo de 2009

Caminar por el aire

Alguien me contó un día que el escritor se parece mucho a esos personajes de los dibujos animados que llegan a un precipicio y continúan andando sobre el vacío, felices, ignorantes, sin darse cuenta de que caminan por el aire a muchos metros del suelo. No sienten vértigo ni espanto, los guía una fuerza mayúscula que los empuja y los ciega. Sin embargo llega un momento de este paseo feliz en el que el personaje descubre bajo sus pies el abismo insondable y la remotísima tierra donde probablemente augura que verá su cuerpo aplastado.

Ese es el instante de lucidez el escritor. Una bombilla se enciende sobre su cabeza: hasta entonces el escritor escribía por el placer de escribir, la inspiración y el aliento lo llevaban donde no lo llevaban las ideas o la razón; pero después de haber estado andando un largo trecho, se descubre a sí mismo en el aire y vacila cada uno de los pasos que quiere dar para seguir adelante. Se ha llegado entonces al momento mágico de la creación, para el que existe un secreto que sólo susurran, después de muchas copas y risas, los escritores más veteranos.

El secreto es este (mi amigo escritor me lo confesó todo, un poco ebrio): para mantenerse suspendido en el aire sin caer al abismo es necesario cogerse del pelo y tirar hacia arriba. Sólo de esta forma, con esta obstinación de Hércules enloquecido, se puede sobrevivir a la escritura. Hay que seguir caminando por el vacío, mantenerse en el aire. No hay camino, porque es invisible. Estás gravitando y el borde del precipicio queda ya demasiado lejos como para volver atrás. Tampoco puedes permitir que tu cuerpo se haga añicos contra el suelo.

En este asunto hay una felicidad y una miseria. La felicidad es volver la vista atrás y contar la baldosas que flotan en el aire por donde hemos pasado: esas baldosas las has inventado tú, pues antes no estaban, sólo había un gran vacío y abajo el precipicio. La miseria y sinrazón del asunto es el camino que queda por delante: incierto, huidizo. Tanteas con la punta del pie si allí delante hay otra baldosa como las que has ido dejando atrás y no lo sabes hasta que no saltas sobre ella. Pero tienes que creer en ella. Tienes que soñarla con fuerza. Y sujetarte por el pelo. Y tirar hacia arriba. Y dejarte llevar por la ilusión de que allí sí hay, en verdad, otro peldaño.

Yo confío en que todavía quedan peldaños por delante, pero también tengo miedo de que no sean estables, o suficientemente sólidos como para aguantar mi peso y que llegado el momento de poner el pie en ellos no puedan sostenerme y me venza entonces el delirio de la caída.

Creo que no. Quiero pensar que no. Aún soy un dibujo animado y puedo tirar de mi pelo para andar por el vacío sin miedo, con convicción.

Incluso con los ojos cerrados.

22 de abril de 2009

Mundo escrito y mundo no escrito

Tengo dentro lo escrito y lo no escrito. Las palabras que ya he caligrafiado sobre el papel y también las palabras que aún no he escrito. Yo amo esas palabras que no he escrito. Amo las palabras que aún no he escrito.

Este deseo se retuerce. En lo más hondo gime un dolor agudo por reconocer el rostro de lo no escrito y por volver a ver el rostro de lo escrito. Hay dos rostros: uno existe, el otro no.

Lo no escrito existe si cierro los ojos para mirarlo. Respira. Es orgánico. Cerrar los ojos es atarse con las dos manos la venda que dirige la mirada adentro, donde lo no escrito vive. La palabra no es más que una huella apenas visible de eso que dentro se agita. De eso que dentro aún respira. Una huella que respira. Las palabras son los trazos emborronados que quieren significar un algo, el paisaje de un algo, el mapa que define los contornos de ese algo y delimita su forma y le da abrigo y entonces es. Porque está escrito y las palabras son como la sangre corriendo por las venas de lo escrito.

Lo que ya está escrito en el papel entabla una conversación con lo no escrito, con lo que nunca he escrito. Lo escrito le habla a lo no escrito como la voz que habla a un silencio que luego será voz. Emitirá su réplica. Lo no escrito es una voz. También es una voz, como lo escrito. Una voz que no se calla. Lo no escrito es una voz que no se quiere callar. Y en este debate en el que uno habla y el otro asiente en silencio no es menos elocuente aquello que nunca se ha dicho que lo que sí se ha dicho. La voz de lo no escrito me persigue, me despierta por las noches o no me deja dormir. Incansable en su batalla por brotar en nuevas ramas que serán, después, lo que se escribe.

Lo escrito brilla con su propia luz e ilumina lo no escrito, que es una luz apagada. Son dos mundos en constante movimiento. La dialéctica perturbadora entre el ser y el no ser. Entre lo escrito y lo que no está escrito.

Entonces vengo aquí, a este cuaderno que sostiene el peso débil de mi caligrafía y se deja penetrar por ella sin emitir una queja, y lo no escrito comienza a ser lo que ya está escrito. Lo no escrito deja de existir y sólo existe lo escrito. Esto. Lo que ahora estoy escribiendo y luego vendrás tú para leerlo. Leerás lo escrito. Pero no podrás leer lo no escrito.

Lo que no te he contado es que lo no escrito sigue latiendo dentro después de haberlo escrito. Porque lo no escrito permanece dentro. Lo no escrito queda dentro. No ha salido. Se refugia en lo hondo. Sólo ha brotado lo escrito. Esto que estás leyendo no es, ni será nunca, lo que yo no he escrito. Será otra cosa. Lo no escrito no será.

Hay dos mundos: el mundo escrito y el mundo no escrito. Yo persigo el mundo no escrito y sólo obtengo el mundo escrito. Me esfuerzo por conseguir que un día salga a la luz lo no escrito, pero lo no escrito se resiste. Lo no escrito sólo puedo leerlo si cierro los ojos y miro adentro. Si me tapo los oídos y escucho adentro. Si consigo que las palabras desaparezcan y con todos los sentidos alerta, me sumo en el placer que provoca lo no escrito. En ese vértigo de lo no escrito. Aún no lo he conseguido. Lo no escrito resbala como agua entre los dedos. Lo no escrito no es. Entablo esta batalla que he perdido de antemano. ¿Por qué?

Ahora sé que jamás podré escribir lo no escrito. Entonces cierro los ojos para mirar lo que no he escrito. Para que fluya. Para que sea. Y, aunque no pueda compartirlo, me doy cuenta de que hay un lector para lo que aún no escrito: ese lector soy yo.

31 de diciembre de 2008

Humo, aire, nada

No es difícil venir a este rincón en el que apenas cabe una silla y una mesa y parece estar siempre delimitado por una línea de puntos dentro de la cual todo puede suceder, y sucede. No es tan difícil decir adiós a la luz de la tarde o al barrio lleno de vida o a la duermevela de sofá y manta para permanecer durante horas inmerso en la urdimbre que las palabras procuran a los sueños, la tela en que se acunan las historias, los personajes, los detalles. Pero, al contrario de lo que parece, tampoco es del todo placentera la tarea de andar descubriéndose el corazón para mostrarlo despojado de su coraza y verlo después reposar sobre la tela de araña que lo sustenta, tan desnudo, tan solitario, a veces tan dolorido. Porque escribir duele, y no hay peor dolor que el soportado en silencio, pues se escribe en silencio. La única voz que va aflorando con su suave música es la de los recuerdos o la imaginación, y por eso escribir es regresar al silencio de las palabras, al silencio marchito y fúnebre de los recuerdos.

El año languidece y es el momento de hacer balance de los días que hemos ido dejando atrás. Llega el final de un año y uno piensa que es necesario resumir en unas líneas qué ha sido de la vida –de la escritura- durante todos estos meses un poco arrítmicos que se han ido no se sabe cómo, entre lecturas y voces y noticiarios y tranvías y mañanas de tedio en la oficina y noches en que me resisto a ser uno más, uno cualquiera, y por eso me encierro en este cuarto en donde todo es posible si lo escribo.

Hago el balance siendo Víctor Goti y siendo también Fedora, escuchando a ambas voces por igual, con todos los sentidos alerta frente a la vulgar razón y a la osada imaginación. Goti y Fedora. Fedora y Goti.

Y por eso enumero aquí, una vez más en el centro de este círculo de tiza, algunos títulos de los relatos que Fedora me ha ido susurrando al oído y que yo –siendo el Goti razonador y crítico- he tratado siempre de componer con la paciencia del escriba. Ese Goti que he sido y sigo siendo se afanaba en trazar las geometrías de todos esos mundos soñados antes de estar escritos en una hoja de papel, de esos universos envueltos en brumas que ahora empiezan a ser, o tal vez ya sean, el primer borrador de un libro de relatos: “Sillas vacías”, “El sótano”, “Maga”, “Zzzz” o la “Sinfonía de Eugène Taggilo”, etc.

Trataré de acabar el año como me gusta acabar los cuentos: con un final abierto que precisa de la imaginación del lector para completarlo, para redondear el círculo y echar así el cierre a la historia que cabe en un puñado de folios. Por eso ahora, mientras escribo, abro el cuaderno en donde mes a mes voy haciendo capítulo de lecturas y me doy cuenta de las deudas. Percibo en esas voces muchos pálpitos que también resuenan en mi escritura: resonancias, la respiración de esos otros mundos que alumbran mi propio mundo. En justicia debo honrarlos aquí con debida y cronológica enumeración: Vladimir Nabokov, Eloy Tizón, John Cheever, Carlos Castán, Rilke, Simone de Beauvoir, Juan Benet, Lewis Carroll, Bulgàkov, Edgar Allan Poe, Andrés Neuman, Manuel Talens, Mohamed Chukri, Ramón Gómez de la Serna, Robert Walser, Italo Calvino, Natalia Ginzburg, Marc Granell, Julio Verne, Antón Chéjov, Thomas Mann, William Faulkner, José Moran, Kafka, Kawabata, Juan Ramón Jiménez, Roland Barthes, Carmen Martín Gaite, Cristina Peri Rossi, Guadalupe Royán, Fernando Pessoa, Julio Cortázar, Truman Capote... y muchos otros sin cuya escritura, ¿qué podría decirse de mi propia escritura? Quizá este final no sea tan abierto como el de un cuento, porque la respuesta a esta cuestión a lo mejor sí la sé: humo, aire, nada.

16 de octubre de 2008

Mecánica grupal

Cuando se forma un grupo de individuos cada uno de ellos adquiere un rol determinado, una pauta de comportamiento que lo define inicialmente y por la que todos los demás miembros del grupo esperan que se rija. Si el individuo mantiene este primer comportamiento seguirá perteneciendo al grupo; en cambio, si lo abandona o lo trastoca puede dejar de aceptarse como miembro del mismo.

Si el individuo altera esta pauta, su ‘manera de ser’ dentro del grupo, será considerado ‘anormal’ frente a lo otro, que era considerado ‘normal’. (La normalidad/anormalidad de sus comportamientos no tiene por qué ajustarse a la noción de normalidad/anormalidad definida en un estrato superior y objetivo -sociedad, entorno, familia- al margen de este nuevo grupo.)

La desviación respecto a la pauta de comportamiento que el individuo tenía cuando formó parte del grupo puede ser intencionada o no serlo.

En el primer caso –si el individuo cambia su ‘carácter’ intencionadamente- éste escoge salirse del grupo y es seguro que no se sentirá excluido, pero sí superior por haber evolucionado dentro del sistema grupal. Es un ser nuevo, distinto, y probablemente dejará de encajar en el grupo en el que se formó.

Si el alejamiento no es del todo intencionado sino que, por ejemplo, se ve forzado por un componente externo –segundo caso: desviación no intencionada-, este individuo se sentirá excluido del grupo, tal vez hasta sea apartado violentamente por los demás, sintiendo por tanto una clara desubicación dentro del grupo que lo vio ‘nacer’, pues ha perdido su posición, ha abandonado la definición que hizo de sí mismo y ahora nadie le reconoce.

Solamente en el caso de una evolución completa de todos y cada uno de los miembros del grupo se dan las condiciones de re-adaptación de unos con otros, posibilitando entonces la entrada de nuevos miembros y la salida de otros que han dejado de ser significativos para el sentido del grupo. Esto sería la mecánica grupal dinámica.

Nuestras vidas transcurren siempre en entornos en los que estas mecánicas grupales consiguen encasillarnos: somos oficinistas, comerciantes, bondadosos, tercos, indolentes o soñadores, pero solamente oficinistas, comerciantes, ..., etc., y son, por lo tanto, estáticas.

La mecánica grupal estática (que no permite desviaciones en los individuos) es alienante. Es la más extendida porque sirve como medida de protección ante el cambio. Es conservadora y también dictatorial en tanto en cuanto establece normas de obligado cumplimiento para los miembros de cada grupo.

Por el contrario, la mecánica grupal dinámica admite variaciones en los miembros del grupo y, por tanto, cambios significativos del propio concepto de grupo sin menoscabo de su identidad (que a la postre será ‘variable’). Dentro de un entorno con este tipo de mecánica, las normas -aunque no dejan de existir- se crean y se destruyen. Cambian. Evolucionan. El individuo puede (auto)completarse y también completar a otros miembros de su grupo o de otros grupos ya que la dinámica permite movimientos migratorios entre grupos.

Es preferible una mecánica grupal dinámica a una estática, pero la triste realidad nos mueve en entornos estáticos (uno o varios, pero todos inamovibles).

Solo unos pocos han sido capaces de ir más allá, evolucionar, vivir: aventureros, idealistas, librepensadores, visionarios.

Por desgracia, en la esfera de lo cotidiano a estos individuos se les atribuye el apelativo de “locos”.

21 de septiembre de 2008

Miradas: Oriente y occidente

Leo estos días a Naguib Mahfuz, a Mohammed Chukri, a Tahar Ben Jelloun. Sus obras están cargadas de una vasta cultura musulmana que para el lector occidental resulta exótica, ligera, a ratos preñada de perfumes de zoco, repleta de artículos de bazar y con frecuencia gira alrededor de enérgicas charlas con una taza de té con hierbabuena en una mano y una pipa de kif en la otra. Existe en ellas un fondo de sexo siempre exento de pecado que se abre a nuestros ojos con la misma naturalidad con que nosotros ofrecemos la mejilla para recibir un casto beso de colegial. Resulta paradójico que la literatura árabe mediterránea -que nosotros podemos mirar directamente a los ojos con solo levantar la vista más allá del horizonte en el que mueren nuestras playas- se encuentre tan lejos de nuestra propia literatura.

He tomado como ejemplo tres autores del siglo XX que abordan problemas muy diferentes, pero jamás contradicen un mismo clima narrativo en el que se siente muy de cerca una tradición oral -perdida ya para nosotros-, una poética de lo breve, de la síntesis, del pequeño detalle y un estilo de historias fragmentadas que las nuevas corrientes literarias occidentales quieren de pronto hacer suyo (nuestro).

Siguiendo la estela de “Las mil y una noches”, estas obras participan de su mismo estilo de frase corta, de diálogos rápidos que no aspiran a las grandilocuencias occidentales sino al profundo conocimiento del alma humana; se mecen entre el sentido y el sentimiento. Interrogan la naturaleza del ser humano en un entorno –el suyo, el árabe- en el que la atmósfera y el pensamiento forman un complejo todo que nos enseña –una vez más- que la verdad nunca se oculta detrás de los pesados cortinajes decimonónicos a los que estamos acostumbrados. Estas literaturas no tratan de resolver graves cuestiones metafísicas, ni pretenden arrojar ninguna luz sobre opresores y oprimidos; estas narrativas de lo escaso jamás cabalgan sobre la grupa del costumbrismo, y no se detienen en falsas moralinas.

Mahfuz, Chukri y Jelloun dejan abierto un agujero en medio de la puerta para que podamos mirar a través de él las no tan lejanas tierras de Marruecos y Egipto, sin sermonearnos desde la tribuna que les concede la escritura. Y, sin embargo, después del merecido reposo que conviene otorgarles a sus libros, se da uno cuenta de que sí, de que en realidad uno termina sabiendo que detrás de los velos sedosos de sus bailarinas, detrás de todas esas noches de sexo en brazos de meretrices que parecen saberlo todo de la vida y que ocultan su injusticia y su locura tras el maquillaje del amor, detrás de los bazares y del té y del deseo y de las cárceles y de tardes de oración en la mezquita, existe una verdad más profunda que se confunde con todos estos elementos decorativos. Y su esencia es común a oriente y a occidente, es el signo que con las mil formas de la literatura retrata la única verdad que recorre el mundo: el ser humano sufriente, angustiado, libre, tenaz, humillado, altivo, vive en un mundo injusto, el mundo de los ricos y los pobres, en el que la belleza todavía es posible.

Por eso he pensado que la relación de oriente y occidente en realidad está separada tan solo por una puerta en cuya mitad existe una mirilla de cristal. Y esta mirilla es la misma, para unos y para otros, independientemente del lado desde el que se mire. El problema está en que esta lente distorsiona la imagen de los que tenemos frente a nosotros: creemos ver a través de ella un montón de gente apiñada, lejanísima, remotamente parecida a nosotros, pero que no comparte nuestra cultura y nuestros sentimientos; gente distorsionada por las lentes cóncavas y convexas de un mecanismo medio averiado. Los del lado de acá (digamos que occidente), nos alzamos de puntillas y solo tenemos ojos para contemplar el espectáculo de oriente desde la literatura, desde el cine, y nos gusta incluso contaminarnos de ese exotismo dulce tan diferente a nuestras carreteras de asfalto y nuestros teléfonos celulares; los del lado de allá (digamos que oriente), no ven más que una población intoxicada por el imperialismo, por el consumo, por una feligresía cuyos altares se encuentran en la banca y los parqués internacionales.

¿Somos eso: títeres? No lo creo. Espero que no. Y ellos ¿son solo clientes de teterías afanados en cargar sus pipas del mejor kif que pueden comprar? Tampoco. En cualquier caso, parece mentira que todavía no se nos haya ocurrido a nadie abrir esa puerta y romper de una vez todas las mirillas.

Fotografía: Angel Pradel

19 de febrero de 2008

Fantasías de un escritor

Corre un riesgo el escritor –y no es riesgo baladí-: creer, después de un reconocimiento literario, que todo lo que escribe está tocado por la gracia de quién sabe qué númen divino que lo inspira. Hay que llevar un cuidado extremo, no dejarse arrastrar por las alabanzas, pisar bien firme sobre el empedrado de la lucidez para evitar a toda costa que una celebración de lo inusual –el escrito feliz- enturbie con su brumoso revuelo el horizonte al que verdaderamente aspira: la obra honesta.

Está bien el festejo con los amigos, los brindis, la espuma del champán derramada sobre los laureles, pero ya. Después, vuelta al trabajo, a la constancia, a la afanosa tarea de hormiguita que poco a poco va levantando los muros de sus narraciones con esos cimientos tan precisos que son las palabras. Ellas son, al fin y a la postre, las verdaderas protagonistas de la historia. Ellas, las palabras; y no el ego flamante, ni el pensamiento, ni tampoco la bondad de la criatura que las escribe –que las crea-, porque lo que verdaderamente importa sobre todas las demás cosas, es el resultado que de ellas se desprende.

Valiente es el escritor que después de alcanzar sus metas, después de encontrar una voz y elevarla por encima de sí mismo, renuncia por completo a volver sobre sus pasos, a imitarse, a regresar a esa cómoda prenda en la que, por vieja, se siente tan a gusto y es tan fácil de llevar, y ya todo el mundo le reconoce en ella.

Valentía y honestidad, dos sustantivos que parecen trasnochados, dos fantasmas inútiles a quienes nadie hace caso. ¿Nadie?

Escritor es aquel que busca. El escritor es inconformista. Al escritor, lo ya escrito no le sirve para nada. Escritor es quien bucea en los fondos del lenguaje y encuentra en ellos la argamasa para crear un mundo distinto a ese donde tan a disgusto vive. Y si no vive a disgusto, por lo menos piensa que su alrededor es mejorable, y tal vez es sólo la ficción la que puede concederle el amparo que necesita para seguir latiendo, para sentirse vivo. No para vivir, sino para sentir que algo dentro de él resplandece con una extraña belleza.

En el mito de la inspiración han muerto muchos aspirantes. La inspiración no existe, y el trabajo solitario que es la escritura es la única demostración de que la palabra exacta, la justa, termina manifestándose después de muchas horas de insomnios y dolor.

Pero también hay alegría en el proceso creativo: mientras uno escribe sabe que está a salvo, que nada puede ocurrirle. La escritura es bálsamo, es el lenitivo de la culpa, la razón que otorga sentido al errático discurso de nuestros pensamientos, y también el secreto inasible que nos conmueve hasta no poder más, no soportarlo, y tener que descubrir sus intrigas escribiendo.

La escritura es la vida, como el habla es pensamiento.

Ningún escritor deja nunca de escribir, pero muchos escritores dejan de publicar. Son capaces de aplacar a la fiera ególatra que llevan dentro y convivir con sus escritos en la soledad de sus días, como quien convive con sus propias fantasías sin hacer daño a nadie. Por ello son sabios, y por ello merecen toda nuestra ternura y consideración. Querría uno leer de este escritor su obra callada, sus silenciosas palabras que cogen polvo en el fondo del cajón de su escritorio, detrás de una pared, al final de un oscuro pasillo, en una remota casa de provincias. Allí.

Quiero ser yo el escritor silencioso, el que escribe para sentirse vivo, el que goza de sus aciertos en compañía de amigos, y de sus derrotas en la soledad de su hogar. Quiero ser yo ese hombre de mirar perdido que camina inventando historias para todos con quienes se cruza. Quiero ser un hombre tímido y callado, al estilo de Pessoa, que escribió porque necesitaba, e inventó personajes a quienes cargó la autoría de sus obras. Él no, él estaba detrás. Agazapado. Escribiendo.

19 de noviembre de 2007

Teoría de la divinidad literaria


En cualquier formalización consistente de las matemáticas que sea lo bastante fuerte para definir el concepto de números naturales, se puede construir una afirmación que ni se puede demostrar ni se puede refutar dentro de ese sistema
Teorema de la incompletitud
Kurt Gödel


AXIOMA
Tratándose de literatura no se pueden verter más que opiniones –y por ello subjetivas-, extraídas principalmente del bagaje de lecturas que cada uno aporta, sin olvidar que vivimos en un mundo mediatizado, de constante trasiego de opiniones acerca de lo que deben o no deben ser las cosas. El pensamiento correcto está polarizado por una verdad única –y por lo tanto falsa-, y por eso mismo el artículo de Vicente Verdú (Babelia 17-nov-2007), que al principio nos gana con su rotunda crítica de la novela actual, no muestra más que otro armazón para ese bicho salvaje que debería ser la literatura.

TEOREMA
Como bicho, como indomable artefacto de expresión humana, la literatura debería estar siempre viva, siempre palpitando como rabo de lagartija, y no simplemente parecer viva.
Si la literatura es cambiante, y nueva, y libre, todas las imitaciones son no-literatura.

POSTULADO 1
Que la novela se alimenta de herencias rentables (la novela decimonónica, el argumento en vilo, la velocidad de acción, la falsa ficción, etc.) es un hecho.
[Digresión: sobre todas las demás cosas, la que más me exaspera es precisamente la tentativa argumental y la falta de disciplina estética.]
De nada nos sirve hoy emular a los antiguos (Dickens, sí, y Balzac, y ahora mojándome, los Pérez Reverte, J.M. de Prada, L. Silva, Noah Gordon, I. Allende, y todos esos eternos repetidores de fórmulas anquilosadas, que pretenden con sus obras renovar, cuando no hacen sino plagiar); no, hay que destruirlos. Partir de ellos para renovarse.

POSTULADO 2
Si la literatura debe ser algo más, y en esto el artículo atina con santa justicia, ¿cómo hacerlo?
Determinar las tablas que rigen las leyes de la nueva novela no está en la mano de Vicente Verdú, sino en la del escritor que se parte el alma desde la honestidad, y no desde el plagio. Todos sabemos que para empezar a escribir hay que plagiar, ejercitarse como hacían –hacen- los pintores noveles con ciertas aspiraciones, pero justo cuando uno se siente con fuerzas de volar solo, está obligado a saltar sin red, pero también sin miedo.

POSTULADO 3
Me hago una pregunta y solito me la respondo: este artículo publicado en Babelia, ¿era necesario? Sinceramente creo que sí.
Es un artículo vital, aunque solo sea para meter el dedo en la llaga sangrante que la novela arrastra desde principios y mediados del s. XX.
¿Muerte de la novela? Nunca he creído en eso, pero sí en su reinvención, en su acomodo a los nuevos tiempos (internet, blogs, exceso de información, economías de escala, burocracias transnacionales, imperialismos encubiertos –léase, otra vez, multinacionales-, globalización).
Lo que en Blasco Ibáñez era la huerta y el paisano que trata de abrirse camino en la ciudad, hoy es un hombre cegado por la felicidad consumista –lo somos todos-, un tipo feliz que tira del carro porque le han cambiado la hortaliza por el televisor de plasma, la hipoteca a treinta años o el coche nuevo cada cinco. Pero además de eso –tal vez precisamente por eso-, han cambiado otras cosas: el intelectual, el progre, el tipo que no se conforma con nada (y quizá por ello pierde su pedazo de felicidad) ya no es un inocente, o al menos debería tratar de no ser un inocente. Cuando nos abren las puertas de la cultura, del trasiego de información, del libro de las mil y una opiniones que es internet, perdemos la inocencia. Me refiero a que hoy en día sabemos más de lo que nuestros abuelos sabían a nuestra edad, y aún lo que nuestros padres saben hoy, y ese conocimiento también nos impone una nueva responsabilidad que ellos no tenían: ser críticos hasta el hartazgo, buscar la novedad formal, el estilo libre, la conciencia del yo único que vive en cada uno de nosotros (y no necesariamente a través de la voz en primera persona, regla 9 de Verdú, que me resulta infame porque si la literatura es experimentación, si es búsqueda, si con ella pretendemos un conocimiento universal a partir de lo particular –o viceversa-, y sabiendo que la primera persona es también –regla 8- puro fingimiento, ¿qué importa la voz narrativa?).
No solo es necesario renovar fórmulas, sino dinamitarlas, ser iconoclastas, partir de los antiguos para montar un discurso incoherente, sordo, necio, y por ello inteligente ¿Beckett? Renovar el lenguaje y el pensamiento... Ya, ya sé, son cotas tan altas que parecen inalcanzables, pero opino que vale la pena intentarlo. ¿De qué sirve una gloria falsaria, mezquina, el aplauso de un público aborregado que no entiende ni desea entender qué es la literatura?

DEMOSTRACIÓN
Para mojarme aún más, para que no se me vea el plumero del que arroja la piedra y esconde la mano, mientras leía el artículo de marras he tratado de buscar alguna novela que se acoplara a la clarividente visión de Verdú, una obra que, sin estar escrita en el s. XXI, comulgue con esos diez babélicos mandamientos.
Mi intención: destripar el decálogo; hacerlo inservible como decálogo. No así como precepto creativo. Es decir: este decálogo no debe ser una imposición sino un punto de partida desde el que podamos reconstruir la literatura -a sabiendas de que ya se ha dicho y escrito casi todo lo que había que decir y escribir-.
Todos coincidiremos en que estas diez reglas son adecuadas para definir la nueva literatura, pero también deberíamos saber que por sí mismas, estas diez reglas no son nada y que, además, ya existen obras que las siguen al dictado... Pero, bueno, ¿de qué obra estoy hablando?. Porque todos sabemos que hay un buen puñado de novelas renovadoras a lo largo del XX, y que muchas de ellas se ajustan con corrección a algunos de los puntos –no todos- de ese decálogo. Sin embargo, de entre todas ellas -y solo por poner un ejemplo-, yo he sentido que había una especial, magna, grandilocuente y que se aproximaba con insultante desdén a los preceptos de Verdú: En busca del tiempo perdido (1908 y 1922), de Proust.

Veamos los mandamientos del Santo Padre:

1. Intransferible; resistencia a ser trasladada a otros medios que no sea el escrito: En busca del tiempo perdido.
2. Eludir la intriga, la trama. La obra debe procurar una "intensa degustación del texto": En busca del tiempo perdido.
3. Sin estructura prefabricada... no debe aspirar a la apoteosis final: En busca del tiempo perdido.
4. Historias fragmentadas, anotaciones e intervalos mentales (con la salvedad del discurso corto, que no cumple, y es casi la única grieta de mi argumentación): En busca del tiempo perdido.
5. El desarrollo no debe obedecer a un hilo argumental, no debe jugar con el hilo, enredarlo para al final ser otro y sorprender al lector: En busca del tiempo perdido.
6. "Su belleza reside en la forma, en la seducción estética y no en el uso instrumental y perruno del lenguaje": En busca del tiempo perdido.
7. La peripecia interior es el juego especial de la escritura y su máxima legitimación: En busca del tiempo perdido.
8. ¿Ficción? ¿para qué fingir? El autor debe plasmar la directa, precisa y temeraria escritura del yo: En busca del tiempo perdido.
9. La voz, en consecuencia, será la de la primera persona del singular: En busca del tiempo perdido.
10. Humor e ironía; sin ironía no hay contemporaneidad, sin ella no existe visión de la iridiscencia del mundo y su variable composición... ¿En busca del tiempo perdido? Tal vez esto sea otra grieta, pero ¿no hay ironía en la voz del joven que languidece amargamente cada vez que su madre se demora en el beso que antecede a su sueño?

COROLARIO
La literatura seguirá viva en tanto en cuanto existan escritores dispuestos a sufrir el silencio del rebaño. Tal vez la honestidad del escritor sea la medida de su grandeza.
Con independencia de que el resultado narrativo tenga o no éxito en el lumpen intelectual en que vivimos, toda obra transgresora que nazca de la libertad y de la sinceridad de su autor recibirá mi aplauso.
Si a esto añadimos que dicha obra dice nada, estructura nada, y erige altos muros de nada derribando todos los preceptos y decálogos que a ninguno nos dé por escribir nunca, no sólo recibirá esos laureles, sino que su autor –seguramente expatriado de su propia tierra, excomulgado de todas las religiones habidas y por haber, y tal vez miserablemente humillado por los poderes tácticos de la prensa, la televisión y otros medios des-informativos-, habrá construido el pedestal que con justicia merece.

CONFESIÓN
Ya veremos si dentro de algunos años, si la voluntad, y la constancia, y los azares lo permiten, sigo pensando igual o me desdigo de mis creencias, renuncio a mi Dios, a la poderosa literatura que cada día me subyuga, la de verdad, la que no se rige por imperativos mercenarios, y acabo por hacerme un mercachifle más, enredado entre las vaporosas brumas de la insolvencia intelectual... Esperemos que no. Mientras llega o no llega ese día, yo seguiré despachándome a gusto, desbaratando el orden, mediando entre la mentira y la falsa verdad.

14 de octubre de 2007

Castillos de naipes

Para levantar un castillo de naipes no basta manejarse bien con la baraja. Es indispensable elaborar una técnica precisa. Conviene no vacilar ni un solo instante. Andarse con mucho tiento. Un paso en falso acarrearía el desplome de toda la arquitectura, y eso es algo que nadie desea. Pretendemos evitar desmoronamientos.

Para comenzar es suficiente descartarse hasta obtener un par de palos completos, sin importar signos y colores: as, dos, tres, cuatro... J, Q y K, lo mismo da que sean de tréboles que de rombos, negras o rojas. Lo verdaderamente importante es el hacer menesteroso del arquitecto.

Se toman las cartas de dos en dos cuidando de asentar, sobre la superficie del tablero donde se levantará el monumento, aquellas con más puntuación en la baraja; emplear las cartas de mayor peso –sietes, ochos, nueves-, para ir formando la base, ese batallón de legionarios en cuyos hombros descansará la cúspide.

Los dedos índice y pulgar son necesarios para encararlas de manera que se apoyen una contra otra en el filo superior, el más estrecho. Con ello obtenemos el primer triángulo del andamiaje, la primera pieza del castillo. Repetir el proceso con otras dos cartas. Es más difícil de lo que parece. Nunca se sirva de pegamentos ni otras mezclas para reforzarlas. Es trampa vil emplear argamasas para unir los bordes; su uso desmerece la osadía del invento y la pena impuesta es la descalificación inmediata y cierta rechifla en consiguientes intentos. Cuando la maña nos permita montar dos triángulos de dos naipes cada uno, deberemos cubrir las cuatro cartas con una quinta que hará las veces de puente, de empalizada. Sobre ella se levantará el imperio de los naipes.

La altura total del castillo dependerá de su base; se ha demostrado que existe cierta regla de proporcionalidad entre la longitud lineal de la base y la distancia que separa la última pareja de naipes de la superficie del tablero. A mayor envergadura, mayor altura, y en esto no se equivoca nadie. Por tanto, es menester repetir el proceso con cinco cartas más, y con tantas otras como sea necesario hasta dotar a la fortaleza del suficiente sustento.

La segunda fila de cartas encima de la primera es una copia exacta de la base, pero en su construcción se exige una destreza mayor, más pulso y la contención propia de un cirujano. Es tarea ingrata el desmonte de la estructura por una torpeza mayúscula de los dedos, por un tropezar tontamente con las cartas que forman la pirámide. Si hemos conseguido la segunda fila, habrá sido a costa de situar cada triángulo sobre la trémula empalizada antes levantada. La segunda fila confiere a la estructura algo de acueducto, algo de vía acuática por donde circulan aguas invisibles.

Con comedida pasión sabremos que la cosa anda bien si todo permanece estable. Los anclajes bien sujetos, los naipes en su sitio. Todo guardando cierto orden artificioso y de una quietud sin par, que tiene más de robusta congregación de tréboles y picas que de hormigón y ladrillo. Nunca han existido edificaciones más bellas que los castillos de naipes, y eso lo saben hasta los mejores arquitectos de oriente y occidente.

No hay que dejar nada al azar. En el colocar las últimas filas de cartas se emplea una intención mesurada, movimientos milimétricos, artes de relojero y esto se ve cuando en la cúspide deslizamos los dos últimos naipes que pueden ser reyes, como ases, como dos treses gozosos que son el broche final de la hazaña que nos mueve. Este par de naipes malabares tienen algo de gloria y mucho de embeleso, pues significan el no va más del sino de los naipes; la razón por la que existen en el azaroso mundo de las cartas. Habremos terminado la proeza cuando, al observar el artificio, contemplemos en la magnífica arquitectura la razón de ser de todos los castillos.

Con la obra terminada uno se sabe vencedor de agitaciones y tembleques, portador de firmezas, de alguna manera conciliador del arte de las manos, del triunfo del hombre sobre la natural pereza de las cartas a mantenerse en pie, a ser algo personas. Y ese dominio del caos tiene sabor a grandísimo general, a endemoniado poder de militares. Por eso todo buen arquitecto de castillos de naipes sabe que al final, con la obra terminada frente a sus ojos, deberá arrancar del tablero que la sostiene, esa primera carta con la que comenzó su labor, y provocar con ello el desmoronamiento de la torre, mover el fiel de la balanza de nuevo en busca del desorden, no sea que las tropas de cartas, ahora sabedoras de su fuerza y templanza, se amotinen con vistas a conquistar el mundo con sus hordas de rojas y de negras, con la sangre y el plomo de los más bravos batallones. Esto es siempre así, y por eso, mal que nos pese, debemos acabar con los castillos de naipes.

7 de octubre de 2007

Dentro de su propio mundo

Los habéis visto: caminan solitarios por las calles; preguntan con timidez en los recitales poéticos; viven en las profundidades de su mundo, que parece ser un mundo donde la literatura prevalece sobre todo lo demás. Podría decirse que estos hombres son islas en las que habitan las historias, las pequeñas aventuras, los milagros. Estos hombres, cuando hablan, se van a romper en mil pedazos, son seres quebradizos, vacilantes, el traje les viene grande y las calles les son demasiado anchas porque para ellos todo lo que existe permanece allá adentro, en su abismo insondable. El tesoro que esconden lo revelan cuando todos duermen. Se levantan al anochecer, con el silencio, y despliegan ese mundo en el que viven al otro lado del mundo que nosotros habitamos. Porque vivir y habitar son cosa distinta y eso ellos lo saben muy bien.

Escriben mucho. En pequeños papeles. En cuadernos deshilachados. En hojas de cuarta que guardan en los bolsillos para ocasiones propicias, para apuntar esa frase que lleva un rato rondándoles, esa palabra escondida entre dos ideas vagas, entre dos conceptos que no sirven para nada. Ellos la recuperan, la redondean en su letra menuda, y la cobijan siempre entre las solapas de la chaqueta y el corazón, como un pequeño pajarillo extraviado. Lo mismo que repiten esa historia que leyeron -el poema, un haiku, cualquier cosa-, y lo arrastran en volandas por las calles, igual que si hablasen solos, como locos de atar que van atando palabras.

Pero todo lo que escriben se lo guardan para ellos, y las palabras que estos solitarios rondan, las historias que hablan caminando a solas por las calles, las repiten, infatigables, para no olvidarlas nunca.

29 de septiembre de 2007

Juegos de niños

Entre los juegos que jugábamos de niños estaba aquel de los huesecillos de plástico blanco que había que tomar con unas pinzas con mucho cuidado de que el paciente no se quejara, el pobre. El metal rozaba la panza del enfermo y una nariz roja centelleaba, brillante, como la alarma de un incendio o la sirena de una ambulancia. El tiento con las pinzas lo mascábamos en la punta de la lengua, con los ojos fruncidos y la risa a punto de volverse loca. Operar con tanto gozo y disfrute no lo llevan bien los cirujanos, que hoy precisan de anestesias y somníferos con que embozar al paciente entre las sábanas del sueño para que no se le ilumine la nariz respingona, o los ojos, con la luz encendida de la risa.

Entre los juegos, teníamos aquel otro de los hipopótamos tragones, que abrían una bocaza tremenda para zampar mil bolas con que llenar el buche azul del hambre, o el verde de las esperanzas o el amarillo de la comedia o el rosa de las flores. En el frenesí de la pitanza se colaba en la habitación de juegos una algarabía de choques que graznaban con su artillería ametrallando la hora de la siesta del abuelo. Y esto era cosa sagrada, ya se sabe, por lo que la abuela, adelantada a su despertar de perros, entraba de puntillas con las alpargatas en una mano y la bandeja de nocillas en la otra. Aquello se transformaba entonces en la merienda a media tarde, y en el descarrío de tres niños con los labios embadurnados de chocolates y con la risa floja de soliviantar al abuelo y desvelar a la abuela de su tricotar puntillas y chalecos de angorina.

Como juego silencioso y permitido a esa hora de la siesta, estaba el lametazo del Super8 sobre la pantalla de cartón blanco del Cinexin. Corrían unos tras otros el pato Donald, el Mickey y el Pluto de nuestra infancia, tropezando en muros de piedra o saltando setos recién cortados, pero a nosotros lo que más nos gustaba era verlos al ralentí, con la manivela de la máquina girando en un galimatías de imágenes imposibles, de carreras al contrarreloj de la vida, de espaldas a los senderos amarillentos del celuloide, y sentirlos al traspiés de la lógica, lanzando exabruptos en un vértigo de zancadas hacia atrás, mientras las piedras del camino volvían a su sitio y los pájaros desandaban en el aire sus vuelos acrobáticos y sus mudos aleteos. En la habitación a oscuras palpitaba el multicolor vaivén de la película, los 90 segundos de animada diversión y, a la singular vuelta atrás del tiempo le poníamos voces de ventrílocuo: a los diálogos insonoros, a las blasfemias inocentes por las caídas a tierra, a los estrépitos contra las tapias y a los manotazos de broma velados por el traqueteo de la cinta en su marcha al galope de la mecánica bobina.

Entre los juegos que jugábamos de niños, amén de los Argamboys, los Clicks y el Geyperman, y antes de que por el Telefunken corretearan la sorpresiva Heidi y el plañidero Marco, o las aventuras de Dartacan o Willy Fog, discurrió por nuestra infancia la primera muestra de lo que en el principio de nuestra madurez colectiva, ahora, en nuestra llegada a la treintena, justo cuando nuestro aterrizaje en la sociedad de consumo ha sonado a descalabro, ha venido a llamarse la hipoteca a 40 años, el revés democrático a la lucha de clases, la herencia de los hijos del 68. Jugamos al Monopoli sin saber que íbamos a seguir embargados en la casilla de la bancarrota durante todo el tiempo que nuestros dirigentes quieran. Nuestros dirigentes, no los gobernantes, sino los banqueros, los constructores, los arribistas y los mequetrefes del librecambio, los hermanos ricos de los que lucharon con las insignias por la paz luciendo cintas de flores en el pelo y enarbolando las banderas de la psicodelia. Esos.

Con el Monopoli aprendimos que la banca siempre gana, que el dinero corre a espuertas y a la velocidad de giro de las hormigoneras y que más vale un piso en Fuencarral que ciento volando. Había que ir con el tiento de no caer en casilla ocupada por edificaciones, a riesgo de ser vapuleado por los terribles alquileres del obligado hospedaje. Y así.

Y en esa hora siniestra en la que abandonamos los juegos de la infancia e ingresábamos en otros juegos de reglas enrevesadas a base de talonarios, pagarés y letras mensuales, uno se pregunta dónde han quedado las imágenes de sus Plutos al ralentí, el pobre destripado del quirófano y los simpáticos hipopótamos que no hacían sino matar el hambre a base de tragar bolas de plástico como anises o peladillas.

Ahora llaman memes a nuestro ADN cultural, un eufemismo para hablar de la economía de mercado que se engrasa en nuestras células a base de la mimesis y de los latigazos de los medios comerciales –anuncios, sí, anuncios-, en los que nada pinta la herencia biológica, el pelo ensortijado de una madre o la bravura enérgica de un padre. En otras gramáticas no hemos desperdiciado más tintas que en las del consumo. Ni siquiera los cuadernillos Rubio podían advertirnos de nuestro destino.

Alguien ha comprado hoy a nuestro Goofy (se dice contratado; ah, perdón). El perrito de las orejas gachas se ha enrolado en el transatlántico de una multinacional de renombre con mucho futuro, y le hace la corte a Minnie mientras Mickey todavía se pasea por los encerados de los teatrillos, luciendo cornamenta de apaleado al tiempo que gasta sus horas de asueto vendiendo hamburguesas dobles con patatas en la Plaza Roja de Moscú.

Hoy que el abuelo ha muerto y la abuela vive su alzheimer en un centro de día, quiero pensar que en el cine insonoro de nuestra memoria todavía parpadea un leve atisbo de luz de celuloide, que corre hacia atrás, aunque a destiempo, mientras nos zarandeamos sorteando los setos recién alzados en los parqués internacionales, y que todavía vale la pena tener presente que habitamos entre personajes que no merecen nuestros sueños, ni nuestros juegos de niños. Lo merecen, eso sí, el recuerdo de tiempos remotos, la lucha y la rebeldía, el eterno descontento con el establishment y algunas páginas de Verne. O de Poe.

20 de septiembre de 2007

El ingenio

El ingenio es una joven engalanada de collares que se pasea dueña de una coquetería insultante. El ingenio es mezquino y sirve para burlar inteligencias. La ironía es más sutil que el ingenio y cuando se citan en la terraza de un café la ironía siempre sale perdiendo algo, mientras que el ingenio se lleva los aplausos.

El ingenio es el alimento de los ingenuos, que no tienen empacho en laurear fuegos artificiales igual que admiran el divertimento de una comedia ligera.

El ingenio es artillería pesada, en cambio la ironía es la sutileza de ese veneno que mata tras largo tiempo, horas después de ingerirlo. La ironía nos invita a la transformación de la idea; el ingenio es la idea terminada, el artificio, por eso gusta a los hedonistas y a los insensatos, por su complacencia inmediata.

Tiene la ironía algo de humanismo filosófico, que es lo que perdió el ingenio la noche de su puesta de largo en los salones burgueses de provincias.

Hay que ser ingeniosos, dicen, pero no calibramos el alcance de las ocurrencias, el peligro de llevar el ingenio hasta las últimas consecuencias: puede morir uno de ingenio como hay quien muere de risa, y esa, aseguran, es la chispa de la vida.

La ironía es igual de letal que el ingenio pero, en la lenta muerte por ironía, parece que uno es más lúcido, más consecuente. Sus pasos comedidos nos permiten acercarnos mansamente hasta nuestro lecho y allí aguardar a la muerte. Ante la idea del final, la ironía nos permite exclamar con amargura: ¡si hubiera sabido que el final era esto, no me habría cogido en cama!

8 de agosto de 2007

El cuento de nunca acabar

Papeles sueltos. Un puñado de cuartillas mal cosidas, un cuaderno de caligrafía de hormiga, dos desvelos y un swing de Jelly Roll Morton, y todo dentro de esa magia parlante que en pocas líneas dibuja un mundo microscópico, el santo y seña de un club de solitarios, el amor trazado a vuelapluma en las orillas de un puerto de Yalta, una habitación en sombras y una luz en la ventana...

- ¿De qué hablamos hoy, Fedora? ¿Papeles sueltos, cuartillas? ¿Qué has desayunado si puede saberse?
- Amigo Goti, estamos hablando de una señora con perrito o de un caserón polvoriento al borde de un precipicio; de un viaje en el transiberiano observando el parpadeo de la estepa rusa sobre los cristales de un vagón para turistas…
- No comprendo ¿Chéjov? ¿James? ¿Tolstoi?
- Ya te vas enterando, Goti. Hablamos de cuentos.
- ¿Cuentos? ¿Quieres decir relatos? Historias para niños. Hansel y Gretel, es eso ¿no?
- Es mucho más, querido amigo. Te lo mostraré: toma el marco de un cuadro…

Fedora abre su zurrón de cuero y extrae un marco dorado con bordes churriguerescos. Se lo alcanza a Víctor Goti y prosigue:

- Prescinde del lienzo, Goti; pasa el puño de un lado a otro. Así, así, muy bien. Asegúrate de que el marco contiene sólo un pequeño hueco, la superficie invisible de un agujero, una nada rodeada de cuatro tablillas claveteadas.

Goti hunde el puño a través del marco y observa atentamente su mano al otro lado del hueco: se sorprende al descubrir una mano ancha, aumentada, con los nudillos como maromas de barco.

- Ahora, piensa que estás en la calle, en un bar, por ejemplo, en el fondo del mar, entre pececillos color de rosa… o donde a ti te parezca el mejor lugar para alzar el marco y disponerlo frente a los perfiles de una historia. ¿Lo ves? ¿Qué estas viendo, Goti?
- Es un violinista flotando en una piscina, ¡se está hundiendo Fedora! hace gluglú; espera, no, ahora veo un collar de perlas; una carta escondida; un caserón en llamas... ¿Qué es esto, Fedora? ¿Qué conjuro hechiza este marco?
- Ahí tienes un cuento, o dos, o tres, o leves trazos que ensayan un amor de provincias, o un absurdo miedo que congela la sangre, o la risa condensada en un pliego de hojas. Son cuentos.
- ¿Risa? ¿Amor? ¿¿Miedo?? - los ojos de Goti se afilan como los de un gato, horrorizado.
- No aprenderás nunca, Goti. ¿Es que no lo has averiguado aún? Un cuento es un iceberg que emerge del fondo del océano mostrando apenas un pedazo de hielo. Los cuentos tienen vida propia, hay quien ha llegado a escuchar los vacilantes latidos de su corazón de tinta; por sus venas corre una emoción de niños jugando; los susurros de dos enamorados abrazados en un parque.
- ¿Quieres decir que los cuentos tienen vida propia? No me hagas reír, ¿hablan acaso los cuentos?
- Ya lo creo, Goti. “Si me necesitas, llámame”, dicen los cuentos. Sólo tienes que pasear la vista por las montañas coronadas de nieve de los cuentos para saber que allí dentro, en el fondo oscuro de sus aguas, allá donde no llega la luz, se esconde un secreto que quiere ser desvelado.

Pero el secreto de los cuentos no emerge a la superficie, no se lee ni se puede ver con ayuda de catalejos de pirata. No hay ningún astrolabio que nos oriente en la ruta hacia su tesoro escondido. El secreto de un cuento es aire dentro de una burbuja: la llena, la redondea para que en sus lomos chisporroteen puntos de luz azulados, la eleva sobre el suelo tan alto que es un globo, un algodón mecido en olas de aire, un pájaro que vuela libre y sin fronteras. Y todo eso es un cuento.

- Ya veo, Fedora, ya veo. Tú siempre tan... ya sabes, tan...
- Un pequeño cuento no es el hermano pequeño de la novela, no lo olvides – prosigue Fedora, sin hacer mucho caso a las vacilaciones de Goti -. No lo es, hay que decirlo bien alto. Que todo el mundo lo sepa. Un cuento no necesita apoyarse en los torrentes narrativos de un escritor río, no precisa de pesados engranajes que lo sustenten ni muletas que lo alcen. Un cuento es una bala en la recámara de un revólver dispuesta a partir por la mitad dos corazones. Un disparo certero a los sentimientos, una poética de lo breve encadenada a un universo único. En ese cosmos de páginas menudas uno encuentra buenos amigos, los conoce durante un rato que pueden ser dos minutos o una vida y los lleva para siempre en la memoria. Como los viejos amigos. Es la literatura portátil, las palabras que no hace falta decir para sentirlas, la mirada honda de dos enamorados.

Cuando la historia termina con un punto y final o con un silencio y todavía perdura el calor de unos labios que se alejan de tus labios, el olor a lejanías que habitan dentro de uno, cuando abres esa caja de sueños que es un cuento, sabes que nunca, por más que el tiempo y la vida nos ponga zancadillas, podrás dejar de enredarte entre sus magias, abrir sus puertas de sombras, perderte en sus laberintos.

- Un cuento es todos los cuentos – asegura Fedora -. Leer un cuento es leerlos todos y es no leer ninguno; pero de eso, Goti, ya te hablaré otro día.

18 de mayo de 2007

De vueltas con el estilo

Escribe uno.
Sin pararse a pensar.
Saliendo así, las letras, de las manos solas.
Como una triste enfermedad que arrastra uno desde la infancia, dándole vueltas a las cosas y viéndolas todas empañadas de no sé qué velos de princesa, o de castillos encantados. Poco a poco se enreda el imberbe escritor con las cuartillas a lápiz y se confía en algo así como una Musa - a una edad que le pica la cara de juventudes -, pidiéndole nuevos sueños, ideas, tristezas o quebrantos del alma. Muy entregado a todas las emociones que va capturando al vuelo, o entre las líneas de tinta negra de un libro. Lo que sea.

Conforme el tiempo avanza, se le acumulan los libros en las estanterías, apilados en el suelo, debajo de la cama, todos en un enredo de autores que vienen y van, entran y salen, sobrevolando la habitación, arrastrándose por ella, atravesando siempre las puertas y ventanas de la literatura para llenarle a uno el alma de milagros. Todos geniales. Todo son grandes descubrimientos y sublimes lenguajes. Todos.

Es entonces cuando decide, después de muchísimas lecturas e inmerso en las entretelas de un tomo gigantesco de Borges, que este tipo argentino de mirada vidriosa, con cara de viejo bucanero retirado, tiene una prosa muy limpia, con muestras audaces en la somera adjetivación, apenas escocida de retruécanos, prosa matemática en temas, de históricas falsas... y le parece al jovencito - que de vez en cuando aparta un ojo de la lectura ¡sólo uno! para ponerlo en la dureza blanca de un par de piernas a la salida del instituto -, que así quiere escribir él, con matemática precisión argentina.

Más tarde - abandonados ya los tomos de Borges debajo de un montón de ropa amontonada -, se sumerge en otras lecturas que le decoran la escritura con florituras cortazianas, luego llegan algunos manierismos y retóricas gongorinas y poco a poco, va vistiéndose con los trajes que toma prestados de todos los demás. Su visita al barrio de los escritores le lleva de apartamento en apartamento, desde la pequeña buhardilla de Gómez de la Serna - llena de pequeños objetos muy kitsch y un maniquí obscenamente semidesnudo -, hasta los amplios salones de los diarios de Trapiello, por donde anda siempre uno sin tropezar con nada, admirando la belleza de sus muebles y la sobria pulcritud de su lirismo. Aunque de vez en cuando también le gusta dejarse caer por los extrarradios llenos de cortadoras de césped, de aspiradoras eléctricas, de amas de casa soñadoras, aquellos suburbios de Cheever o de Carver, esos relatos en donde un hombre ataviado únicamente con un bañador, va cruzando las piscinas de todos sus vecinos para volver nadando a casa, o donde una tarta de cumpleaños para un niño puede traer un fuerte olor a muerte entre las velas...

El joven escritor forja sus letras mudándose de un piso a otro, caminando a solas por las calles, pisoteando la luz amarillenta de las farolas y entrando, de cuando en cuando, en las habitaciones de los fantasmas que son sus escritores, adquiriendo así todos los hábitos que van conformando las huellas que resuenan en su andadura y las distintas hechuras de sus trajes... Lleva a cuestas todos esos pedazos de los otros que al final querrá ir olvidando, con cariño, asesinándolos para que apenas broten las amarguras de otros en los trazos de sus letras. Sólo quiere ser él. En un arranque de egotismo desmesurado, quiere ser nada más que él. Sin que nadie le oculte el rostro con sus brumas.

Entonces decide que tiene bien sujetos los asideros donde puede agarrarse; ya tiene una habitación propia, allí guarda escondido un enorme saco que ha ido llenando de expresiones durante todo este tiempo; todas aquellas que le parecían juegos muy suyos conseguidos después de exorcizar todo lo aprendido y conjurar nuevos retos. Cree haber creado, de nuevo, como si fuera la primera vez que ocurre, el lenguaje. Lo encuentra en las líricas profundas que remueven sus ecos, en el errático vaivén de sus palabras, por donde sus personajes vagan como pájaros sin nido donde apaciguar sus cansancios. Así, va empleándose y empleando la pura sinrazón de la palabra hasta que se encuentra en las manos el saco vacío. Introduce el brazo hasta el fondo áspero pero la tela no le devuelve más que oscuridad y desconcierto. Atrapado dentro de su propio yo, sabe - aunque tarda en resolver esa convicción -, que deberá emprender un nuevo camino. Ese por el que nadie, ni siquiera él mismo, ha caminado jamás. Tendrá que reinventarse. La vuelta a empezar. El retorno a la palabra virgen.


Fotografía © Brandt

5 de mayo de 2007

El secreto de los hombres sabios

Imposible centrar la mirada, encajar la vista y enfocarla sobre el hombre sentado. A los pocos segundos, imperceptiblemente, se me van escapando las pupilas y, embelesado, leo las filas de libros apretujados en las estanterías, justo detrás de ese hombre que posa sonriente. Es una fotografía de un prestigioso escritor, o del ganador de un celebrado premio literario, uno de esos que llenan escaparates y bolsillos... No lo sé cierto, porque mi atención se centra, no en el título de su libro, ni en él mismo, sino en los anaqueles que rebosan sabiduría, viejas historias, amores frustrados... Vida.

Me ocurre siempre, lo confieso. Persigo con paciencia cada estante, tratando de adivinar colecciones: Austral, con sus colorines imperecederos, Seix-Barral - la antigua -, con ese sepia ocre y mutilado, Anagrama – gris como cemento babeliano o amarillenta como un atardecer -, los blancos lomos de Alianza LB como la luz que hiere una ventana... Y persigo los títulos, los autores, toda la historia leída por ese hombre sentado plácidamente en medio de la fotografía. Su pasado. Sus fuentes. Todas las lecturas que ha ido acumulando, como un rosario de pensamientos y emociones que ha empleado para urdir la nueva tela de la literatura, esa que ha pasado por la mezcla y el sabor más variopinto, por su propia conciencia y sentimiento para ser, para convertirse en nuevos sueños. Ese trasfondo de la fotografía, pienso, es el pasado de un hombre; tal vez el pasado de todos los escritores. El inconsciente colectivo del que los creadores beben para transformarlo con su magia, con su sello, en una nueva concepción del mundo. En otros universos.

- ¿Acaso no haces lo mismo cuando estás en casa ajena? - me pregunta Fedora, interrumpiendo mis pensamientos.

Dejo el suplemento literario sobre la mesa y me veo, ciertamente, escudriñando en las estanterías de mis anfitriones aquellos libros que se relajan ahora en un sueño plácido, después de haber desvelado a sus propietarios, después de haberles pesado entre las manos.

- En esto llevas razón, Goti – por un extraño azar, Fedora hace malabarismos con dos gruesos tomos de la Enciclopedia Británica comentados por Borges -. Los libros son como las personas – continúa -, gozan la misma vida, a veces pesan, llevan la gordura de sus páginas y la dureza de sus lomos como espolones que vapulean la propia carne al leerlos en la cama. Pueden llegar a escocer.
- Bueno, no siempre ¿no te parece? Algunos son esmirriados, de hojas quebradizas y frágiles, ya sabes, esos que merecen ser leídos con la delicadeza de un cirujano, tomando las páginas como con pinzas. Y al pasarlas, crujen como una tostada. De tan finas.

Fedora deja caer los tomos al suelo con dos golpetazos que resuenan como dos pisotones de elefante y me pregunta:

- ¿No tienen todos esos libros la culpa de hacernos como somos? Piensa que cada uno de ellos es una semilla sembrada en el extenso campo de los sueños de los hombres y que de ahí surge, poco a poco, del hondo ser, una ramita verde que reluce al sol.

¿Qué será este tallo del que habla Fedora? ¿Qué brotes arrancarán de sus yemas?

- ¿Tú crees que los libros nos forjan las virtudes? - le pregunto -. ¿Que nuestra paciencia puede haber nacido de aprender, con Juan Ramón, a contemplar la belleza? ¿Que la luz derramada de una tarde, esa tranquilidad que le leemos al poeta, esa elegancia que imita la naturaleza, se introduce dentro de nosotros dejando un leve poso de melancolía?
- No lo dudes, Goti, no lo dudes. ¿O acaso la infamia de la historia que Borges pertrechó para nosotros no da un aire de desconfianza a nuestras vidas? Después de leer al viejo de los ojos vidriosos, andamos por el mundo con más sabiduría y escepticismo, tomando las cosas como son y como podrían ser o como podrían haber sido. Todo ello al mismo tiempo. Sin creer a ciegas ni una cosa ni otra...

Creo yo que Fedora tiene razón. Que uno crece, y muy alto, observando las estanterías de los demás. Tal vez en ellas resida esta forma de ver el mundo que tienen nuestros amigos y familiares por cuyas casas vagamos; quizá podamos saber mucho más leyéndoles el trasfondo de sus fotografías que de aquello que ellos mismos puedan contarnos.

¿Estará en el fondo, detrás de la piel y de la humana sonrisa, el secreto de los hombres sabios?

23 de abril de 2007

Si buscamos una ciudad sin nombre

...o una isla perdida en el océano, o un hotel en una calle que no existe, tal vez detrás de cada puerta cerrada, encontraremos la literatura.

Ese revuelo de cenizas esparcidas, el crujir del martillo sobre el yunque al rojo vivo, el oro anaranjado de Kentucky, o las sombras de una sentencia enfriando la soledad de un hombre, son sólo palabras. Nada más. ¿Qué daño pueden hacernos? ¿Acaso el calor de la noche puede agotarnos el olvido?

En esta búsqueda se desvelan los escritores, dotando con sus frágiles armas un nuevo sentido a la escritura. Agarrados a las tapas de un libro, los lectores nos estremecemos con sus encuentros, con la plenitud de la forja de la nueva belleza. Dentro de los lomos abiertos, entre las páginas de espumas de los sueños, encontraremos una nueva felicidad a la que sólo le falta un nombre, una etiqueta. Después de la batalla, el escritor levanta su bandera en un enclave único, singular, como una boya recogiendo su mensaje: el título. Y así nos lo envía, abierto a su lectura pero guardando muy dentro el tesoro de la magia.

Mucha letra se derrama en vano para delimitar los géneros, tratando de acumular puntos para las olimpiadas académicas de la clasificación. ¿Una novela es un puñado de páginas que contienen una historia? ¿Un relato trata de condensar la esencia de una vida o de un sólo pensamiento o de una tortura? ¿El teatro es un diálogo que amanece sobre las colinas del mundo con su vómito de espantos, de caricias salvajes, o de amores únicos? ¿Qué es una poesía? ¿Acaso no lo es todo? Pero ¿y los títulos? Esos emblemas que hacen aspavientos llamando nuestra atención desde las estanterías de las bibliotecas, en los expositores de las librerías, en las páginas manchadas de un suplemento literario ¿qué verdad ocultan? ¿en qué genero participan?

La realidad es que confieren una verdad única a su pregonero. Tal vez sean la condena de su obra o aventuren más historias de las que el libro alberga, o quizá no sea nada, sino un juego de palabras escondiendo un enigma.

Los hay claramente poéticos, Velocidad de los jardines (Eloy Tizón), y en ellos descubrimos un fugaz malabarismo mecánico, verdoso, lleno de bellas flores abriéndose al aire una tarde de primavera. O bélicos, encerrando un ensueño de amores esperanzados, Mañana en la batalla piensa en mí (Javier Marías). Algunos no dicen nada, pero lo sugieren todo, incluso el amor acabado, Tokyo ya no nos quiere (Ray Loriga). Los hay que miran hacia delante, al futuro, a un camino todavía por recorrer mientras cargamos sobre el hombro la búsqueda de la identidad, El año que viene en Tánger (Ramón Buenaventura).

Si eres un hombre y habitas esta tierra, no podrás escapar de su sentencia del tiempo y te estremecerás al escuchar en boca del poeta Las personas del verbo (Jaime Gil de Biedma), cuyo título anuncia una verdad, la humana, que viene siempre teñida de tantas otras cosas.

No sé qué tiene la nostalgia, la añoranza del pasado o de la infancia o aquellas calles anchas que se cruzan en nuestros recuerdos, pero son para algunos el punto de partida de un naufragio; La Habana para un infante difunto (Guillermo Cabrera Infante), guarda en su título cierta precariedad, un olor a muerte y un disparo directo al corazón de Cuba, a su Habana para siempre.

Y si buscáramos un extravío nocturno en una desconocida carretera italiana, tal vez soñaríamos con leer Si una noche de invierno un viajero (Italo Calvino). ¿No tiene este título una cadencia extensa, larga como la vida, que además promete aventuras y encierra entre sus palabras la certeza de la magia?

Este saber hacer con las palabras que nada dicen diciéndolo todo, sólo lo atesoran los más grandes. Me aventuro a asegurar que si recorremos la historia de la literatura, vemos que los encuentros más dichosos y poéticos - los frascos de cristal que encierran un secreto -, son más propios de los últimos cien años de escritura. Antes, con nuestros abuelos y aún con sus abuelos, los títulos nombraban a los héroes de la historia, Madame Bovary (Flaubert), el paisaje, Historia de dos ciudades (Dickens), la engañosa y retorcida calificación del mundo, Los Miserables (Hugo), o el recorrido fantasma de un hombre en las entretelas de sus recuerdos, En busca del tiempo perdido (Proust).

No pretende ser esto un estudio paratextual y académico de los títulos, pero debemos esperar de la escritura, de la de hoy, de la contemporánea o de la futura, nuevos aciertos, amables encuentros con las palabras, fundar así un nuevo Carnaby Street (Leopoldo Panero) al son de cierta Música para camaleones (Truman Capote) para no temer El aburrimiento, Lester (Hipólito G. Navarro).

Permitidme imponer como destino de nuestro viaje, el tranquilo y silente deslizarse sobre el vacío de la nada, tal vez el mismo y contundente Silencio del patinador (J. Manuel de Prada).

Fotografía © Brassai

10 de abril de 2007

Las palabras muertas

Noviembre de 1984. Es un otoño que ahora me invento detrás de unos cristales empañados por la lluvia, encogido en un jersey azul de cuello vuelto, pero iluminado de iconos atemporales: el cercano Naranjito, esos lagartos que merendaban ratas blancas y un camión enorme llamado Big Trak. Hoy, ilustrados por el conocimiento global, sabemos que aquel año perdimos a Cortázar, a Capote, y a Truffaut. Pero también es el año de Purple Rain y de Born in the USA, y Desmond Tutu fue Nobel de la Paz.

- Literatura, música, un canto a la igualdad... Pareces un carroza nostálgico - Fedora, se burla de mí detrás de una nariz de payaso.

Pero mi año era muy diferente. Alejado de ese mundo y, acercándome a tientas, abro por vez primera el baúl de las palabras. Desciendo despacio las escaleras de este reino y encuentro, como en una habitación de juguetes revueltos, enredadas en las verjas de los sueños, aquellas maravillosas historias que más tarde me disfrazaron de mosquetero, de espadachín enmascarado, de guardián del universo.

- Y vuelta a empezar; se te asoma a los ojos un brillo sentimentaloide. ¡ No te pongas cursi, Goti ! - me dice, atizando una dentellada a mis recuerdos.
- Las viejas historias de tesoros escondidos, sí. ¿Qué hay de malo en ello? - le contesto.

Las palabras vacías que yo redondeaba en un cuadernillo Rubio, se levantan del suelo como despertaría uno de una siesta de verano: al principio entumecido, sacudiéndose ese letargo que uno lleva colgado del cuello como un enorme yunque; pero pronto cogen la forma de una espada, de un barco zozobrando en alta mar, de un mundo donde todo es posible; acaso ese mundo que no habríamos querido abandonar jamás.

- ¿Palabras vacías? ¿Huecas como adornos navideños colgadas de un árbol invisible? - Fedora me pregunta sacando a relucir su lirismo invernal.
- Eso mismo - le respondo -. Si las cogieras con una mano y las agitaras, dentro no sonaría ni el vuelo de una mosca. Nada.
- Suerte, melancolía, belleza, ser, calor, espanto... ¿todo esto no te dice... nada?

Me clava sus ojos de espumas mientras yo tartamudeo:

- Ahora mismo, no. No me dicen nada. Así sueltas.... sin estar atadas a unas frases...

Las palabras se han amotinado, no quieren trabajar, permanecen dormidas en su modorra de letras. Es el escritor, ese creador que trabaja en las sombras de su mundo, el que les confiere la altura de gigantes comepiedras, de aventuras de amor y desamor,... tornea el escritor las palabras y les otorga la plasticidad de un pedazo de barro, una imagen viva que perdura después de la lectura de estas historias, durante horas, días, años...

Pero luego vuelven a morir, las palabras. Una vez repetidas por unos y por otros en la absurda rueda del tiempo y dejan de existir estas escenas cargadas de sentimientos, ironías o desazones causadas por las miserias del hombre. De qué sirve decir "una aguja en un pajar" o ...

Fedora, practicando malabarismos con tres botellas de leche y una tarrina de helado de limón, me insinúa:

- Voy a tener que darte la razón, Goti. Yo no veo el pajar. Me gustaría ver un enorme granero lleno de espigas amarillas recién cortadas, pero por más que lo intento... - dice esto cerrando los ojos muy fuerte y frunciendo mucho el cejo -, nada, no lo consigo.

Tras decir esto, Fedora se sienta en el filo de una cuerda de tender y, guardando el equilibrio, abre un libro que comienza a leer por el final...

- ¿Realmente te has enfrascado en la lectura de ese libro? - le digo, tratando de darle un ejemplo más de palabras muertas: "enfrascarse en la lectura"
- ¿Enfrascarme? Otra de esas frases ¿no? De tan usadas, han perdido su imagen... Pues no, no me he enfrascado... como si el libro fuera un bote de vidrio y yo dentro, dando volteretas colgando del trapecio de las "U"s o estirándome mucho en las barras paralelas de las "H"s.... No, nada. Vuelvo a darte la razón, Goti.

Es del narrador la suerte de lograr una nueva imagen acorde a nuestro tiempo, a nuestras sensibilidades, conservando la tradición, o siendo iconoclasta, como sea, renovándose, adelantándose en los peldaños que llevan al Arte, así, con mayúsculas, para que en los lectores se abra esa puerta que no se sabe muy bien si será de entrada o de salida, pero en cualquier caso arroja luz nueva sobre el mundo.

- Llevas pegada la nostalgia al alma, como mejillones a una roca - se divierte Fedora que ahora hace el pino puente con un disfraz de faquir.
- Algo así - contesto sonriendo a su destreza.

De nada nos sirven las palabras muertas. Hay que enterrarlas, o atarles una cadena bien gorda a los tobillos y enviarlas al fondo del mar.

Fotografía © Colin Yorke