15 de enero de 2009

Carson McCullers (1917-1967)


He recibido tu fotografía. Ríes. Los párpados apenas entreabiertos. Tu rostro límpido bullendo hacia mis ojos. Disimulas tu cuerpo enfermizo y frágil bajo una blusa radiante; el cuello abotonado como un lacre que pretende esconder horribles tempestades, naufragios, alcoholismo. Pero tú ríes. Una carcajada flota en Central Park para nosotros y esta risa tuya escapa de entre los dientes para llegar a herirnos como una bala de plata. Porque hay algo salvaje en tu risa: tiene algo de arma recién disparada, como también algo de aliento agónico, de preludio antes de la muerte, de enfermedad enquistada en el fondo de la risa.

Quisiste ser recordada así: riendo a carcajadas sobre una roca desnuda una tarde de primavera; feliz como nunca fuiste, alegre como un pájaro que trina sobre una rama sin saber por qué trina, ni falta que le hace. Tus ramas eran las historias que nos has dejado; tu árbol, la escritura. Y tú ríes con los brazos levantados al cielo azul de Manhattan, tu risa brotando como el agua, tus ojos mirando hacia dentro, hasta el fondo de la imaginación, laberinto intrincado donde el amor acechaba en cada recodo, en cada pasadizo, en cada vuelta a empezar el camino buscando una salida.

Rostro de niña enferma, frente despoblada, flequillo de institutriz, manos pequeñas de muñeca rota. No eras una mujer bella, pero creaste un mundo de pura belleza.

Por primera vez no miras a la cámara, no ensayas un rostro de escritora que más tarde decorará la solapa de tus libros; aquí eres tú misma, sólo tú y esa risa que galopa hasta nosotros, confundiéndonos, hiriéndonos. Tienes veinticuatro años, la mitad de tu vida, y ya has conocido el éxito. La crítica festeja con champán tu primera novela, un éxito de ventas. ¿De eso ríes? La mitad de tu vida a los veinticuatro años y comienza tu andadura hacia el ocaso, ¿podías sospecharlo? Después vendrán los otros días, el infierno de la página en blanco, la triste razón del escritor solitario, demasiadas tardes de alcohol, de cigarrillos y de lágrimas que no llegan a humedecer tu rostro porque te nacen dentro. Pero aquí, en esta fotografía, ríes. Una luz surge de alguna parte. Del cielo, de las ramas de los árboles, de los pájaros. Una luz inunda el fondo de tus ojos y los cierras con el gesto de tu risa para enjaular la belleza y guardártela dentro, para más tarde, para cuando llegue el instante de ponerte frente a la máquina y escribirnos otra historia, esta historia tuya de la risa, de las lágrimas y de la bala que mata en la mitad de una vida, disparada entonces, en Central Park una tarde de primavera, eras tan joven.

Y la risa, ahora que la risa es este instante de blusa almidonada, de suerte recién echada en la ruleta que gira a golpe del tambor de una máquina de escribir cuya cinta negra jamás deja de avanzar. Y después la muerte, eras tan joven. Tu risa, que martillea los folios y los convierte en poesía. Tu risa.

Carson, he recibido tu fotografía. Todavía ríes.

Fotografía © Louise Dahl-Wolfe, 1941

31 de diciembre de 2008

Humo, aire, nada

No es difícil venir a este rincón en el que apenas cabe una silla y una mesa y parece estar siempre delimitado por una línea de puntos dentro de la cual todo puede suceder, y sucede. No es tan difícil decir adiós a la luz de la tarde o al barrio lleno de vida o a la duermevela de sofá y manta para permanecer durante horas inmerso en la urdimbre que las palabras procuran a los sueños, la tela en que se acunan las historias, los personajes, los detalles. Pero, al contrario de lo que parece, tampoco es del todo placentera la tarea de andar descubriéndose el corazón para mostrarlo despojado de su coraza y verlo después reposar sobre la tela de araña que lo sustenta, tan desnudo, tan solitario, a veces tan dolorido. Porque escribir duele, y no hay peor dolor que el soportado en silencio, pues se escribe en silencio. La única voz que va aflorando con su suave música es la de los recuerdos o la imaginación, y por eso escribir es regresar al silencio de las palabras, al silencio marchito y fúnebre de los recuerdos.

El año languidece y es el momento de hacer balance de los días que hemos ido dejando atrás. Llega el final de un año y uno piensa que es necesario resumir en unas líneas qué ha sido de la vida –de la escritura- durante todos estos meses un poco arrítmicos que se han ido no se sabe cómo, entre lecturas y voces y noticiarios y tranvías y mañanas de tedio en la oficina y noches en que me resisto a ser uno más, uno cualquiera, y por eso me encierro en este cuarto en donde todo es posible si lo escribo.

Hago el balance siendo Víctor Goti y siendo también Fedora, escuchando a ambas voces por igual, con todos los sentidos alerta frente a la vulgar razón y a la osada imaginación. Goti y Fedora. Fedora y Goti.

Y por eso enumero aquí, una vez más en el centro de este círculo de tiza, algunos títulos de los relatos que Fedora me ha ido susurrando al oído y que yo –siendo el Goti razonador y crítico- he tratado siempre de componer con la paciencia del escriba. Ese Goti que he sido y sigo siendo se afanaba en trazar las geometrías de todos esos mundos soñados antes de estar escritos en una hoja de papel, de esos universos envueltos en brumas que ahora empiezan a ser, o tal vez ya sean, el primer borrador de un libro de relatos: “Sillas vacías”, “El sótano”, “Maga”, “Zzzz” o la “Sinfonía de Eugène Taggilo”, etc.

Trataré de acabar el año como me gusta acabar los cuentos: con un final abierto que precisa de la imaginación del lector para completarlo, para redondear el círculo y echar así el cierre a la historia que cabe en un puñado de folios. Por eso ahora, mientras escribo, abro el cuaderno en donde mes a mes voy haciendo capítulo de lecturas y me doy cuenta de las deudas. Percibo en esas voces muchos pálpitos que también resuenan en mi escritura: resonancias, la respiración de esos otros mundos que alumbran mi propio mundo. En justicia debo honrarlos aquí con debida y cronológica enumeración: Vladimir Nabokov, Eloy Tizón, John Cheever, Carlos Castán, Rilke, Simone de Beauvoir, Juan Benet, Lewis Carroll, Bulgàkov, Edgar Allan Poe, Andrés Neuman, Manuel Talens, Mohamed Chukri, Ramón Gómez de la Serna, Robert Walser, Italo Calvino, Natalia Ginzburg, Marc Granell, Julio Verne, Antón Chéjov, Thomas Mann, William Faulkner, José Moran, Kafka, Kawabata, Juan Ramón Jiménez, Roland Barthes, Carmen Martín Gaite, Cristina Peri Rossi, Guadalupe Royán, Fernando Pessoa, Julio Cortázar, Truman Capote... y muchos otros sin cuya escritura, ¿qué podría decirse de mi propia escritura? Quizá este final no sea tan abierto como el de un cuento, porque la respuesta a esta cuestión a lo mejor sí la sé: humo, aire, nada.

13 de diciembre de 2008

My blueberry nights - Wong Kar-wai

Como un pintor que extiende sobre el lienzo los colores de un crepúsculo, de un abismo, o del leve roce de labios entre un hombre y una mujer que se aman sin todavía saberlo, así dibuja Wong Kar-wai uno a uno los rincones de su filmografía. En cada plano de su última película se recoge ese mismo fulgor impagable de neones y automóviles y rostros abrumados y trenes que atraviesan fugaces las calles de una noche oscura, todos los óleos de una luminosa paleta de sentidos.

Las tres historias que se van desplegando sobre el tapiz de My blueberry nights (2007) narran desde el detalle, desde lo ínfimo, desde la sugerencia: un pedazo de tarta con helado de vainilla se devora igual que se arrasan dos cuerpos entre las sábanas invisibles de una cafetería neoyorquina; la noche que nos juramos beber por última vez en la vida esa copa de vodka que nos gana una batalla puede anticipar, sin más, nuestra última noche; y ¿qué significa realmente ganar una partida a las cartas si todo lo demás se pierde?

Estas historias que se enlazan una tras otra, consolidan los temas del director honkonés: el amor, sus raíces, sus bifurcaciones. Ese árbol que no deja de crecer. La pérdida siempre amarga del amor es pintada aquí con el azul espeso y hondo de los abismos; el fin de una amistad con el oro de luz de los desiertos, y el amor naciente con el rojo luminoso de los neones, con el dulce chocolate de un bizcocho preñado por la crema. Revive su tema, el amor, sacándolo de su bolsa plastificada, de estas absurdas comedias románticas norteamericanas, limpiándolo de polvo y caspa para garantizarnos que la pasión y el deseo todavía siguen siendo imperecederos, permanentes y por siempre revisables, otra vez abordables. Sin rubor, con poesía.

No hay brillo que se apague en My blueberry nights. Esta explosión del verde, del rojo, del amarillo, del azul, que a grandes trazos va pintando toda la película, se extiende también con la misma intensa deflagración a los pequeños detalles: llaves que abren o no abren puertas, ventanas siempre cerradas, cristales a través de los que vemos sin ver apenas, ópticas de la cámara distorsionadas justo cuando el horror se mezcla con la rutina. Un mundo de incomunicación y azar que conserva todos los matices de esa otra obra maestra -y al mismo tiempo imperfecta, veloz, claustrofóbica, bella- que es Chunking Express (1994).

Fiel a sí mismo, fiel a su cine, a sus historias, explorador del color, ha mantenido intacto el barroquismo formal que ya trazó con rigor en los fogonazos verdeazulados de los amantes de Happy Toghether (1997); en los sombríos ocres de In the mood for love (2000); y hasta en su pieza The hand, rodada para la película Eros (2004).

Todavía hay un hueco en el cine para aquellas miradas diferentes y virtuosas que arrojan su propia luz sobre el mundo, su paleta de colores.

Wong Kar-wai piensa sus películas a lápiz, con una endeble mina de grafito, apenas las perfila, pero cuando se arrellana en el sillón de director, cuando el equipo de técnicos enmudece y la claqueta chasquea para dar paso a la voz de los actores, se convierte en uno de esos maestros que, como Tiziano, Picasso, Stendhal, diseñaban un nuevo mundo a la medida del hombre. Un mundo de profundo color y rabiosa armonía.

11 de noviembre de 2008

Apuntes para una definición de la Argentina (o casi)

Aceptamos con protocolario entusiasmo esta tregua de veintitrés días que nos ofrece la oficina para enfilar rumbo al hemisferio sur, allá donde dicen que el mundo se acaba y el viento helado del Pacífico se enreda con el del Atlántico paseándose de este a oeste por el canal Beagle, ese paso entre océanos que antes de llamarse Beagle servía de patria a los yámanas, habitantes desnudos en este mismo frío que mucho después, ya con polar empeño, arrancaba las ganas de fugarse a los penados de la prisión de Ushuaia, conocida como la ciudad más austral de la República de Argentina.

Dice uno Argentina y de pronto brilla en la memoria un trozo de mapa que con inversión cónica se dibuja en el extremo más austral del subcontinente americano, como también nos asalta la imagen de su estepa patagónica, la vastísima amplitud de polvo y arbustos atravesada de norte a sur por la autopista RN-3, en la que de vez en cuando aparece, perfilada en el horizonte, la cabalgadura de un jinete que bien podría ser el legendario gauchito Gil.

El ocre del desierto y el azul turquesa de los témpanos desprendidos de los glaciares; el color de acero del lago Nahuel Huapi y el blanco imperturbable de la Tierra de Fuego, con toda su niebla de ceniza, sus cobres de otoño y su frío lunar. Pensar Argentina es llenar la paleta con todos los matices de color y surgir después un verde selvático que inunda el norte del país, allá donde limita en acuosa frontera con Brasil y Paraguay, en provincia de Misiones, la tierra colorada. Serán las cristalinas cataratas de Iguazú las que culminen un viaje bendecido por maravillas que solamente la naturaleza –geología, flora, fauna-, pueden ofrecer al hombre. A este hombre que de todo hace feria, botín y estraperlo pero que, esta vez, la naturaleza impide con honda sabiduría: pues ¿cómo esquilmar una catarata? ¿de qué forma puede uno explotar un glaciar? Gracias a la protección de los Parques Nacionales –concepto inventado precisamente aquí, en la Argentina- cada pedazo de tierra está considerado intocable, impermutable, y la única mano que el hombre pone sobre sus cimientos es la pasarela por donde camina el viajero para contemplar los saltos de agua o la carretera de ripio por donde circulan los autobuses de turistas.

Para saberse Argentina es necesario claudicar al tiempo y al espacio, dejarse llevar a lo largo de kilómetros de autopista a bordo de un ómnibus nocturno que te duerme en la costa Este –en Trelew, por ejemplo- y te amanece en San Carlos de Bariloche al borde de la cordillera de los Andes, con toda la noche a rastras en la que se van dejando atrás ciudades llamadas Esquel, o Bolsón, o Gaimán, tan cerca todas del río Chubut.

Pero pensar Argentina es también pensar en Buenos Aires, o lo que es lo mismo, abrazar por fin a un hermano a quien no conocíamos; del que habíamos oído hablar pero jamás nos presentaron. No hay mayor europeo que un porteño, como no hay mejor pizza que la que uno adivina en los escaparates de Palermo, mejor trazado en las calles que la geométrica delineación cuadriculada de toda la capital, ni parques más verdes que los de Recoleta y el Barrio Norte. En Buenos Aires queda uno contagiado por la inmensidad, sintiéndose diminuto, escaso, indefenso ante una ciudad gigante en la que el tráfico enloquece a cada instante para pavor del viajero, que se arrebuja en la butaca del colectivo como si en ello le fuera la vida.

No temamos al tópico de guía turística: asados de ternera, alfajores, dulce de leche, fútbol, tango, y también una debilidad inusitada por las librerías, las floristerías y los kioscos. A cada paso el viajero es asaltado por uno de estos hitos que le van marcando el rumbo de su deambular callejero, sin faltar los puestos de chocolatinas con el cartel de “No hay monedas” como aviso para navegantes. Y no había. Las monedas son un bien escaso en manos de mafias que las venden al 10% de su valor, pues son imprescindibles para pagar el autobús, comprar cigarrillos sueltos o la sencilla tarea de devolver el cambio... Mafias, políticos, y es que Argentina es además un complicado entramado político en el que siempre se habla del glorioso pasado -Perón, Evita-, del bochornoso Medem, así como ahora se alienta una izquierda que parece confundirse con la socialdemocracia de centro, protectora de burguesías y niveles medios, y tal vez demasiado poco cuidadosa con los más desfavorecidos: los Kirchner, bajo la brújula de los sindicalistas y de los medios de comunicación como Clarín, que consiguen –algunas veces- enderezar nefastos entuertos como la subida indiscriminada del coste en los productos agrícolas.

Y aquel que recorre este país deteniéndose a charlar con sus gentes sabe que Argentina es mucho más que la fachada de cincuenta metros de hielo del Perito Moreno, el agua vaporizada de los saltos Mbiguá y Goque en Iguazú, las toninas de Punta Tombo o la ballena Franca avistada en Puerto Pirámides, porque unas horas en Ushuaia con Viviana bastaron para comprender las razones del que emigra en busca de un resquicio al que acogerse para seguir adelante, como puede ser construir unas cabañas y llenarlas de turistas; o con Gustavo Holtzmann, de El Calafate, descendiente directo de polacos asentados en la Patagonia que se gana la vida cuidando caballos en una estancia; o aquella mañana tomando mate en el albergue de San Carlos de Bariloche con Jorge, que nos explicó la terrible manera en cómo perdió sus tres farmacias después del Corralito, en el 2001. Y Jimena, recién regresada de Norteamérica y pluriempleada en Buenos Aires para alcanzar a ganar poco más de 2000 pesos al mes (450 euros); e incluso la otra cara de la moneda, los de acá que emigraron allá en los sesenta: Eduardo y Victorina, dos inmigrantes españoles que se establecieron en la capital hace más de cuarenta años y construyeron su vida en una tierra demasiado lejos del país que los vio nacer.

Argentina: cúmulo de sinrazón y explosión de la naturaleza. Argentina: hermano de nuestro mismo idioma, capaz de contagiarnos el gusto por el mate y de hacernos sentir igual que si anduviéramos por nuestra propia casa. Porque irse a la Argentina, llegar a Buenos Aires y perderse por las galerías de antigüedades de San Telmo, tiene algo de visitar el Rastro un domingo por la mañana; pasear por la Avenida de Mayo entre la Casa Rosada y el Congreso, algo de las tardes por el Paseo de la Castellana, algo de las Grandes Vías de nuestras ciudades españolas con sus cafés con terraza y sus croissants recién horneados. Andar Argentina es seguir tantos rastros que son también nuestros rastros: Cortázar, Borges, el “Che” Guevara, Sábato; es escuchar todavía a Carlitos Gardel sonando con ligero crepitar en los vinilos de nuestros padres; es vivir otra vez la Historia si es que la Historia de la represión dictatorial y las fuerzas militares de Sudamérica no ha pasado aún por nuestras vidas, por nuestras lecturas. Es comprender un poco todo esto, y el por qué: por qué Cortázar nunca más quiso saber de su tierra si no fuera por el juego del recuerdo y la literatura, por lo que le quedó de aquel London Café donde escribió “Los premios”, o de su “Luna Park”, tantas veces nombrado en sus cuentos y tantas veces repetido en nuestro imaginario; o comprender también al “Che”, sus ganas de acabar con la miseria de las represiones militares sufragadas por Norteamérica que embargaban la libertad de Sudamérica.

La cerveza Quilmes de ¾; la poesía de Alejandra Pizarnik en los kioskos; las obras completas de Freud en cada esquina; el alfajor de maicena con dulce de leche y coco rallado; el último escándalo económico-político en la primera página del Clarín; la labia del porteño, y ese gesto azorado de sus manos y el fervor escondido en sus pupilas; y también la eternidad entendida como un sueño que se despliega de norte a sur, de la selva al hielo, a través de estancias de kilométrica tierra de nada, salvajemente vacía, si el vacío puede significar polvo, arena, arbustos y un jinete, un gaucho, como una sombra que asoma en lontananza en esto que llaman la Argentina.