11 de noviembre de 2008

Apuntes para una definición de la Argentina (o casi)

Aceptamos con protocolario entusiasmo esta tregua de veintitrés días que nos ofrece la oficina para enfilar rumbo al hemisferio sur, allá donde dicen que el mundo se acaba y el viento helado del Pacífico se enreda con el del Atlántico paseándose de este a oeste por el canal Beagle, ese paso entre océanos que antes de llamarse Beagle servía de patria a los yámanas, habitantes desnudos en este mismo frío que mucho después, ya con polar empeño, arrancaba las ganas de fugarse a los penados de la prisión de Ushuaia, conocida como la ciudad más austral de la República de Argentina.

Dice uno Argentina y de pronto brilla en la memoria un trozo de mapa que con inversión cónica se dibuja en el extremo más austral del subcontinente americano, como también nos asalta la imagen de su estepa patagónica, la vastísima amplitud de polvo y arbustos atravesada de norte a sur por la autopista RN-3, en la que de vez en cuando aparece, perfilada en el horizonte, la cabalgadura de un jinete que bien podría ser el legendario gauchito Gil.

El ocre del desierto y el azul turquesa de los témpanos desprendidos de los glaciares; el color de acero del lago Nahuel Huapi y el blanco imperturbable de la Tierra de Fuego, con toda su niebla de ceniza, sus cobres de otoño y su frío lunar. Pensar Argentina es llenar la paleta con todos los matices de color y surgir después un verde selvático que inunda el norte del país, allá donde limita en acuosa frontera con Brasil y Paraguay, en provincia de Misiones, la tierra colorada. Serán las cristalinas cataratas de Iguazú las que culminen un viaje bendecido por maravillas que solamente la naturaleza –geología, flora, fauna-, pueden ofrecer al hombre. A este hombre que de todo hace feria, botín y estraperlo pero que, esta vez, la naturaleza impide con honda sabiduría: pues ¿cómo esquilmar una catarata? ¿de qué forma puede uno explotar un glaciar? Gracias a la protección de los Parques Nacionales –concepto inventado precisamente aquí, en la Argentina- cada pedazo de tierra está considerado intocable, impermutable, y la única mano que el hombre pone sobre sus cimientos es la pasarela por donde camina el viajero para contemplar los saltos de agua o la carretera de ripio por donde circulan los autobuses de turistas.

Para saberse Argentina es necesario claudicar al tiempo y al espacio, dejarse llevar a lo largo de kilómetros de autopista a bordo de un ómnibus nocturno que te duerme en la costa Este –en Trelew, por ejemplo- y te amanece en San Carlos de Bariloche al borde de la cordillera de los Andes, con toda la noche a rastras en la que se van dejando atrás ciudades llamadas Esquel, o Bolsón, o Gaimán, tan cerca todas del río Chubut.

Pero pensar Argentina es también pensar en Buenos Aires, o lo que es lo mismo, abrazar por fin a un hermano a quien no conocíamos; del que habíamos oído hablar pero jamás nos presentaron. No hay mayor europeo que un porteño, como no hay mejor pizza que la que uno adivina en los escaparates de Palermo, mejor trazado en las calles que la geométrica delineación cuadriculada de toda la capital, ni parques más verdes que los de Recoleta y el Barrio Norte. En Buenos Aires queda uno contagiado por la inmensidad, sintiéndose diminuto, escaso, indefenso ante una ciudad gigante en la que el tráfico enloquece a cada instante para pavor del viajero, que se arrebuja en la butaca del colectivo como si en ello le fuera la vida.

No temamos al tópico de guía turística: asados de ternera, alfajores, dulce de leche, fútbol, tango, y también una debilidad inusitada por las librerías, las floristerías y los kioscos. A cada paso el viajero es asaltado por uno de estos hitos que le van marcando el rumbo de su deambular callejero, sin faltar los puestos de chocolatinas con el cartel de “No hay monedas” como aviso para navegantes. Y no había. Las monedas son un bien escaso en manos de mafias que las venden al 10% de su valor, pues son imprescindibles para pagar el autobús, comprar cigarrillos sueltos o la sencilla tarea de devolver el cambio... Mafias, políticos, y es que Argentina es además un complicado entramado político en el que siempre se habla del glorioso pasado -Perón, Evita-, del bochornoso Medem, así como ahora se alienta una izquierda que parece confundirse con la socialdemocracia de centro, protectora de burguesías y niveles medios, y tal vez demasiado poco cuidadosa con los más desfavorecidos: los Kirchner, bajo la brújula de los sindicalistas y de los medios de comunicación como Clarín, que consiguen –algunas veces- enderezar nefastos entuertos como la subida indiscriminada del coste en los productos agrícolas.

Y aquel que recorre este país deteniéndose a charlar con sus gentes sabe que Argentina es mucho más que la fachada de cincuenta metros de hielo del Perito Moreno, el agua vaporizada de los saltos Mbiguá y Goque en Iguazú, las toninas de Punta Tombo o la ballena Franca avistada en Puerto Pirámides, porque unas horas en Ushuaia con Viviana bastaron para comprender las razones del que emigra en busca de un resquicio al que acogerse para seguir adelante, como puede ser construir unas cabañas y llenarlas de turistas; o con Gustavo Holtzmann, de El Calafate, descendiente directo de polacos asentados en la Patagonia que se gana la vida cuidando caballos en una estancia; o aquella mañana tomando mate en el albergue de San Carlos de Bariloche con Jorge, que nos explicó la terrible manera en cómo perdió sus tres farmacias después del Corralito, en el 2001. Y Jimena, recién regresada de Norteamérica y pluriempleada en Buenos Aires para alcanzar a ganar poco más de 2000 pesos al mes (450 euros); e incluso la otra cara de la moneda, los de acá que emigraron allá en los sesenta: Eduardo y Victorina, dos inmigrantes españoles que se establecieron en la capital hace más de cuarenta años y construyeron su vida en una tierra demasiado lejos del país que los vio nacer.

Argentina: cúmulo de sinrazón y explosión de la naturaleza. Argentina: hermano de nuestro mismo idioma, capaz de contagiarnos el gusto por el mate y de hacernos sentir igual que si anduviéramos por nuestra propia casa. Porque irse a la Argentina, llegar a Buenos Aires y perderse por las galerías de antigüedades de San Telmo, tiene algo de visitar el Rastro un domingo por la mañana; pasear por la Avenida de Mayo entre la Casa Rosada y el Congreso, algo de las tardes por el Paseo de la Castellana, algo de las Grandes Vías de nuestras ciudades españolas con sus cafés con terraza y sus croissants recién horneados. Andar Argentina es seguir tantos rastros que son también nuestros rastros: Cortázar, Borges, el “Che” Guevara, Sábato; es escuchar todavía a Carlitos Gardel sonando con ligero crepitar en los vinilos de nuestros padres; es vivir otra vez la Historia si es que la Historia de la represión dictatorial y las fuerzas militares de Sudamérica no ha pasado aún por nuestras vidas, por nuestras lecturas. Es comprender un poco todo esto, y el por qué: por qué Cortázar nunca más quiso saber de su tierra si no fuera por el juego del recuerdo y la literatura, por lo que le quedó de aquel London Café donde escribió “Los premios”, o de su “Luna Park”, tantas veces nombrado en sus cuentos y tantas veces repetido en nuestro imaginario; o comprender también al “Che”, sus ganas de acabar con la miseria de las represiones militares sufragadas por Norteamérica que embargaban la libertad de Sudamérica.

La cerveza Quilmes de ¾; la poesía de Alejandra Pizarnik en los kioskos; las obras completas de Freud en cada esquina; el alfajor de maicena con dulce de leche y coco rallado; el último escándalo económico-político en la primera página del Clarín; la labia del porteño, y ese gesto azorado de sus manos y el fervor escondido en sus pupilas; y también la eternidad entendida como un sueño que se despliega de norte a sur, de la selva al hielo, a través de estancias de kilométrica tierra de nada, salvajemente vacía, si el vacío puede significar polvo, arena, arbustos y un jinete, un gaucho, como una sombra que asoma en lontananza en esto que llaman la Argentina.

16 de octubre de 2008

Mecánica grupal

Cuando se forma un grupo de individuos cada uno de ellos adquiere un rol determinado, una pauta de comportamiento que lo define inicialmente y por la que todos los demás miembros del grupo esperan que se rija. Si el individuo mantiene este primer comportamiento seguirá perteneciendo al grupo; en cambio, si lo abandona o lo trastoca puede dejar de aceptarse como miembro del mismo.

Si el individuo altera esta pauta, su ‘manera de ser’ dentro del grupo, será considerado ‘anormal’ frente a lo otro, que era considerado ‘normal’. (La normalidad/anormalidad de sus comportamientos no tiene por qué ajustarse a la noción de normalidad/anormalidad definida en un estrato superior y objetivo -sociedad, entorno, familia- al margen de este nuevo grupo.)

La desviación respecto a la pauta de comportamiento que el individuo tenía cuando formó parte del grupo puede ser intencionada o no serlo.

En el primer caso –si el individuo cambia su ‘carácter’ intencionadamente- éste escoge salirse del grupo y es seguro que no se sentirá excluido, pero sí superior por haber evolucionado dentro del sistema grupal. Es un ser nuevo, distinto, y probablemente dejará de encajar en el grupo en el que se formó.

Si el alejamiento no es del todo intencionado sino que, por ejemplo, se ve forzado por un componente externo –segundo caso: desviación no intencionada-, este individuo se sentirá excluido del grupo, tal vez hasta sea apartado violentamente por los demás, sintiendo por tanto una clara desubicación dentro del grupo que lo vio ‘nacer’, pues ha perdido su posición, ha abandonado la definición que hizo de sí mismo y ahora nadie le reconoce.

Solamente en el caso de una evolución completa de todos y cada uno de los miembros del grupo se dan las condiciones de re-adaptación de unos con otros, posibilitando entonces la entrada de nuevos miembros y la salida de otros que han dejado de ser significativos para el sentido del grupo. Esto sería la mecánica grupal dinámica.

Nuestras vidas transcurren siempre en entornos en los que estas mecánicas grupales consiguen encasillarnos: somos oficinistas, comerciantes, bondadosos, tercos, indolentes o soñadores, pero solamente oficinistas, comerciantes, ..., etc., y son, por lo tanto, estáticas.

La mecánica grupal estática (que no permite desviaciones en los individuos) es alienante. Es la más extendida porque sirve como medida de protección ante el cambio. Es conservadora y también dictatorial en tanto en cuanto establece normas de obligado cumplimiento para los miembros de cada grupo.

Por el contrario, la mecánica grupal dinámica admite variaciones en los miembros del grupo y, por tanto, cambios significativos del propio concepto de grupo sin menoscabo de su identidad (que a la postre será ‘variable’). Dentro de un entorno con este tipo de mecánica, las normas -aunque no dejan de existir- se crean y se destruyen. Cambian. Evolucionan. El individuo puede (auto)completarse y también completar a otros miembros de su grupo o de otros grupos ya que la dinámica permite movimientos migratorios entre grupos.

Es preferible una mecánica grupal dinámica a una estática, pero la triste realidad nos mueve en entornos estáticos (uno o varios, pero todos inamovibles).

Solo unos pocos han sido capaces de ir más allá, evolucionar, vivir: aventureros, idealistas, librepensadores, visionarios.

Por desgracia, en la esfera de lo cotidiano a estos individuos se les atribuye el apelativo de “locos”.

21 de septiembre de 2008

Miradas: Oriente y occidente

Leo estos días a Naguib Mahfuz, a Mohammed Chukri, a Tahar Ben Jelloun. Sus obras están cargadas de una vasta cultura musulmana que para el lector occidental resulta exótica, ligera, a ratos preñada de perfumes de zoco, repleta de artículos de bazar y con frecuencia gira alrededor de enérgicas charlas con una taza de té con hierbabuena en una mano y una pipa de kif en la otra. Existe en ellas un fondo de sexo siempre exento de pecado que se abre a nuestros ojos con la misma naturalidad con que nosotros ofrecemos la mejilla para recibir un casto beso de colegial. Resulta paradójico que la literatura árabe mediterránea -que nosotros podemos mirar directamente a los ojos con solo levantar la vista más allá del horizonte en el que mueren nuestras playas- se encuentre tan lejos de nuestra propia literatura.

He tomado como ejemplo tres autores del siglo XX que abordan problemas muy diferentes, pero jamás contradicen un mismo clima narrativo en el que se siente muy de cerca una tradición oral -perdida ya para nosotros-, una poética de lo breve, de la síntesis, del pequeño detalle y un estilo de historias fragmentadas que las nuevas corrientes literarias occidentales quieren de pronto hacer suyo (nuestro).

Siguiendo la estela de “Las mil y una noches”, estas obras participan de su mismo estilo de frase corta, de diálogos rápidos que no aspiran a las grandilocuencias occidentales sino al profundo conocimiento del alma humana; se mecen entre el sentido y el sentimiento. Interrogan la naturaleza del ser humano en un entorno –el suyo, el árabe- en el que la atmósfera y el pensamiento forman un complejo todo que nos enseña –una vez más- que la verdad nunca se oculta detrás de los pesados cortinajes decimonónicos a los que estamos acostumbrados. Estas literaturas no tratan de resolver graves cuestiones metafísicas, ni pretenden arrojar ninguna luz sobre opresores y oprimidos; estas narrativas de lo escaso jamás cabalgan sobre la grupa del costumbrismo, y no se detienen en falsas moralinas.

Mahfuz, Chukri y Jelloun dejan abierto un agujero en medio de la puerta para que podamos mirar a través de él las no tan lejanas tierras de Marruecos y Egipto, sin sermonearnos desde la tribuna que les concede la escritura. Y, sin embargo, después del merecido reposo que conviene otorgarles a sus libros, se da uno cuenta de que sí, de que en realidad uno termina sabiendo que detrás de los velos sedosos de sus bailarinas, detrás de todas esas noches de sexo en brazos de meretrices que parecen saberlo todo de la vida y que ocultan su injusticia y su locura tras el maquillaje del amor, detrás de los bazares y del té y del deseo y de las cárceles y de tardes de oración en la mezquita, existe una verdad más profunda que se confunde con todos estos elementos decorativos. Y su esencia es común a oriente y a occidente, es el signo que con las mil formas de la literatura retrata la única verdad que recorre el mundo: el ser humano sufriente, angustiado, libre, tenaz, humillado, altivo, vive en un mundo injusto, el mundo de los ricos y los pobres, en el que la belleza todavía es posible.

Por eso he pensado que la relación de oriente y occidente en realidad está separada tan solo por una puerta en cuya mitad existe una mirilla de cristal. Y esta mirilla es la misma, para unos y para otros, independientemente del lado desde el que se mire. El problema está en que esta lente distorsiona la imagen de los que tenemos frente a nosotros: creemos ver a través de ella un montón de gente apiñada, lejanísima, remotamente parecida a nosotros, pero que no comparte nuestra cultura y nuestros sentimientos; gente distorsionada por las lentes cóncavas y convexas de un mecanismo medio averiado. Los del lado de acá (digamos que occidente), nos alzamos de puntillas y solo tenemos ojos para contemplar el espectáculo de oriente desde la literatura, desde el cine, y nos gusta incluso contaminarnos de ese exotismo dulce tan diferente a nuestras carreteras de asfalto y nuestros teléfonos celulares; los del lado de allá (digamos que oriente), no ven más que una población intoxicada por el imperialismo, por el consumo, por una feligresía cuyos altares se encuentran en la banca y los parqués internacionales.

¿Somos eso: títeres? No lo creo. Espero que no. Y ellos ¿son solo clientes de teterías afanados en cargar sus pipas del mejor kif que pueden comprar? Tampoco. En cualquier caso, parece mentira que todavía no se nos haya ocurrido a nadie abrir esa puerta y romper de una vez todas las mirillas.

Fotografía: Angel Pradel

18 de agosto de 2008

Correspondencia Fedora - Goti (2)

Estimado Goti,

De su última carta deduzco que se encuentra apesadumbrado por los calores de estos días sofocantes, tal vez entristecido por la escasa producción creativa debida especialmente al bochorno y al asueto que exige este clima de rigores casi monzónicos. No se aflija. El verano nunca ha sido la mejor época para sentarse frente al papel en blanco; todo el mundo sabe que las puertas de la imaginación están cerradas, los personajes se han echado al hombro la toalla y no están para nadie. Hasta el lenguaje se toma sus días de descanso y, se habrá dado cuenta, cada vez que trate de convocar su presencia sólo podrá escuchar al otro lado de la línea una voz metalizada que nos sale con aquello del “deje su mensaje después de la señal”. Nadie quiere saber nada de nadie. Amigo Goti, también las musas están de vacaciones. Yo mismo he podido comprobar que una paradisíaca playa más allá del Atlántico las ha reunido a todas frente a mojitos y otros efluvios alcohólicos, y por mucho que usted insista no podrá sacarlas de sus bailes nocturnos alrededor de la hoguera de la pereza. Por nada del mundo conseguirá convencerlas de que usted necesita cuanto antes su presencia. No sufra. Déjelas, pues, gozar de sus danzas y confórmese con el placer de imaginarlas desnudas alrededor de las últimas, erógenas, y ardientes brasas del estío. Por otra parte, no trate de devanarse los sesos buscando entre sus apuntes todas esas notas que un día caligrafió con timidez para convertirlas en historias. Ni lo intente. Pero, ah, triste Goti, tampoco se deje vencer por el desaliento. Hay otras formas de pasar este caluroso verano.

Imagínese por un momento las montañas nevadas de Davos Platz, la dulce muerte del joven Joachim Ziemssen, junto su madre Luisa Ziemssen y su mejor amigo Hans Castorp. Una velada de lágrimas trágicas y demasiado saladas para olvidar su triste belleza. El fin de una era. El comienzo de la fatalidad. El declive. Casi el final de todos los finales. Después de todo este tiempo enfrascado en la lectura de “La montaña mágica”, también yo voy acercándome con sigilo a los últimos días de Hans, del señor Settembrini, de Leo Naphta, de los doctores Behrens y Krokovski, y por supuesto, de toda la fogosa intelectualidad de una Europa que ni usted ni yo hubiéramos llegado a conocer si no fuera por nuestras lecturas...

Amigo Goti, no sé si seré capaz de renunciar al tiempo detenido, a la serena contemplación del intelecto, al diálogo reposado con el que se encienden cada tarde Naphta y Settembrini. No ha sido nada fácil alcanzar esta cumbre, ascender lentamente las laderas de esta montaña, hundir los pies en la nieve crujiente de los valles de Suiza hasta conseguir escalar cada uno de sus picos. Pero una vez arriba, cuando se alcanza la cima y uno se da cuenta de lo que ha ido dejando atrás, este paisaje de personajes y espacios y opiniones y diálogos, este fresco de estancias en penumbra bajo la luz eléctrica de las lámparas del balneario, es imposible no sentir cierta pena junto con una honda alegría. La montaña mágica, querido Goti, no deje de adentrarse en este mundo irónico y pausado que es a la vez tratado del tiempo y revelación filosófica. ¿Se da cuenta, viejo amigo, de que el verano puede procurar recompensas que uno ni siquiera imagina?

Le diré algo más: adéntrese en la biografía del autor. Descubra cada uno de los pasos que recorrió Thomas Mann para llegar a ser Thomas Mann. Lea la “Correspondencia” con su amigo Hermann Hesse, profundice en su vida gracias a su más detallista biógrafo Hermann Kurzke. Cambie el registro de sus lecturas y zambúllase de una vez por todas en una época que le ayudará a comprender la Europa en que vivimos. ¿Ve como el verano todavía puede aportarle ciertos tesoros escondidos?

Triste Goti: no se complique. Volverán esos momentos de creatividad. Descanse. Lea. Relájese. Échese sobre el diván del tiempo y olvide toda esa actualidad machacona que cada sábado emerge en la prensa literaria con su vocerío intransigente y sus novedades de postín. Comprenda de una vez que el timón de la literatura está gobernado por unos pocos que nada puede hacer frente a la otra, la verdadera literatura: los clásicos. Esos que jamás defraudan. Ellos.

Amigo y queridísimo Goti: volveré a verle en otoño. Hasta entonces no permita que las gotas del desaliento le apenen. Sea feliz: lea. Hágame caso, es el mejor lenitivo para combatir la tristeza. Se lo garantizo.

Felices lecturas.
Se despide con un rabioso estornudo decimonónico,

Fedora.