31 de julio de 2007

Historia de amor

...después de la tercera cita, la cuarta, y la quinta y luego el clásico juego de en tu casa o en la mía y una desesperada forma de decir te quiero entre las sábanas deshechas, o a la luz de las velas de nueve semanas y media de entregas sin orden, a deshora, incontables entregas de un amor en ciernes, y el placer del cigarrillo a medias y de las canciones al oído, y el sabor de tus labios o el olor de tu piel como una medalla prendida en los ojales de mi memoria, y luego todo ese tormento de no verte, acodado en las rutinas de mis días de oficina, deambulando por una ciudad desierta en la que sólo existe un olor que es el de la memoria para siempre, tu olor, y el verdiazul de tus ojos encañonando mi vida, a dos manos, agitándola durante días de espera, contando las horas que separan el gris apagado y terrible de los lunes del viernes siguiente, como dos planetas distantes años luz, contando las horas como estrellas infinitas de un firmamento que sólo se cuaja los sábados por la noche y algunas madrugadas del domingo, y leer también el errático desorden de un periódico del que compartimos las páginas como quien se pasa poemas escritos a escondidas en un amor infantil, reinventando el romanticismo, el amor sólo para nosotros como un caso clínico y extraño que únicamente ocurre una vez en la vida, llenando las noches de primaveras exultantes, de floridas amenazas que saben a gloria, de celos nacidos en el parloteo con extraños, de reencuentros siempre dulces, del postrero derribo de los cuerpos, del canje de una piel por otra piel, de un suspiro por otro, de la extenuación obscena de la carne, adivinando siempre mis deseos, adelantándote a mi placer, del vivir compartiendo vida, apartamento, teléfono, facturas, amigos, obstinados ambos en aumentar la dicha de sabernos el uno para el otro, el otro del uno...

25 de julio de 2007

El lagarto de Andrea

Andrea trabaja de bibliotecaria y vive con un lagarto.
No es un lagarto cualquiera. Atendería al nombre de Rocco si no estuviera muerto. Es un lagarto lagarto, con sus escamas verdes y su cola partida por la mitad, pero permanece incorrupto con el paso de los años. Andrea me refiere la historia de Rocco tomándose su tiempo. Es una anciana seca como el esqueleto de un álamo; cuando habla las palabras parecen caramelos de limón que se van deshaciendo en su boca de bibliotecaria anciana.

- Lo encontré en el patio interior – dice -; lo vi en el suelo, detrás de las jardineras de geranios. Estaba tan quieto, el pobre.

Se pasa las palabras de un lado a otro de las mejillas. Estirándolas como chicle. Andrea sigue relatándome su historia:

- Debía llevar allí..., ni se sabe. Un montón de rato. Yo volvía del lavabo y salí a tomar el aire. En la biblioteca, el aire está enrarecido ¿sabe? De vez en cuando conviene respirar un poco de aire fresco. Entonces salgo al patio de luces.

Andrea mira hacia el patio y los ojos le retroceden al pasado. En su lento desandar el camino, se tropieza con viejas amistades y gentes a quienes quería y ya no puede querer si no es en sueños, porque entristece sus ojos con una lagrimilla. Luego se recompone y le pido que prosiga:

- Así que se encontró usted al lagarto en el patio...

- Si. Detrás de los geranios. El pobrecillo debió caer allí desde el tejado. O tal vez murió mientras escalaba la fachada de balcones de forja. No lo sé. Nadie podría asegurarlo. Lo cierto es que estaba tieso y relucía un verdín estupendo con el sol del otoño.

Pidió que se lo trajeran, el lagarto. Un joven estudiante de derecho que pasaba allí sus tardes memorizando gruesos tomos de leyes, lo cogió entre sus dedos con mucho cuidado de no romperlo en dos pedazos y se lo tendió a la bibliotecaria Andrea.

- Aquí tiene. Lleve usted cuidado, no se le vaya a romper en dos pedazos – le dijo el estudiante.

- Rocco. Le llamaré Rocco – dijo Andrea, y luego terminó de contarme su historia.

Andrea conserva todavía el lagarto. Lo guarda en su casa momificado. No ha perdido ni una sola escama, ni un ojo, y la cola todavía le vence en un semicírculo trenzado. Andrea lo exhibe sobre una caja de abanicos. Le regalaron esa antigua caja de cristal y caoba y ella guarda allí dentro sus abanicos. Plegados unos junto a los otros y alineados en columnas. Sobre el muestrario de abanicos, Rocco duerme su sueño eterno de lagarto incorrupto. Cuando llegan visitas inoportunas, Andrea les ofrece un té de jazmín y les enseña su colección de abanicos. Salen horrorizados

- ¿Cómo puedes tener eso ahí, Andrea? ¿Ese bicho asqueroso?

- No es un bicho – contesta Andrea -. Se llama Rocco y es un lagarto.

Cuando las visitas corren calle abajo, Andrea las observa desde el balcón de su casa. Tiene el lagarto en una mano mientras con la otra lo acaricia con mucho cuidado para que no se parta.

Hay veces que le dice Rocco, Rocco, Rocco, masticando su nombre como almendras garrapiñadas, aunque el lagarto todavía no ha contestado a la bibliotecaria Andrea.

Ilustración © Escher

11 de julio de 2007

Notas de un viaje asiático

Uno viaja hasta donde le lleva su bolsillo o su intrepidez. Cuando el bolsillo lo permite, es la audacia marcopoliana de cada uno la que impone fronteras al atlas. Mis fronteras – ahora lo sé -, están mucho más allá de las Antípodas. Sobrevolando en un enorme Boeing medio mundo, Turquía, Irán, Afganistán, India, Birmania, piensa uno que ya no se puede llegar más lejos. Pero se puede. Mi destino ha sido el intenso color verde de las planicies camboyanas, sus arrozales encharcados por el río Mekong, la escasa sombra de sus frutales, sus nativos regalando sonrisas a cualquiera que hable con ellos.

- How do you do?, dicen con una sonrisa encendida en sus ojos profundamente negros.
- Where do you come from?, preguntan los niños de las aldeas.
- I come from Spain.
- Umm, Spain, capital Madrid-Barcelona, contestan en un alarde de políglota genialidad asiática.

Camboya no son solo los templos de Angkor, ni las gangas del Central Market en Phnom Penh City, ni siquiera la botella de cerveza Tiger por un dolar. Camboya es una cicatriz a punto de cerrarse en el sudeste asiático, un pueblo joven al que masacraron cuando el comunismo significaba una trinchera, una elección donde no cabían las medias tintas. Desde 1975 hasta 1979, el genocida Pol Pot acabó con la inteligencia de Camboya: asesinó a profesores, médicos, monjes, políticos. A cualquiera que tuviera un mínimo de inteligencia y pudiera oponerse a él o a su régimen comunista. Si llevabas gafas, eras hombre muerto. Si llevabas gafas, estabas demasiado interesado en ver más allá de tus narices. Tenías los días contados.

Visitar Camboya es ver a los hombres y mujeres levantando un país de los escombros minados que dejó el sanguinario Pol Pot y su infraestructura de asesinos. Visitar Camboya, hablar con sus gentes, es ver que la llaga todavía escuece y no pueden describirte el horror sin que sus ojos se humedezcan de trémula impotencia.

Pho-Ly es una mujer con las manos como las raíces de un bonsai - de pequeñas, de nervudas-, nacida en Phnom Penh City y que ejerce de guía turístico a través del Mekong. Pho-Ly llora cuando me relata su historia. Tenía siete años cuando la sacaron a rastras de su casa en la capital, junto a sus padres, y les obligaron a trasladarse al campo. “Pol Pot quería una sociedad feudal llena de campesinos, así que nos desalojaron a todos.” Perdió a sus padres en el río de gentes que abandonaron la ciudad, entonces sintió que estaba sola. Sola entre la multitud. Sola entre aquellos que atendían su propia desgracia, la tragedia del destierro que imponía el régimen de los jemeres rojos. Nadie más que ella podía ayudarla. Entonces, por azar, reencontró a sus padres. Pho-Ly tuvo mucha suerte: sólo fue asesinado un miembro de su familia. Pho-Ly quiere que se sepa qué sucedió en esa tierra donde el verde estirado de los arrozales se mezcla del azul turbio de las arenas del Mekong.

A pesar de todo sonríen. Los niños saludan con las dos manos mostrando una hilera de dientes blanquísimos que parecen decir hello, hello, hello, mientras pasas junto a ellos en las barcas para turistas del lago Tonle Sap, o en autobús, por la National Road 5, de camino a la capital.

Pho-Ly, guía turístico, mujer, todo nervio bajo la piel, me unge con Siang Pure Oil cuando sufro una fiebre selvática de 24 horas. “This won't take your fever off, but you will feel better”, me dice. Me masajea las cervicales, las sienes y el pecho y me obliga a respirar hondo este aceite de menthol y peppermint. Siang Pure Oil es un frasco de 3 c.c. de aceite balsámico parecido al Tiger Balm. Un ungüento analgésico que me libra de los sudores de la fiebre y me hace pasar un día sosegado a pesar de la alta temperatura de mi cuerpo. Pho-Ly, me digo ahora, la sanadora. Aquella que cura a los demás a pesar de llevar dentro las heridas de un pueblo roto.

Cuando uno llega a la frontera de Camboya con Vietnam, a través del río, observa que el paisaje ha cambiado. Siguen los poblados flotantes como arrecifes en los márgenes del Mekong, pero algo los distingue de los camboyanos: las antenas de televisión. Entonces me doy cuenta de que en los viajes uno ve lo que tiene delante - toma fotografías, observa el paisaje, habla con las gentes-, pero no puede ver lo que no hay y ni siquiera somos capaces de echar en falta. Todo es tan exultante, tan exótico, que nos parece un paraíso pintado para nosotros. Nada de eso. La frontera con Vietnam no es una línea punteada en un mapa, no es un registro de aduanas, ni un visado en el pasaporte. La frontera marca una diferencia entre dos países que son la misma tierra y el mismo río.

En la frontera me doy cuenta; en Camboya no vi ni un solo banco (guardarán el dinero en un calcetín, aunque no usen calcetines, me digo; más bien no tienen dinero que guardar, viven al día, me corrijo más tarde); tampoco encontré anuncios publicitarios en las carreteras, ¿para qué?, ni tendidos eléctricos, ni telefónicos. No había canales de distribución de agua. No ví tiendas (sólo mercados de frutas, verduras, arroz, carnes, embriones de pato, grillos tostados, alimentos de primera necesidad). En Vietnam veo: metalurgias, fabricación de vinagres, venta de maquinaria agrícola y tractores (en Camboya había vacas huesudas tirando de arados), gasolineras (en Camboya había bidones de gasolina en las esquinas de las ciudades), farmacias, talleres mecánicos. Entonces pienso que Camboya es un niño de doce años que sonrie abiertamente a los extranjeros, que comienza a hablar inglés y presume de cortesía nativa, mientras Vietnam hace años que pasó la pubertad, la edad del pavo, se ha marchado de casa de sus padres y ya establece negocios por su cuenta (comunismo capitalista o capitalismo comunista, vaya usted a saber).

Camboya es la sonrisa permanente y amable de un pueblo que renace de sus miserias; de los políticos corruptos y asesinos, de la violencia y la sinrazón de los burócratas. Vietnam, su hermano mayor, envilecido por las mil putas occidentales que lo vapulearon (franceses, rusos, americanos, chinos), ha sabido reponerse y crecer sin perder esa sonrisa, pero esos labios que se obstinan en saludar a los turistas en Saigon, no dicen How do you do? Where are you from?, dicen - más bien -: Come here, buy it to me, it is cheap. Los negocios son los negocios y la misma sonrisa asiática puede ser pura o convenenciera.

Vaya usted a Camboya, busque allí a las Pho-Ly sanadoras, hable con los niños, gástese un dólar por un paquetito de postales que no vale más de 50 centavos y tenga los ojos bien abiertos; busque lo que no ve, lo que no tiene delante de sus narices, aquello que no puede fotografiar. A lo mejor entonces descubre dónde están las fronteras de su atlas.

13 de junio de 2007

Las zapatillas

Le arrancó de su sueño un pipipipí pipipipí pirripipí de maquinita absurda. Este pálpito eléctrico había sido antes muchas otras cosas: el silbato atascado de un vagón de mercancías; la cuenta atrás - cinco cuatro tres -, del despegue hacia la luna; las tardes en la playa con Elena.

Ahora, el pitido prolongado, ya era el apremio del tiempo.

Los dígitos enrojecidos, 8:48, pronosticaron la carrera a tientas hasta el cuarto de baño, el tropezón en las rodillas, cagoendiez, el golpetazo al interruptor y la herida de la luz en las pupilas.

Llegaba tarde.

A malas se metió en los tejanos, se arremangó la camisa hasta los codos y buscó las zapatillas debajo de la cama. Aquí no, esto es la sábana. Esto tampoco, una pelusa. Esta. Esta es la otra. Y salió corriendo a la oficina.

Llovía, claro está. El agua parecía llegarle a la cintura. Qué sinvivir, y yo sin paraguas. Las zapatillas, volando delante de su sombra, le arrastraron hasta la parada del 32, donde el autobús se escapaba burlándose de sus prisas.

- Así que esto es un lunes – se dijo oportunamente.

Mientras paseaba su impaciencia de un lado a otro de la marquesina, notó el primer desplante. Una señora se empeñó en clavarle la mirada de abajo arriba, de arriba abajo. Y vuelta a empezar.

- ¿Qué? - dijo él.
- Nada – replicó ella.
- Pues eso – contestó él.

Colgado ya de la barra, apretujado entre un viejo ojeroso y una joven de gafas de pasta sintió la punzada del amor. Advirtió conmovido que la muchacha del mp3 le observaba con descaro. Piensa en Elena, piensa en Elena, piensa en Elena. La chica sonreía. Le abrumaba la inocente belleza de uniforme. Lolita. Abrió los ojos espantado. Eso no. No. Elena, Elena, Ele... qué ojazos tiene. Aún estoy de buen ver. No. No. No puede ser. Piensa en Elena...
Tres paradas más tarde el uniforme plisado desapareció abandonando una carcajada que se acomodó a lo largo del autobús y se quedó allí, coleteando como una culebrilla.

- Así que esto es el amor – se dijo melancólico.

Y es que estas horas no estaban hechas para el romanticismo.
Dos calles más abajo, después de torcer una esquina y jugar a las olimpiadas con las correas de tres caniches – que a esas horas marcaban el territorio con poca convicción y mucho sueño -, llegó al vestíbulo de la correduría. Empapado, sí. Azorado, también. Y con cara de me he dormido, perdone, no ha sido a posta, no volverá a ocurrir, verá usted, es que he pasado una noche...

Al portero, que en ese preciso momento insinuaba un bostezo, se le torció el hueco de los labios transformándose en otra cosa. Tal vez en un horrible sobresalto. O puede que los ojos le dibujaran dos signos de exclamación. El caso es que trató de advertirle algo. Algo muy importante. Un secreto. Pero él no pudo escuchar el jeroglífico susurro porque ya se encontraba en el ascensor y en el uno, en el dos, en el tres y en el cuatro de su ascenso a la rutina.

Trató en vano de pasar inadvertido. De nada le sirvió deslizarse de puntillas, encajar la vista en el ficus de la esquina, o esconderse detrás del carrito de la correspondencia. Don Ramírez le esperaba ensayando sus malas pulgas en la puerta del despacho. Las 9:42 de un lunes dejan poco margen para la improvisación.

Que si no es la primera vez, que si usted no aprende ni aprenderá nunca, que si gente como usted sobra, esto es una oficina seria, oiga, que qué se ha creído, que si usted cree que está hecho de otra pasta, que si a usted le parece bien venir vestido así, con una camisa del revés, esos vaqueros raídos y una zapatilla de cada color, que esto es una oficina seria, oiga, esto ya lo ha dicho, no me replique, que sea la última vez que viene con esas pintas, que si no se mira usted al espejo antes de salir de casa, mire a sus compañeros y aprenda, es que yo he pasado una noche que, no me interrumpa que usted aquí no es nadie.

Le mostró el catálogo completo de quesis mientras él se hacía cada vez más pequeño dentro de la camisa a cuadros. Los cristales retumbaban y lloraban, no se sabe si por la lluvia o por la tristeza que les causaba la voz de don Ramírez. Cada vez más pequeñito, los tejanos cada vez más anchos y el griterío de Ramírez creciendo y columpiándose alegremente en los neones, en los archivadores AZ y hasta en el ficus de la esquina. Cada vez más pequeñito y las zapatillas cada vez más grandes. Tanto que en un momento le pareció que todo estaba oscuro y era él dentro de la zapatilla izquierda. Todo él, entero y vestido sólo con los calzoncillos que también menguaron en un intento inexplicable de paliar su vergüenza.

Don Ramírez bramaba, no se esconda, a mi no me venga con esas, vive Dios, está usted despedido, aquí ya no vuelva.

Él salió tan campante. Abandonó esa vida tan grande que era la oficina inundada de luz metido detrás de un sello de 30 céntimos.

Desde entonces aprendió a esconderse en los quicios de las puertas, en los ceniceros de los automóviles, en los bolsos de las viejas y entre los pliegues de los uniformes de las jovencitas. Pequeñito y feliz.