13 de junio de 2007

Las zapatillas

Le arrancó de su sueño un pipipipí pipipipí pirripipí de maquinita absurda. Este pálpito eléctrico había sido antes muchas otras cosas: el silbato atascado de un vagón de mercancías; la cuenta atrás - cinco cuatro tres -, del despegue hacia la luna; las tardes en la playa con Elena.

Ahora, el pitido prolongado, ya era el apremio del tiempo.

Los dígitos enrojecidos, 8:48, pronosticaron la carrera a tientas hasta el cuarto de baño, el tropezón en las rodillas, cagoendiez, el golpetazo al interruptor y la herida de la luz en las pupilas.

Llegaba tarde.

A malas se metió en los tejanos, se arremangó la camisa hasta los codos y buscó las zapatillas debajo de la cama. Aquí no, esto es la sábana. Esto tampoco, una pelusa. Esta. Esta es la otra. Y salió corriendo a la oficina.

Llovía, claro está. El agua parecía llegarle a la cintura. Qué sinvivir, y yo sin paraguas. Las zapatillas, volando delante de su sombra, le arrastraron hasta la parada del 32, donde el autobús se escapaba burlándose de sus prisas.

- Así que esto es un lunes – se dijo oportunamente.

Mientras paseaba su impaciencia de un lado a otro de la marquesina, notó el primer desplante. Una señora se empeñó en clavarle la mirada de abajo arriba, de arriba abajo. Y vuelta a empezar.

- ¿Qué? - dijo él.
- Nada – replicó ella.
- Pues eso – contestó él.

Colgado ya de la barra, apretujado entre un viejo ojeroso y una joven de gafas de pasta sintió la punzada del amor. Advirtió conmovido que la muchacha del mp3 le observaba con descaro. Piensa en Elena, piensa en Elena, piensa en Elena. La chica sonreía. Le abrumaba la inocente belleza de uniforme. Lolita. Abrió los ojos espantado. Eso no. No. Elena, Elena, Ele... qué ojazos tiene. Aún estoy de buen ver. No. No. No puede ser. Piensa en Elena...
Tres paradas más tarde el uniforme plisado desapareció abandonando una carcajada que se acomodó a lo largo del autobús y se quedó allí, coleteando como una culebrilla.

- Así que esto es el amor – se dijo melancólico.

Y es que estas horas no estaban hechas para el romanticismo.
Dos calles más abajo, después de torcer una esquina y jugar a las olimpiadas con las correas de tres caniches – que a esas horas marcaban el territorio con poca convicción y mucho sueño -, llegó al vestíbulo de la correduría. Empapado, sí. Azorado, también. Y con cara de me he dormido, perdone, no ha sido a posta, no volverá a ocurrir, verá usted, es que he pasado una noche...

Al portero, que en ese preciso momento insinuaba un bostezo, se le torció el hueco de los labios transformándose en otra cosa. Tal vez en un horrible sobresalto. O puede que los ojos le dibujaran dos signos de exclamación. El caso es que trató de advertirle algo. Algo muy importante. Un secreto. Pero él no pudo escuchar el jeroglífico susurro porque ya se encontraba en el ascensor y en el uno, en el dos, en el tres y en el cuatro de su ascenso a la rutina.

Trató en vano de pasar inadvertido. De nada le sirvió deslizarse de puntillas, encajar la vista en el ficus de la esquina, o esconderse detrás del carrito de la correspondencia. Don Ramírez le esperaba ensayando sus malas pulgas en la puerta del despacho. Las 9:42 de un lunes dejan poco margen para la improvisación.

Que si no es la primera vez, que si usted no aprende ni aprenderá nunca, que si gente como usted sobra, esto es una oficina seria, oiga, que qué se ha creído, que si usted cree que está hecho de otra pasta, que si a usted le parece bien venir vestido así, con una camisa del revés, esos vaqueros raídos y una zapatilla de cada color, que esto es una oficina seria, oiga, esto ya lo ha dicho, no me replique, que sea la última vez que viene con esas pintas, que si no se mira usted al espejo antes de salir de casa, mire a sus compañeros y aprenda, es que yo he pasado una noche que, no me interrumpa que usted aquí no es nadie.

Le mostró el catálogo completo de quesis mientras él se hacía cada vez más pequeño dentro de la camisa a cuadros. Los cristales retumbaban y lloraban, no se sabe si por la lluvia o por la tristeza que les causaba la voz de don Ramírez. Cada vez más pequeñito, los tejanos cada vez más anchos y el griterío de Ramírez creciendo y columpiándose alegremente en los neones, en los archivadores AZ y hasta en el ficus de la esquina. Cada vez más pequeñito y las zapatillas cada vez más grandes. Tanto que en un momento le pareció que todo estaba oscuro y era él dentro de la zapatilla izquierda. Todo él, entero y vestido sólo con los calzoncillos que también menguaron en un intento inexplicable de paliar su vergüenza.

Don Ramírez bramaba, no se esconda, a mi no me venga con esas, vive Dios, está usted despedido, aquí ya no vuelva.

Él salió tan campante. Abandonó esa vida tan grande que era la oficina inundada de luz metido detrás de un sello de 30 céntimos.

Desde entonces aprendió a esconderse en los quicios de las puertas, en los ceniceros de los automóviles, en los bolsos de las viejas y entre los pliegues de los uniformes de las jovencitas. Pequeñito y feliz.

18 de mayo de 2007

De vueltas con el estilo

Escribe uno.
Sin pararse a pensar.
Saliendo así, las letras, de las manos solas.
Como una triste enfermedad que arrastra uno desde la infancia, dándole vueltas a las cosas y viéndolas todas empañadas de no sé qué velos de princesa, o de castillos encantados. Poco a poco se enreda el imberbe escritor con las cuartillas a lápiz y se confía en algo así como una Musa - a una edad que le pica la cara de juventudes -, pidiéndole nuevos sueños, ideas, tristezas o quebrantos del alma. Muy entregado a todas las emociones que va capturando al vuelo, o entre las líneas de tinta negra de un libro. Lo que sea.

Conforme el tiempo avanza, se le acumulan los libros en las estanterías, apilados en el suelo, debajo de la cama, todos en un enredo de autores que vienen y van, entran y salen, sobrevolando la habitación, arrastrándose por ella, atravesando siempre las puertas y ventanas de la literatura para llenarle a uno el alma de milagros. Todos geniales. Todo son grandes descubrimientos y sublimes lenguajes. Todos.

Es entonces cuando decide, después de muchísimas lecturas e inmerso en las entretelas de un tomo gigantesco de Borges, que este tipo argentino de mirada vidriosa, con cara de viejo bucanero retirado, tiene una prosa muy limpia, con muestras audaces en la somera adjetivación, apenas escocida de retruécanos, prosa matemática en temas, de históricas falsas... y le parece al jovencito - que de vez en cuando aparta un ojo de la lectura ¡sólo uno! para ponerlo en la dureza blanca de un par de piernas a la salida del instituto -, que así quiere escribir él, con matemática precisión argentina.

Más tarde - abandonados ya los tomos de Borges debajo de un montón de ropa amontonada -, se sumerge en otras lecturas que le decoran la escritura con florituras cortazianas, luego llegan algunos manierismos y retóricas gongorinas y poco a poco, va vistiéndose con los trajes que toma prestados de todos los demás. Su visita al barrio de los escritores le lleva de apartamento en apartamento, desde la pequeña buhardilla de Gómez de la Serna - llena de pequeños objetos muy kitsch y un maniquí obscenamente semidesnudo -, hasta los amplios salones de los diarios de Trapiello, por donde anda siempre uno sin tropezar con nada, admirando la belleza de sus muebles y la sobria pulcritud de su lirismo. Aunque de vez en cuando también le gusta dejarse caer por los extrarradios llenos de cortadoras de césped, de aspiradoras eléctricas, de amas de casa soñadoras, aquellos suburbios de Cheever o de Carver, esos relatos en donde un hombre ataviado únicamente con un bañador, va cruzando las piscinas de todos sus vecinos para volver nadando a casa, o donde una tarta de cumpleaños para un niño puede traer un fuerte olor a muerte entre las velas...

El joven escritor forja sus letras mudándose de un piso a otro, caminando a solas por las calles, pisoteando la luz amarillenta de las farolas y entrando, de cuando en cuando, en las habitaciones de los fantasmas que son sus escritores, adquiriendo así todos los hábitos que van conformando las huellas que resuenan en su andadura y las distintas hechuras de sus trajes... Lleva a cuestas todos esos pedazos de los otros que al final querrá ir olvidando, con cariño, asesinándolos para que apenas broten las amarguras de otros en los trazos de sus letras. Sólo quiere ser él. En un arranque de egotismo desmesurado, quiere ser nada más que él. Sin que nadie le oculte el rostro con sus brumas.

Entonces decide que tiene bien sujetos los asideros donde puede agarrarse; ya tiene una habitación propia, allí guarda escondido un enorme saco que ha ido llenando de expresiones durante todo este tiempo; todas aquellas que le parecían juegos muy suyos conseguidos después de exorcizar todo lo aprendido y conjurar nuevos retos. Cree haber creado, de nuevo, como si fuera la primera vez que ocurre, el lenguaje. Lo encuentra en las líricas profundas que remueven sus ecos, en el errático vaivén de sus palabras, por donde sus personajes vagan como pájaros sin nido donde apaciguar sus cansancios. Así, va empleándose y empleando la pura sinrazón de la palabra hasta que se encuentra en las manos el saco vacío. Introduce el brazo hasta el fondo áspero pero la tela no le devuelve más que oscuridad y desconcierto. Atrapado dentro de su propio yo, sabe - aunque tarda en resolver esa convicción -, que deberá emprender un nuevo camino. Ese por el que nadie, ni siquiera él mismo, ha caminado jamás. Tendrá que reinventarse. La vuelta a empezar. El retorno a la palabra virgen.


Fotografía © Brandt

5 de mayo de 2007

El secreto de los hombres sabios

Imposible centrar la mirada, encajar la vista y enfocarla sobre el hombre sentado. A los pocos segundos, imperceptiblemente, se me van escapando las pupilas y, embelesado, leo las filas de libros apretujados en las estanterías, justo detrás de ese hombre que posa sonriente. Es una fotografía de un prestigioso escritor, o del ganador de un celebrado premio literario, uno de esos que llenan escaparates y bolsillos... No lo sé cierto, porque mi atención se centra, no en el título de su libro, ni en él mismo, sino en los anaqueles que rebosan sabiduría, viejas historias, amores frustrados... Vida.

Me ocurre siempre, lo confieso. Persigo con paciencia cada estante, tratando de adivinar colecciones: Austral, con sus colorines imperecederos, Seix-Barral - la antigua -, con ese sepia ocre y mutilado, Anagrama – gris como cemento babeliano o amarillenta como un atardecer -, los blancos lomos de Alianza LB como la luz que hiere una ventana... Y persigo los títulos, los autores, toda la historia leída por ese hombre sentado plácidamente en medio de la fotografía. Su pasado. Sus fuentes. Todas las lecturas que ha ido acumulando, como un rosario de pensamientos y emociones que ha empleado para urdir la nueva tela de la literatura, esa que ha pasado por la mezcla y el sabor más variopinto, por su propia conciencia y sentimiento para ser, para convertirse en nuevos sueños. Ese trasfondo de la fotografía, pienso, es el pasado de un hombre; tal vez el pasado de todos los escritores. El inconsciente colectivo del que los creadores beben para transformarlo con su magia, con su sello, en una nueva concepción del mundo. En otros universos.

- ¿Acaso no haces lo mismo cuando estás en casa ajena? - me pregunta Fedora, interrumpiendo mis pensamientos.

Dejo el suplemento literario sobre la mesa y me veo, ciertamente, escudriñando en las estanterías de mis anfitriones aquellos libros que se relajan ahora en un sueño plácido, después de haber desvelado a sus propietarios, después de haberles pesado entre las manos.

- En esto llevas razón, Goti – por un extraño azar, Fedora hace malabarismos con dos gruesos tomos de la Enciclopedia Británica comentados por Borges -. Los libros son como las personas – continúa -, gozan la misma vida, a veces pesan, llevan la gordura de sus páginas y la dureza de sus lomos como espolones que vapulean la propia carne al leerlos en la cama. Pueden llegar a escocer.
- Bueno, no siempre ¿no te parece? Algunos son esmirriados, de hojas quebradizas y frágiles, ya sabes, esos que merecen ser leídos con la delicadeza de un cirujano, tomando las páginas como con pinzas. Y al pasarlas, crujen como una tostada. De tan finas.

Fedora deja caer los tomos al suelo con dos golpetazos que resuenan como dos pisotones de elefante y me pregunta:

- ¿No tienen todos esos libros la culpa de hacernos como somos? Piensa que cada uno de ellos es una semilla sembrada en el extenso campo de los sueños de los hombres y que de ahí surge, poco a poco, del hondo ser, una ramita verde que reluce al sol.

¿Qué será este tallo del que habla Fedora? ¿Qué brotes arrancarán de sus yemas?

- ¿Tú crees que los libros nos forjan las virtudes? - le pregunto -. ¿Que nuestra paciencia puede haber nacido de aprender, con Juan Ramón, a contemplar la belleza? ¿Que la luz derramada de una tarde, esa tranquilidad que le leemos al poeta, esa elegancia que imita la naturaleza, se introduce dentro de nosotros dejando un leve poso de melancolía?
- No lo dudes, Goti, no lo dudes. ¿O acaso la infamia de la historia que Borges pertrechó para nosotros no da un aire de desconfianza a nuestras vidas? Después de leer al viejo de los ojos vidriosos, andamos por el mundo con más sabiduría y escepticismo, tomando las cosas como son y como podrían ser o como podrían haber sido. Todo ello al mismo tiempo. Sin creer a ciegas ni una cosa ni otra...

Creo yo que Fedora tiene razón. Que uno crece, y muy alto, observando las estanterías de los demás. Tal vez en ellas resida esta forma de ver el mundo que tienen nuestros amigos y familiares por cuyas casas vagamos; quizá podamos saber mucho más leyéndoles el trasfondo de sus fotografías que de aquello que ellos mismos puedan contarnos.

¿Estará en el fondo, detrás de la piel y de la humana sonrisa, el secreto de los hombres sabios?

23 de abril de 2007

Si buscamos una ciudad sin nombre

...o una isla perdida en el océano, o un hotel en una calle que no existe, tal vez detrás de cada puerta cerrada, encontraremos la literatura.

Ese revuelo de cenizas esparcidas, el crujir del martillo sobre el yunque al rojo vivo, el oro anaranjado de Kentucky, o las sombras de una sentencia enfriando la soledad de un hombre, son sólo palabras. Nada más. ¿Qué daño pueden hacernos? ¿Acaso el calor de la noche puede agotarnos el olvido?

En esta búsqueda se desvelan los escritores, dotando con sus frágiles armas un nuevo sentido a la escritura. Agarrados a las tapas de un libro, los lectores nos estremecemos con sus encuentros, con la plenitud de la forja de la nueva belleza. Dentro de los lomos abiertos, entre las páginas de espumas de los sueños, encontraremos una nueva felicidad a la que sólo le falta un nombre, una etiqueta. Después de la batalla, el escritor levanta su bandera en un enclave único, singular, como una boya recogiendo su mensaje: el título. Y así nos lo envía, abierto a su lectura pero guardando muy dentro el tesoro de la magia.

Mucha letra se derrama en vano para delimitar los géneros, tratando de acumular puntos para las olimpiadas académicas de la clasificación. ¿Una novela es un puñado de páginas que contienen una historia? ¿Un relato trata de condensar la esencia de una vida o de un sólo pensamiento o de una tortura? ¿El teatro es un diálogo que amanece sobre las colinas del mundo con su vómito de espantos, de caricias salvajes, o de amores únicos? ¿Qué es una poesía? ¿Acaso no lo es todo? Pero ¿y los títulos? Esos emblemas que hacen aspavientos llamando nuestra atención desde las estanterías de las bibliotecas, en los expositores de las librerías, en las páginas manchadas de un suplemento literario ¿qué verdad ocultan? ¿en qué genero participan?

La realidad es que confieren una verdad única a su pregonero. Tal vez sean la condena de su obra o aventuren más historias de las que el libro alberga, o quizá no sea nada, sino un juego de palabras escondiendo un enigma.

Los hay claramente poéticos, Velocidad de los jardines (Eloy Tizón), y en ellos descubrimos un fugaz malabarismo mecánico, verdoso, lleno de bellas flores abriéndose al aire una tarde de primavera. O bélicos, encerrando un ensueño de amores esperanzados, Mañana en la batalla piensa en mí (Javier Marías). Algunos no dicen nada, pero lo sugieren todo, incluso el amor acabado, Tokyo ya no nos quiere (Ray Loriga). Los hay que miran hacia delante, al futuro, a un camino todavía por recorrer mientras cargamos sobre el hombro la búsqueda de la identidad, El año que viene en Tánger (Ramón Buenaventura).

Si eres un hombre y habitas esta tierra, no podrás escapar de su sentencia del tiempo y te estremecerás al escuchar en boca del poeta Las personas del verbo (Jaime Gil de Biedma), cuyo título anuncia una verdad, la humana, que viene siempre teñida de tantas otras cosas.

No sé qué tiene la nostalgia, la añoranza del pasado o de la infancia o aquellas calles anchas que se cruzan en nuestros recuerdos, pero son para algunos el punto de partida de un naufragio; La Habana para un infante difunto (Guillermo Cabrera Infante), guarda en su título cierta precariedad, un olor a muerte y un disparo directo al corazón de Cuba, a su Habana para siempre.

Y si buscáramos un extravío nocturno en una desconocida carretera italiana, tal vez soñaríamos con leer Si una noche de invierno un viajero (Italo Calvino). ¿No tiene este título una cadencia extensa, larga como la vida, que además promete aventuras y encierra entre sus palabras la certeza de la magia?

Este saber hacer con las palabras que nada dicen diciéndolo todo, sólo lo atesoran los más grandes. Me aventuro a asegurar que si recorremos la historia de la literatura, vemos que los encuentros más dichosos y poéticos - los frascos de cristal que encierran un secreto -, son más propios de los últimos cien años de escritura. Antes, con nuestros abuelos y aún con sus abuelos, los títulos nombraban a los héroes de la historia, Madame Bovary (Flaubert), el paisaje, Historia de dos ciudades (Dickens), la engañosa y retorcida calificación del mundo, Los Miserables (Hugo), o el recorrido fantasma de un hombre en las entretelas de sus recuerdos, En busca del tiempo perdido (Proust).

No pretende ser esto un estudio paratextual y académico de los títulos, pero debemos esperar de la escritura, de la de hoy, de la contemporánea o de la futura, nuevos aciertos, amables encuentros con las palabras, fundar así un nuevo Carnaby Street (Leopoldo Panero) al son de cierta Música para camaleones (Truman Capote) para no temer El aburrimiento, Lester (Hipólito G. Navarro).

Permitidme imponer como destino de nuestro viaje, el tranquilo y silente deslizarse sobre el vacío de la nada, tal vez el mismo y contundente Silencio del patinador (J. Manuel de Prada).

Fotografía © Brassai