8 de junio de 2011

Chantal Maillard en la Universidad Politécnica de Valencia

No sé cómo anoche las paredes aguantaron.

Era una sala pequeña, contenía el tenso silencio de cincuenta o sesenta personas, todas atentas a cada gesto de la poetisa: cuerpo menudo, llevado al límite de su expresión, tan esencial como su poesía -depurada, limpia-; los ojos, diáfanos, tan transparentes como sus palabras, sin sombras enmascarando el pensamiento; el pelo en cambio, contrastaba con esa luz, con esa blancura en el rostro y las palabras, tan negro era como un sol negro arrodillado ante el Señor del Bosque de Hainuwele.

Cuerpo y mirada: esencia y pensamiento.

Mirada de ida y vuelta. Porque la poetisa concentró su calma en todos los que allí esperábamos oír su voz, callados. El tiempo se dilató con el avance de sus primeras palabras, deslizándose lentas como cantos rodados, medidas no por lo que quería decir, sino por lo que veía en nosotros, los observadores, los escuchadores, los que atendíamos, en silencio, a su silencio.

Y después leyó.

Y se hizo la poesía.

Se hizo en ese mismo momento: la poesía.

Su poesía -vimos, descubrimos- no es la poesía del yo ególatra y salvaje de occidente, sino la del análisis del yo, la del análisis del sí mismo que observa. No una mirada sobre el mundo, sino una mirada sobre los ojos que miran el mundo.

Derribar conceptos, eso dijo. Conceptos como muros, aunque sean tan altos como Platón: Matar a Platón -reza uno de sus poemarios-: igual que Nietzsche sentenció a Dios (a dios) con la capital de las penas, así Maillard mató la servidumbre a nuestros platónicos antepasados... porque la poesía que nace de la poesía que nace de la poesía que nace de la poesía y etcétera, está manchada, ultrajada... es tan inútil como la piel que abandona una culebra. Deshechos que vienen de deshechos. Heces. Hay que buscar una nueva poesía.

La poesía renovada, renacida, pura.

Chantal Maillard, el sol negro, alumbró anoche el pequeño salón de actos de la UPV.

No sé cómo las paredes aguantaron el peso de sus palabras puras.

22 de junio de 2009

Gestos – Una fotografía de Marcelo Royán

Me han contado que el autor de este retrato tropezó con su dueño en el parque del Retiro de Madrid, a la salida del metro. El personaje era un italiano bohemio, algo cómico en sus maneras, aspecto de vividor empedernido y estudiada pose de trasnochador de bodeguilla. Al descubrir la réflex colgada del hombro del fotógrafo y la mirada curiosa de quien anda siempre buscando el instante para congelarlo tras el ojo de la cámara, el italiano no dudó en pedir ser retratado. Fiel a su alma exhibicionista, se fue dejando llevar por el dislate de las muecas, la contorsión de los labios, el asalto de la expresión sofocada, el desplante de una lengua enrojecida que no hacía sino empañar sus gestos cada vez que el fotógrafo le apuntaba con la cámara. Éste, algo aburrido, a punto estuvo de abandonar la sesión. Pero decidió esperar.

El italiano seguía practicando todo un teatro de lo grotesco entre las hayas del Retiro; se sumaba a las risas de los paseantes, hacía el pino imitando a las ardillas; contemplaba, impávido, una luna inexistente sentado junto a un quiosco. El fotógrafo, con pulso de cazador, enfocaba y desenfocaba un zoom arriesgado buscando el instante propicio. Click. Click. Paciencia, se decía, ya llegará el momento.

El italiano se tumbaba sobre la hierba. Abría los brazos y las piernas, miraba y dejaba de mirar el ojo de la cámara. Con tanto ahínco cosechaba la sinrazón del gesto que el fotógrafo se preguntaba si, en verdad, detrás de aquel rostro había un hombre o solo una marioneta. Pero seguía disparando: click, click. Una mueca saltarina. Click. Un parpadeo. Click. Un fruncir los labios y la frente y las mejillas y las manos sobre la cabeza y otra vez el baile de las máscaras.
Todas las señales daban por concluida la sesión: cada vez eran menos los paseantes, menos las palomas que los merodeaban, más escasa la luz que daba color a aquella tarde que comenzaba a declinar. El italiano sonreía, mostrando una decena de dientes. El fotógrafo, en cambio, esperaba su momento. Click.

Terminó el alboroto. Tal vez cansado de lo variopinto de sus gestos, el títere dio por concluida su representación. El demonio que llevaba dentro dejó de agitar los brazos, las piernas. Dejó de meter barriga y relajó los hombros. El italiano, con el rostro sereno y la mirada recobrada de quien despierta de una pesadilla, regresó de su opereta de salón. Entonces llegó el click definitivo. El click de la magia. La perfecta sintonía de un dedo que acciona un pulsador mecánico y la mirada de un hombre que por fin admite su tristeza, su singularidad, su frescura. Acaso también su grandeza. En la pupila de la cámara se concentró la honda expresión de aquel hombre que hasta ese momento no hacía sino interpretar personajes asediados por las luces de las candilejas.

Y el rostro fue. Y el fotógrafo lo encontró bello. El click consiguió derribar el adobe de los muros cimentados sobre el barro. El click celebró la melancolía de una piel atezada por el Sol. Surgió el resplandor de los matices, los gestos de pura tranquilidad y entrega, los labios cuarteados de morder el mundo, la huraña ternura del viajero, el brillo en los ojos de quien descubre que más allá de las fronteras se está siempre solo.

“Yo soy así”, dice el hombre.
“Esto es un hombre”, dice la fotografía de Marcelo Royán.

Este es el hombre del gesto recobrado.

Fotografía "Gestos" © Marcelo Royán
http://www.flickr.com/photos/marcelorg/3405422334

27 de mayo de 2009

Caminar por el aire

Alguien me contó un día que el escritor se parece mucho a esos personajes de los dibujos animados que llegan a un precipicio y continúan andando sobre el vacío, felices, ignorantes, sin darse cuenta de que caminan por el aire a muchos metros del suelo. No sienten vértigo ni espanto, los guía una fuerza mayúscula que los empuja y los ciega. Sin embargo llega un momento de este paseo feliz en el que el personaje descubre bajo sus pies el abismo insondable y la remotísima tierra donde probablemente augura que verá su cuerpo aplastado.

Ese es el instante de lucidez el escritor. Una bombilla se enciende sobre su cabeza: hasta entonces el escritor escribía por el placer de escribir, la inspiración y el aliento lo llevaban donde no lo llevaban las ideas o la razón; pero después de haber estado andando un largo trecho, se descubre a sí mismo en el aire y vacila cada uno de los pasos que quiere dar para seguir adelante. Se ha llegado entonces al momento mágico de la creación, para el que existe un secreto que sólo susurran, después de muchas copas y risas, los escritores más veteranos.

El secreto es este (mi amigo escritor me lo confesó todo, un poco ebrio): para mantenerse suspendido en el aire sin caer al abismo es necesario cogerse del pelo y tirar hacia arriba. Sólo de esta forma, con esta obstinación de Hércules enloquecido, se puede sobrevivir a la escritura. Hay que seguir caminando por el vacío, mantenerse en el aire. No hay camino, porque es invisible. Estás gravitando y el borde del precipicio queda ya demasiado lejos como para volver atrás. Tampoco puedes permitir que tu cuerpo se haga añicos contra el suelo.

En este asunto hay una felicidad y una miseria. La felicidad es volver la vista atrás y contar la baldosas que flotan en el aire por donde hemos pasado: esas baldosas las has inventado tú, pues antes no estaban, sólo había un gran vacío y abajo el precipicio. La miseria y sinrazón del asunto es el camino que queda por delante: incierto, huidizo. Tanteas con la punta del pie si allí delante hay otra baldosa como las que has ido dejando atrás y no lo sabes hasta que no saltas sobre ella. Pero tienes que creer en ella. Tienes que soñarla con fuerza. Y sujetarte por el pelo. Y tirar hacia arriba. Y dejarte llevar por la ilusión de que allí sí hay, en verdad, otro peldaño.

Yo confío en que todavía quedan peldaños por delante, pero también tengo miedo de que no sean estables, o suficientemente sólidos como para aguantar mi peso y que llegado el momento de poner el pie en ellos no puedan sostenerme y me venza entonces el delirio de la caída.

Creo que no. Quiero pensar que no. Aún soy un dibujo animado y puedo tirar de mi pelo para andar por el vacío sin miedo, con convicción.

Incluso con los ojos cerrados.

22 de abril de 2009

Mundo escrito y mundo no escrito

Tengo dentro lo escrito y lo no escrito. Las palabras que ya he caligrafiado sobre el papel y también las palabras que aún no he escrito. Yo amo esas palabras que no he escrito. Amo las palabras que aún no he escrito.

Este deseo se retuerce. En lo más hondo gime un dolor agudo por reconocer el rostro de lo no escrito y por volver a ver el rostro de lo escrito. Hay dos rostros: uno existe, el otro no.

Lo no escrito existe si cierro los ojos para mirarlo. Respira. Es orgánico. Cerrar los ojos es atarse con las dos manos la venda que dirige la mirada adentro, donde lo no escrito vive. La palabra no es más que una huella apenas visible de eso que dentro se agita. De eso que dentro aún respira. Una huella que respira. Las palabras son los trazos emborronados que quieren significar un algo, el paisaje de un algo, el mapa que define los contornos de ese algo y delimita su forma y le da abrigo y entonces es. Porque está escrito y las palabras son como la sangre corriendo por las venas de lo escrito.

Lo que ya está escrito en el papel entabla una conversación con lo no escrito, con lo que nunca he escrito. Lo escrito le habla a lo no escrito como la voz que habla a un silencio que luego será voz. Emitirá su réplica. Lo no escrito es una voz. También es una voz, como lo escrito. Una voz que no se calla. Lo no escrito es una voz que no se quiere callar. Y en este debate en el que uno habla y el otro asiente en silencio no es menos elocuente aquello que nunca se ha dicho que lo que sí se ha dicho. La voz de lo no escrito me persigue, me despierta por las noches o no me deja dormir. Incansable en su batalla por brotar en nuevas ramas que serán, después, lo que se escribe.

Lo escrito brilla con su propia luz e ilumina lo no escrito, que es una luz apagada. Son dos mundos en constante movimiento. La dialéctica perturbadora entre el ser y el no ser. Entre lo escrito y lo que no está escrito.

Entonces vengo aquí, a este cuaderno que sostiene el peso débil de mi caligrafía y se deja penetrar por ella sin emitir una queja, y lo no escrito comienza a ser lo que ya está escrito. Lo no escrito deja de existir y sólo existe lo escrito. Esto. Lo que ahora estoy escribiendo y luego vendrás tú para leerlo. Leerás lo escrito. Pero no podrás leer lo no escrito.

Lo que no te he contado es que lo no escrito sigue latiendo dentro después de haberlo escrito. Porque lo no escrito permanece dentro. Lo no escrito queda dentro. No ha salido. Se refugia en lo hondo. Sólo ha brotado lo escrito. Esto que estás leyendo no es, ni será nunca, lo que yo no he escrito. Será otra cosa. Lo no escrito no será.

Hay dos mundos: el mundo escrito y el mundo no escrito. Yo persigo el mundo no escrito y sólo obtengo el mundo escrito. Me esfuerzo por conseguir que un día salga a la luz lo no escrito, pero lo no escrito se resiste. Lo no escrito sólo puedo leerlo si cierro los ojos y miro adentro. Si me tapo los oídos y escucho adentro. Si consigo que las palabras desaparezcan y con todos los sentidos alerta, me sumo en el placer que provoca lo no escrito. En ese vértigo de lo no escrito. Aún no lo he conseguido. Lo no escrito resbala como agua entre los dedos. Lo no escrito no es. Entablo esta batalla que he perdido de antemano. ¿Por qué?

Ahora sé que jamás podré escribir lo no escrito. Entonces cierro los ojos para mirar lo que no he escrito. Para que fluya. Para que sea. Y, aunque no pueda compartirlo, me doy cuenta de que hay un lector para lo que aún no escrito: ese lector soy yo.