9 de enero de 2012

Premio Cosecha Eñe 2011

Sale a la venta el número 28 de Eñe. Revista para leer, con los relatos ganadores de la Cosecha Eñe 2011, entre los que se encuentra el mío: Unos zapatos para la lluvia.



Un jurado formado por el escritor José María Merino; la directora editorial de Seix Barral, Elena Ramírez; el editor y crítico literario Ignacio Echevarría, así como Camino Brasa y Toño Angulo Daneri -en representación de Eñe. Revista para leer- eligieron estos diez relatos, de entre 3.029 enviados desde cerca de cuarenta países, como los ganadores del premio Cosecha Eñe 2011:

Primer Premio
    Nínive, de Javier Calvo
Relatos Ganadores
    Gracias, de Guillermo Saccomanno
    Los pescadores de hojas, de Cristina Gálvez
    Los destinos del Vikingo, de Martín Corredoira
    Laura Morel, de Carme García Parra
    Sobre el encogimiento del mundo, de Diego Zarini
    Como quien envuelve un pescado en papel de periódico (Ámsterdam, 1916), de Jesús Zomeño
    Unos zapatos para la lluvia, de Rafael Ventura
    Último refugio, de Rafael de la Fuente Rodiel
    Manuela Melguizo, de Mario Marín

31 de diciembre de 2011

2011: un año de lecturas



El 31 de diciembre se me antoja tan bueno como el 14 de octubre o el 27 de enero para hacer balances. Sin embargo, es en estas fechas cuando los medios de comunicación invitan a reflexionar sobre los titulares más relevantes del año, los mejores libros publicados durante los últimos 365 días, las defunciones más lloradas, las noticias más tristes o las hazañas más alegres con que la humanidad subraya un período que será barrido irremediablemente por nuevos titulares, otros libros, más defunciones y logros no menos sorprendentes que los que ahora cierran este año cargado de pesadumbre económica y cinturones ajustados.

Todo el mundo sabe que las listas obedecen a criterios sesgados y siempre subjetivos, pero también ayudan a comprender o a comprenderse. El siguiente listado es una enumeración de mis lecturas del 2011 tal como las he ido anotando en mi cuaderno, mes a mes, libro a libro. La expongo como si fuese un resto arqueológico, un fantasma del pasado más cercano que se aparece de repente, en mitad de este mundo digital, para recordarme lo que he sido, lo que he aprendido, lo que ahora sé o, al menos, he sabido durante las semanas en que leía estos libros que configuran un pequeño rasgo del gran rostro de la cultura literaria.

La lista tiene un valor relativo. Me pregunto si yo sería el mismo de no haber leído estos 67 libros. Creo que sí, sería exactamente igual que el que soy. Por eso su valor es relativo y no absoluto: ninguno de ellos, por sí solo, ha cambiado mi vida. Pero todos ellos, sumados al conjunto de lecturas de otros años, han mejorado mi criterio como lector, me han inducido a ser más selectivo, a no tragarme cualquier texto porque lo citen en los suplementos culturales como la quintaesencia de la literatura. La lectura voraz e indiscriminada tiende, por tanto, a reducir mis intereses como lector. Creo que muchos coincidirán conmigo en este pensamiento.

Al transcribir la lista me he dado cuenta de que hay pocos libros de relatos y de poemas. La explicación es sencilla: ambos géneros se prestan a un disfrute transversal, imposible de practicar con las novelas o los ensayos. Puedo pasar una tarde brincando sin rubor de Cortázar a Katherine Mansfield, picoteando poemas de Gamoneda, de Juan Ramón, de Rimbaud o Gil de Biedma. Leer es disfrutar leyendo y no hay nada más saludable que seguir la estela de la literatura dejando que el azar oriente mi mirada sobre este libro de relatos o aquel otro de poemas de mi biblioteca.

Los 67 libros son estos:

-La rive gauche, Herbert Lottman (ensayo)
-Cuatro dublineses (Wilde – Yeats – Joyce – Beckett), Richard Ellmann (ensayo)
-Memorias de una joven formal, Simone de Beavoir (memorias)
-Elegías de Duino, Rilke (poesía)
-El evangelio según Jesucristo, José Saramago (novela)
-El sobrino de Wittgenstein, Thomas Bernhard (novela)
-El quinto hijo, Doris Lessing (novela)
-El revés y el derecho, Albert Camus (artículos)
-Biografía del hambre, Amélie Nothomb (novela)
-Las primas, Aurora Venturini (novela)
-Los escenarios de la memoria, José Mª Castellet (memorias)
-Los testamentos traicionados, Milan Kundera (ensayo)
-Trópico de cáncer, Henry Miller (novela)
-La condición humana, André Malraux (novela)
-Diarios tempranos 1947-1964, Susan Sontag (diario)
-Poesía y verdad, Gabriel Celaya (artículos)
-Las ciudades blancas, Joseph Roth (viajes)
-En Grand Central Station me senté y lloré, Elisabeth Smart (novela)
-Antón Chéjov, Natalia Ginzburg (biografía)
-Galileo, José Mª Baquero (biografía)
-Uno y el universo, Ernesto Sábato (ensayo)
-Rilke. La belleza y el espanto, Antonio Pau (biografía)
-Los premios, Julio Cortázar (novela)
-Querido Miguel, Natalia Ginzburg (novela)
-El inmoralista, André Gide (novela)
-Diario, André Gide (diario)
-Hainuwele y otros poemas, Chantal Maillard (poesía)
-Marzi, Sylvian Savoia y Marzena Sowa (cómic)
-Escribir después de Auschwitz/Discurso de la pérdida, Günter Grass (ensayo)
-Contrapunto, Don Delillo (ensayo)
-Pirámides de tiempo, Remo Bodei (ensayo)
-La sangre y el ámbar, David Torres (viajes)
-La jungla polaca, Ryszard Kapuscinski (viajes)
-Commandant of Auschwitz, Rudolf Hoess (memorias)
-Si esto es un hombre, Primo Levi (memorias)
-Vértigo, W. G. Sebald (narrativa)
-Los emigrados, W. G. Sebald (narrativa)
-Stravinski, E. Walter White/Santiago Martín (biografía)
-Océano mar, Alessandro Baricco (novela)
-Europa en guerra 1939-1945, Norman Davies (ensayo)
-Las benévolas, Jonathan Littell (novela)
-Dios no es bueno, Christopher Hitchens (ensayo)
-Ragtime, E.L. Doctorow (novela)
-Helena o el mar del verano, Julián Ayesta (novela)
-Anatomía de un instante, Javier Cercas (novela/ensayo)
-Austerlitz, W. G. Sebald (novela)
-La gaviota, Anton Chéjov (teatro)
-El adversario, Emmanuel Carrére (novela)
-Amarillo, Félix Romeo (novela/testimonio)
-La leyenda del santo bebedor, Joseph Roth (novela)
-Muerte de un caballo, Andrés Barba (novela)
-Alma, Javier Moreno (novela)
-El coronel Chabert, Balzac (novela)
-El belvedere, Juan Bonilla (poesía)
-Nocilla dream, Agustín Fernández Mallo (novela)
-Dibujos animados, Félix Romeo (novela)
-Asterios Polyp, David Mazzucchelli (cómic)
-Elogio y refutación del ingenio, José Antonio Marina (ensayo)
-El que apaga la luz, Juan Bonilla (relatos)
-El hacedor, Jorge Luis Borges (relatos/poemas)
-El hacedor (de Borges), remake, Agustín Fernández Mallo (relatos/poemas)
-Ombligo sin fondo, Dash Shaw (cómic)
-Aquí, Wislawa Szymborska (poesía)
-Dublinés, Anfonso Zapico (cómic)
-Los adioses, Juan Carlos Onetti (novela)
-El doble, Dostoievsky (novela)
-Corrección, Thomas Bernhard (novela)

Empieza un nuevo año y yo espero con impaciencia el momento de seguir anotando mis lecturas en esta cuenta en la que siempre hay ganancias y apenas sospecho pérdidas.

20 de diciembre de 2011

El hacedor (de Borges), Remake por Agustín Fernández Mallo

A mediados de 1957, Picasso se propuso reinventar una vez más la pintura tomando como punto de partida un lienzo de Velázquez: Las Meninas. Trabajó incansablemente durante varios meses hasta que el 30 de diciembre dio por terminada una serie compuesta por 58 variaciones de la obra del pintor sevillano. Cuesta creer que alguien pudiera acusar a Picasso de plagio. Enmudecidas, las bocas de los mercenarios del Arte sólo pudieron suspirar con fervorosa admiración ante tal proeza, y por partida doble: el enfant terrible de la pintura del siglo XX acababa de liberar al Arte de un corsé demasiado estrecho para los tiempos que corrían con una autoridad que no admitía críticas (aunque, como es sabido, no era la primera vez que lograba un mérito semejante) y, lo que es más importante, lo hacía a partir de una obra clásica, hasta entonces intocable. Picasso demostraba así que en el Arte nadie tiene la última palabra, ni siquiera Velázquez, y que toda obra es susceptible de ser revisada o, empleando un término más actual, revisitada: si el malagueño vistiera chupa de cuero negro, pantalones ajustados y gafas Ray-Ban Police, hubiera titulado su serie Las Meninas Revisited.

Parece ser que María Kodama, viuda de Borges y heredera de su legado, no comparte la misma opinión. ¿Kodama o su séquito de abogados de bufete acristalado de doscientos dólares la hora? Poco importa. En un acto de autocensura con muy buenas intenciones la editorial Alfaguara retiró hace unos meses el último libro de narraciones y poemas de Agustín Fernández Mallo, titulado El hacedor (de Borges), Remake.

La obra de AFM es a El hacedor de Borges, lo que fue la serie de Meninas de Picasso al cuadro de Velázquez.

AFM no es Picasso, ni falta que le hace.
AFM tampoco es Borges, ni necesita serlo, porque por algo es AFM.
AFM toma el título del libro del bonaerense.
AFM toma cada título de cada cuento y de cada poema del libro de Borges y recrea cada poema, cada cuento y, en definitiva, el libro entero logrando un producto nuevo y moderno (o, como él mismo ha acuñado, postpoético), conceptual, irónico y arriesgado.
AFM ha imitado la osadía de Picasso, pero no ha imitado a Borges.
En todo caso, AFM es Josef K. y, como el oficinista de Kafka, la mañana en que la editorial Alfaguara retiró la obra de las librerías sin duda se sintió acusado de un delito que no había cometido.
Este es El proceso de AFM.
Peor aún: este es El proceso que se libra contra el Arte.

El Arte necesita renovarse, revivirse, extenderse, reconstruirse. Porque el Arte que no se enriquece con la actualidad está condenado a agotarse, a exhibirse en los museos los fines de semana como si fuese el esqueleto de un dinosaurio que contemplamos con indiferencia y hastío de domingo por la tarde.

El Arte es vida o no es.

No creo que sea casualidad que el libro de AFM comience, precisamente, en el CERN de Ginebra, a 30 km del cementerio de Plain Palais, donde está enterrado Borges. AFM ha invitado al maestro a salir de su tumba ginebrina a que vea mundo, este mundo, este nuevo mundo, el nuestro. Gracias a AFM, Borges ha recuperado la vista y ha comprendido que los mitos han caído porque esos mitos que hablaban de Ilíadas y Odiseas ya no sirven. Necesitamos otros sueños. Menos gastados, menos transitados. Y la propuesta de AFM es El hacedor (de Borges), Remake.

Al principio, dice AFM, no fue Homero, sino la explosión del Big Bang, la creación del Universo, el origen de protones y neutrones, quizá del bosón de Higgs (todavía una entelequia matemática), el todo concentrado en un magma arrollador a partir del cual se formaron las galaxias, los planetas, los dinosaurios, Europa, el capitalismo, unas Adidas Campus.

El principio, por tanto, no es la literatura sino la ciencia, que intenta comprender la vida tal como la conocemos.

No, no es cierto: el principio tampoco es la ciencia.
El principio de todas las cosas es la imaginación.

La imaginación es improvisación, experimentación, ingenio. Es renunciar al mainstream que llena la palabra <<cultura>> o la palabra <<literatura>> de productos que agonizan en el mismo parto, entre sangre y dolor, cuando ni siquiera la palmada en el culo consigue arrancarles el grito que necesita ser aullado hasta hacer vibrar las paredes del quirófano de la creación artística. Sin grito no hay obra que merezca la pena. Si no, que se lo pregunten a Munch.

El hacedor (de Borges), Remake es el grito de AFM que sacude el paritorio para orgullo de su padre y gozo de sus herederos: los lectores.

Mientras Borges escribía Kafka y sus precursores no estaba pensando en Zenón, ni en Kiekergaard. Pensaba en sí mismo. Y pensaba en AFM. Y pensaba en los que vendrán. No hay rivalidad entre ellos. Lo dice Borges, no yo, citando, sin duda apócrifamente, a T.S. Eliot: <<cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro>> [Otras inquisiciones, 1952]. Veladamente, Borges no escribió Kafka y sus precursores sino Borges y sus precursores, situándose a sí mismo en un punto de inflexión de la narrativa universal que conduciría a nuevos hallazgos, en este caso -hoy- al de AFM. Con el tiempo vendrán otros, y nos harán más libres.

La imaginación es ingenio, y el ingenio es rechazo a la seriedad, ironía, humor, desenfado. Libertad. Lo sugiere José Antonio Marina en su Elogio y refutación del ingenio, donde también apunta un dato que merece rebatirse: el ingenio se agota en sí mismo, nada puede crecer de las ramas del frondoso árbol que dibujaron, cada uno a su manera, Gómez de la Serna, Miró, Malevich (a quien AFM cita en su libro), Tzara, John Cage… Yo, en cambio, no creo que el ingenio se agote en sí mismo. El ingenio es renovación. Muerte y renacimiento. El Arte, a través del ingenio y de la imaginación, necesita demoler sus propios cimientos constantemente para crear nuevas coordenadas sobre las que alzar una nueva mirada a nuestro mundo. Después de la debacle hay que seguir construyendo, y las coordenadas del mundo de hoy no pueden estar más claras, ni ser más accesibles: Google Earth.

Puedo descender con la misma facilidad al April Salome Forest de la isla Papua Nueva Guinea, que a la Sierra Calderona de España y contemplar dos vegetaciones distantes más de 5000 kilómetros, en los escasos 40 centímetros de lado de mi pantalla Acer de 17’’. Tenemos el mundo a vista de pájaro y podemos abarcarlo con un simple movimiento del dedo índice sobre la rueda del ratón. Así de cerca está el mundo, nuestro mundo.

Una de las mejores revisiones del libro de AFM lleva por título Mutaciones y se apoya en Google Earth. En el cuento homónimo de El hacedor, Borges alude a la flecha de un guerrero, el lazo de un jinete y una cruz rúnica para alterar su sentido al proyectarlas a su hoy: la flecha indica un camino, el lazo ha devenido corbata y la cruz se transmutó en mecanismo de tortura donde asesinar dioses. Estas mutaciones plantean una cuestión trascendental: los utensilios quedan rebajados o elevados a la categoría de símbolos y quién sabe qué símbolos traducirá el porvenir.

AFM ha creado sus propias mutaciones, mucho más novedosas e intrigantes:

1. Un recorrido por los monumentos de Passaic 2009 plantea un viaje siguiendo las huellas de Robert Smithson, quien, en 1967, recorrió la zona residencial de Nueva Jersey llamada Passaic en torno al río del mismo nombre, buscando monumentos contemporáneos: un puente, un conjunto de tuberías desaguando en el río, un bar de carretera llamado Golden Coach Diner y un cajón de arena. AFM sigue los pasos de Smithson sin abandonar su apartamento pues “pasea” por Passiac gracias a un viaje virtual de vista panóptica usando GoogleEarth.

2. En Un recorrido por los monumentos de Ascó, repite el viaje, enlazando el itinerario del río Ebro a su paso por Ascó (Tarragona) con el del río Passaic, y el cajón de arena del norteamericano con una muestra de la arena contaminada debido a una fuga de partículas radiactivas de la nuclear, detectada el 14 de abril de 2008.

3. El tercer recorrido es cinéfilo y real (no virtual): AFM viaja a una pequeña isla rocosa, Lisca Bianca, al norte de Sicilia, siguiendo los pasos del equipo que filmó La aventura de Michelangelo Antonioni, de la misma forma que en 1983 un grupo de periodistas de la RAI se desplazó hasta allí para reconstruir cada escena de la película que se rodó en la isla. Al cabo de dos días a la intemperie, las imágenes de celuloide de Mónica en busca de Anna se han transformado en Mónica buscando a AFM, cerrando así el círculo de perseguidor y perseguido.

Las mutaciones borgianas han adquirido en la obra de AFM una nueva dimensión y los utensilios materiales (físicos) que pensó el escritor bonaerense son traducidos por AFM en una nueva simbología, no física sino conceptual, ampliando los límites de los objetos minúsculos del universo (flecha, lazo, cruz) en una nueva geografía más extensa y cartografiada por el GPS y los satélites geoestacionarios (Passaic, Ascó, Lisca Bianca).

Para dar el salto a la postpoética, AFM necesita apoyarse en Borges, a veces silenciándolo (parte de un título borgiano para construir algo nuevo), otras veces anclando ciertas imágenes del escritor argentino en sus propios textos, casi tan imperceptibles como el vaho que deja un aliento sobre un cristal trasparente, y en algunas ocasiones partiendo de un concepto como Dios (no olvidemos que Dios es un concepto creado por el hombre) para transformarlo de acuerdo a una inspiración que jamás renuncia al humor.

Borges es el trampolín en el que se balancea AFM antes de dar el doble salto mortal que lo conduce a la piscina sin agua de la nueva manera de entender la literatura.

Aunque Alfaguara haya retirado el libro del mercado, no es imposible hacerse con una copia. Búsquenlo en las librerías de viejo, descárguenlo, visiten en youtube los videos que conectan con esta figuración imaginativa y poderosa, esta narrativa conceptual y libre, este aullido estremecedor y fulgurante que el mejor Ginsberg hubiese querido firmar.

Estoy seguro de que el tiempo –ese otro concepto humano- pondrá las cosas en su sitio y Kodama y sus bien pagados súbditos leerán (porque no creo que lo hayan leído) este brillante homenaje a Borges y aún más brillante homenaje a la Literatura.

Más información en:

http://blogs.alfaguara.com/fernandezmallo/2011/10/06/carta-por-la-retirada-de-el-hacedor-remake/

http://www.elpais.com/articulo/cultura/peligros/rehacer/obra/literaria/Borges/elpepucul/20111001elpepucul_1/Tes

http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/2163/Maria_Kodama_logra_retirar_El_hacedor_%28de_Borges%29_remake_de_Fernandez_Mallo

http://hkkmr.blogspot.com/2011/10/carta-de-protesta-o-como-el-hacedor-de.html

16 de noviembre de 2011

Festival Eñe: mi versión de los hechos

El día 11 de noviembre tomo el AVE Valencia-Madrid para acudir al Festival Eñe en calidad de finalista del Premio Cosecha Eñe 2011, en el que había participado con el cuento Unos zapatos para la lluvia.

A Madrid viajo un par de veces al año seducido por las exposiciones temporales de algunos museos, porque se representan obras de teatro que raras veces puedo ver en Valencia y para visitar dos o tres librerías de lance próximas a la Plaza del Dos de Mayo a las que acudo sin tarjetas de crédito y con la promesa de no gastar más que el par de billetes que llevo en el bolsillo. Pero sobre todo, me dejo caer por la capital porque hace más de un lustro estuve viviendo en ella durante tres años y me gusta vagar sin rumbo fijo por el barrio de las Letras, disfrutar de un café y un pastel de crema en la Mallorquina mientras hojeo los libros de segunda mano recién comprados, y también para comprobar que el kilómetro cero de Sol no lo han cambiado de sitio. Me reconforta pensar que en cierto modo su inmutabilidad certifica que las cosas siguen siendo como eran cuando yo me marché.

En esta ocasión el viaje adquiere una dimensión inédita: la celebración de la literatura hispanoamericana en el marco del Festival Eñe. Es mi momento y lo voy a exprimir hasta las últimas gotas.

Llego a Atocha a mediodía, paso por La Fábrica a recoger la invitación, aprovecho para comprar allí un par de números de Eñe que no tenía y, antes de ir al apartamento, recalo en un pequeño barecillo donde me tomo un batido de pera mientras leo el programa del Festival. Es de color verde musgo, con las letras y los bordes rosa. El texto se distribuye en tres columnas, como si fuese un periódico, y tengo que doblarlo por la mitad y luego otra vez por la mitad, porque también es tan grande como un periódico y así es como suelo doblar yo los periódicos para leerlos sin invadir toda la mesa mientras tomo mis batidos de pera.
Con un bolígrafo marco como imprescindible la lectura poética de Gamoneda, a las seis y media de la tarde; después señalo la conferencia de Trapiello, también a las seis y media; el cara a cara de Manuel Vicent y David Trueba no empieza hasta las siete, pongo una X al lado, ¿me dará tiempo? ¿podré luego asistir a la charla de Francesc Serés? No quiero perderme la pareja de baile que forman Álvaro Pombo y Blanca Berasátegui, a las nueve, y descubro que la mesa redonda de Luna Miguel, Alberto Olmos y Germán Sierra no acabará antes de las diez, justo cuando empieza el concierto del portugués Rodrigo Leão… ¡Y yo que me he dejado el don de la ubicuidad en Valencia! Pronto me doy cuenta de que satisfacer todos mis deseos es poco menos que imposible, por lo que decido que esta tarde improvisaré sobre la marcha.

El apartamento, en Matute 11, forma parte de un piso señorial que ha sido reconstruido de acuerdo a una estética a lo bourgeois bohemian: dos estancias blancas de líneas minimalistas, cocina americana, mobiliario esencial y paredes también blancas, adornadas con vinilos. El comedor-cocina luce un melón abierto por la mitad y el dormitorio lo preside Don Juan Tenorio, junto a unos versos de Tirso de Molina. Todo de lo más chic.

Como en La Bardemcilla de Santa Ana un caldo de cocido madrileño y lubina a la plancha; después, café. Todo por menos de diez euros.

Sin más preámbulos, enfilo hacia el Círculo de Bellas Artes, entre la calle de Alcalá y la Gran Vía, o sea, el Broad-Way madrileño. Mientras escribo estas líneas leo en la Wikipedia que el edificio fue diseñado por el arquitecto Antonio Palacios, que destaca por su <<ecléctica volumetría>> y que Picasso recibió aquí, en su juventud, clases de pintura. Entiendo el sentido de <<ecléctico>> y también el de <<volumetría>>, aunque no sabría decir qué significan estas dos palabras juntas. La mención del artista malagueño, en cambio, me hace pensar que el recinto posee esa solera intelectual de las vanguardias artísticas de principios del XX que ha persistido con renovada energía hasta el XXI. Me gusta que el Festival se haya celebrado en un lugar con tanto glamour literario.

Cuando llego a la recepción me dan una chapa redonda de color verde del tamaño de una moneda de dos euros en cuyo interior hay dibujado un signo blanco que no logro saber si es una coma (,) o un apóstrofo (’). En el fondo tiene poca importancia porque sea lo que sea, el signo invita a pensar en tipografías, en moldes de imprenta que, en definitiva, son la esencia de la palabra escrita, que a su vez es la esencia de la literatura, y al fin y al cabo he venido a esto ¿no? a disfrutar del espectáculo de la literatura. Más tarde descubro que hay quien lleva prendida una chapa similar, pero de color naranja o roja o azul. Mientras espero en la Sala María Zambrano de la quinta planta a que sean las seis y media para escuchar a Andrés Trapiello (primera decisión dolorosa, por renunciar a Gamoneda, y al mismo tiempo gratificante, por poder ver a un escritor que para mí sintetiza la escuela cervantina con dejes galdosianos, es decir, la quintaesencia de las letras castellanas) pienso que esto de las chapas multicolores tiene un no sé qué clasista que me disgusta. Bien mirado, esta segregación me incomoda, sobre todo porque creo que en lugar de identificarme en el mostrador de invitados de la planta baja, donde acuden los escritores, lo he hecho en el de los lectores y a estas alturas ya no puedo desdecirme –y tampoco quiero hacerlo- porque también soy lector, y porque además, siempre me encuentro más a gusto cuando me confundo con la multitud que cuando la multitud me distingue y se fija en mí, aunque sea por llevar una chapa naranja, vete a saber por qué. La culpa es mía por no preguntar.

El caso es que me acomodo con mi insignia plebeya y espero impaciente a que llegue Trapiello, y ahí está, con pinta de cargar una gripe de caballo, ataviado con chaqueta y loden hasta las rodillas que no se quita ni al sentarse.
Él mismo confiesa tener un frío de órdago, cuando en la sala la multitud alimenta una temperatura de cacerola humeante. A los pocos minutos de empezar la conferencia, el escritor leonés se olvida del frío, del malestar, del hecho sumarísimo de haber sido importunado en mitad de una tarde que merecía sofá, manta y termómetro bajo la lengua, y enseguida se crece. Sus palabras son aspirinas para calmar su fiebre. Los oídos de la audiencia se abren, atentos a su aliento pausado, a su fraseo comedido, a un discurso que parece estar escribiendo, en este mismo momento en que lo dice, sobre el aire cargado de la sala. Habla de sus diarios. De cómo escribe, durante un año entero, los pensamientos que día a día lo van asaltando mientras pasea, lee, se encuentra con gentes a quienes nosotros no conocemos; y después, cada noche, va escribiendo a mano hasta que al cabo de un año ha llenado doscientos o trescientos folios que luego deja reposar, como si fuesen vino, cuatro o cinco años, al término de los cuales, dice Trapiello, relee lo escrito y lo reduce a cuarenta o cincuenta páginas que terminan convertidas en una nueva entrega de su Salón de los pasos perdidos, la novela de una vida. Esta mengua y posterior crecimiento del manuscrito es todo un misterio para sus lectores; para él, en cambio, es un mecanismo de creación, un proceso perfectamente engrasado y que siempre da sus frutos. <<A pesar de ser un diario –asegura- no hablo de mí, sino de otros. Escribir sobre los demás es la manera de escribir sobre uno mismo>>, dice, y yo anoto esta frase lapidaria en mi Moleskine negro.

Después de esta conferencia bajo al segundo piso a tomarme una cerveza. En el bar me cruzo con Gamoneda, que charla con unos amigos. Rabio por habérmelo perdido. Curioseo los libros de los expositores, doy varias vueltas a los mostradores y vuelvo al punto de partida con mi cerveza en la mano. Si alguien me está mirando -pienso- creerá que me estoy aprendiendo los títulos. Y así es. Me los estoy aprendiendo de memoria. Siempre me ha gustado detenerme sin cortapisas frente a los escaparates, leer todos los títulos, el autor de cada libro, la editorial, el color y la ilustración de la portada. Aquí actúo igual: los abro y miro la tipografía, observo si han respetado los márgenes, leo unas cuantas frases y lo vuelvo a dejar en su sitio. Naturalmente, detesto que algunos estén precintados. En uno de los mostradores, me quedo un rato hojeando los volúmenes de fotografía editados por La Fábrica. Abro uno de Dorotea Lange. Me apasiona la fuerza blanquinegra de los retratos de la norteamericana. El maletín mexicano de Robert Capa capta mi atención unos instantes: son dos tomos; uno describe la historia de estas fotografías que se encontraron en México, el otro reproduce los negativos y también los explica. Pesa demasiado para cargar con él y me quedo con las ganas. Sé que me arrepentiré.

Aún no son las nueve cuando subo las escaleras hasta el Salón de Columnas de la cuarta planta. Está a punto de comenzar la pareja de baile Pombo/Berasátegui. La gente se agolpa a las puertas del salón. Me sorprende gratamente observar a gente sola porque denota una cosa: vienen aquí, al Festival, interesados por la literatura y poco o nada les importa que alguien les haga coro. Porque la literatura no necesita coros, ni voces que la respalden, ni compañía. Uno abre un libro y está solo y a la vez acompañado por los personajes o por la voz del autor, qué más da, lo mismo que aquí, hoy, en el Círculo de Bellas Artes, no se puede estar solo, ni siquiera viniendo solo.

Empieza el espectáculo: la multitud –y yo entre ellos- corre a buscar una butaca. Las primeras filas están llenas cuando entramos. Los huecos, en las siguientes, se esfuman rápidamente, como si estuviésemos jugando al juego de las sillas. La música ficticia deja de sonar y Pombo y Berasátegui aparecen en la escena y se sientan en el centro de un amplio círculo delimitado por las columnas que dan nombre a la sala. Pombo es un personaje, un actor, un hombre escurridizo que responde tangencialmente a las preguntas o no las responde en absoluto. Confiesa su adicción al programa Sálvame. Alardea de su cultura televisiva. Habla de los lagartos que comían ratas en la serie ochentera “V”. Carcajadas en el público. Pombo ríe con una risa estentórea, desorbitada, un poco grotesca. Un poco no, mucho, muy grotesca. La acompaña con gestos desenfadados de las manos, sus dedos señalan, como una pistola, a la audiencia.
Su filiación política a UPyD (Unión Progreso y Democracia) encuentra un hueco en las noticias televisivas, y aquí, esta noche, en el Círculo de Bellas Artes, pide nuestro voto irguiéndose como un senador romano. Alguien le dice que sólo le falta la toga para parecerlo. ¿Su nuevo proyecto literario? ¡Quita, quita!, responde a Berasátegui, mientras gira en su sillón, desafiando al público. No quiere hablar de su próxima novela, quiere hablar de política. Más carcajadas. Algún gruñido. Un no rotundo al dispendio estatal que beneficia a poetas primerizos. ¿Por qué?, me pregunto. ¿Acaso no fue él, en su momento, un escritor primerizo a quien, como él mismo explica, le fue concedida la beca Ricardo de la Cierva? ¿Lo he entendido yo mal? No lo sé. El vejete santanderino de barba dickensiana se escurre como una salamandra ante las preguntas de Berasátegui.

Son casi las diez. Segunda decisión dolorosa: la mesa redonda Luna/Olmos/Sierra, en esta misma sala, o el concierto de Rodrigo Leão. Me interesa saber qué piensan estos tres autores jóvenes sobre las relaciones entre internet y escritura, pero como soy un hombre otoñal y un tanto melancólico, esta noche me decanto por la música portuguesa, así que corro escaleras abajo al Teatro Fernando de Rojas. Hay cola y termino en el anfiteatro, muy arriba, cansado de subir y bajar escaleras y al mismo tiempo entusiasmado por el concierto. Violín, viola, chelo y acordeón acompañan el teclado del portugués. Una mujer, con la voz tan dulce y tan triste como la muerte, canta unos fados que hacen levantar al público de sus asientos. Guinda excelente para una velada de emociones intensas, de palabras, de pensamientos ajenos adentrándose por mis ojos y mis oídos; mientras la música suena y me inunda, yo trato de retener algunos de ellos, como gotas de ámbar salpicando mi cuaderno, antes de que mi memoria, mañana o esta misma noche -ahora- termine por olvidarlos.

Llego al apartamento pasada la medianoche, con un pedazo de pizza gorgonzola al taglio en una mano y un botellín de agua, en la otra. Sacio mi hambre mientras leo un cuento de la Cosecha Eñe de 2009 y me adormezco, junto a Don Juan Tenorio, con el fraseo de Agustín Fernández Mallo el día que acompañó a Sarah Palin a un mitin electoral.

Siempre me cuesta madrugar los sábados y éste no es una excepción. Lo de madrugar es un decir. Me despierto a las diez y todavía me resisto un rato a sacar los pies de la cama. Para ir haciéndome a la idea, leo otro cuento de la revista, uno de Benjamín Prado que me cautiva por su lirismo alado y porque el personaje del cuento deambula por una ciudad en cuyas calles reina, de forma intermitente, la noche y el día, el día y la noche. Al terminarlo me meto en la ducha y me quedo helado de golpe, porque no hay agua caliente y tengo que lavarme como un gato, los pies, las piernas, el pecho, poco a poco, y el pelo, que lo llevo largo, agachado y en cuclillas porque no aguanto el frío, me da dolor de cabeza. Lo peor de todo es saber que los pies se me quedarán fríos todo el día.
Después de un café con tostadas me dispongo tomar otra decisión dolorosa, la tercera: la pareja de baile formada por el escritor Manuel Longares y el crítico José María Pozuelo, o la lectura poética de Francisco Brines y Tacha Romero. Como ya he coincidido al menos en dos ocasiones con Brines, en Valencia, opto por Longares, que también es un hombre otoñal y tal vez tímido. Es tímido, sin duda: habla de sí mismo pero poco. Responde a todas las preguntas de Pozuelo, sin dejarse nada; parece que le cuesta explayarse cuando le toca hablar de su último libro, Las cuatro esquinas, que son cuatro relatos conectados entre ellos no por los personajes, sino por la Historia de España: posguerra, años sesenta, transición y actualidad. No he leído el libro pero sus reflexiones sobre la escritura literaria frente a la no literaria me convencen y me hago a mí mismo la promesa de leerlo. Le pregunto, al acabar la charla, qué es para él una obra literaria. Coincidimos: el estilo, el cuidado mayúsculo del escritor por el lenguaje que emplea en sus narraciones, en sus novelas, sin que por ello tenga que renunciar a la experimentación o a la vanguardia.

A las doce y media salen Longares y Pozuelo del Teatro Fernando de Rojas y entra Belén Gopegui, a mi juicio la Susan Sontag española. Como Sontag, Gopegui se resiste a enmascarar el paso del tiempo tiñéndose el pelo, que es de un color gris tirando a blanco; como Sontag, Gopegui tiene una mirada profunda, que da la impresión de atravesarte o, mejor dicho, de penetrarte. Porque su mirada no se queda al otro lado de las cosas, sino que penetra en ellas y las analiza, las exprime, las devora para extraer lo bueno o malo que hay en ellas. Como la de Sontag, la inteligencia de Gopegui no presenta fisuras: sus planteamientos son sorprendentes, sus propuestas arriesgadas y siempre nadan a contracorriente. Su escritura es La Escritura.

Yo esperaba este momento con ansiedad. Podría decir que he venido a Madrid para la entrega de premios, esta tarde, o para disfrutar de las charlas o de la música, anoche. Pero no sería del todo cierto. He venido a Madrid a escuchar a Gopegui, igual que hubiera venido sólo por escuchar a Sontag.

La conferencia versa sobre "Lenguaje y poder", y no es una conferencia al uso. Un personaje inventado por ella (un personaje masculino, su heterónimo, a quien llama Enrique Puertonovo) encarna en sí mismo el tema de la exposición. Todo lenguaje es manipulación y la suya conduce a la audiencia a través de una disertación, con performance incluida, en la que Puertonovo analiza los modos y maneras del decir, del narrar y del callar. Del silencio. Gracias a este personaje, no es ella la que está hablando, sino un hombre que ha escrito las novelas que ella ha escrito; que piensa las cosas que ella piensa, que habla del silencio de quienes no hablan porque no pueden hablar por estar sometidos o de los que no quieren hablar, sencillamente porque se guardan para sí mismos lo que piensan. Porque no hablar no significa no pensar. Porque no hablar es también rebelarse. Callarse es un nuevo lenguaje, con sus propias reglas, aunque nos cueste entenderlas.

A la una y veinticinco salgo apresuradamente de la conferencia, que ya ha concluido, y subo las escaleras pensando que me gustaría leer de nuevo las palabras de Gopegui. Hay tantas propuestas en su charla que me ha costado retenerlas. Reconozco que me he perdido la mitad, pero lo que he entendido, lo que he podido anotar, colmará mis ansias de Gopegui una buena temporada.


Ha llegado el momento de asistir al taller de Juan Bonilla, en una pequeña sala de la quinta planta: Cómo hacer poesía sin escribir un solo verso, dice el programa. La audiencia es reducida: cinco chicas y yo. Bonilla ataca: <<¿qué es, para vosotros, lo poético?>>. Nuestras respuestas se complementan: emoción, lenguaje, evocación, belleza, trascendencia… No: <<poesía es acción>>, dice Bonilla. Lo poético se sostiene en la mirada del lector, que interpreta la mirada del poeta. Es el acto de mirar, la acción de mirar lo cotidiano del mundo a través de un nuevo prisma. Cualquier cosa puede ser poética si se mira por el lado adecuado, hasta la lista de necrológicas de El País de esta misma mañana:

Jacinto Rupérez Vicenç, 85
Encarna Sarástegui López, 72
Manuel Martínez Cobaldo, 89
Aurora Tejedor García, 81
Bernardo Pascual, 93
José Luis Prado Rubio, 17

Este último verso, endecasílabo, encierra un misterio, una Verdad: la muerte puede sorprender a cualquiera. Está a la vuelta de la esquina, al acecho, preparada para cruzarse con nosotros, sin que le importe la edad. Esto es poesía.

Por la clase van desfilando los lejanos fantasmas de Dorothy Parker, de Quevedo, de William Carlos Williams:

Me comí las ciruelas que había en la nevera
y que probablemente tú reservabas para desayunar.
Perdóname, estaban deliciosas, tan dulces y tan frías.

Estas líneas las escribió el poeta norteamericano a su esposa en una nota que dejó en la nevera. <<¿Es esto un poema?>>, pregunta Bonilla. Nosotros dudamos. Vacilamos. Respondemos con ambigüedad, sin saber qué decir, sin decir nada o diciendo casi nada… Estas palabras son una puerta que se abre a la poesía y quieren decir: <<todo vale>>. Todo puede servir al poeta para componer poemas. ¿Todo? Bonilla matiza: un poema necesita estructura, necesita cadencia, necesita un misterio, y revela una Verdad. Esa Verdad fulgurante del último renglón de la necrológica.

Las dos horas del taller transcurren como un soplo de viento, hermoso y fugaz.

¿Ya son las tres y media? ¿Ya ha terminado? Sólo ahora vuelvo a notar los pies fríos, helados por la ducha de esta mañana. Hasta este momento sólo he sentido palabras, poemas, ideas fulgurantes y acertadas, atravesando mis oídos mis ojos mi cuerpo entero, la luz llenando la estancia vacía de mis ojos.

Sí. Son ya las tres y media. Salgo a comer y de golpe vuelve el nerviosismo. En menos de cuatro horas se celebra la entrega de premios. Hasta este momento había conseguido olvidarme de eso, pero de repente, con el tictac acuciante del reloj, vuelve el pensamiento y con el pensamiento, el nudo en la boca del estómago, el temblor en los párpados, la boca seca. Me obligo a pensar en otra cosa. Me obligo a pensar en Gopegui y en Bonilla. Pero la comezón regresa, mordisqueándome los ojos y avivando los latidos de mi corazón, vaciándome de mí mismo. No es perder -o ganar- lo que me paraliza. Es oír mi nombre pronunciado en el micrófono y repetido en la sala Chill Out por los altavoces; es subir al estrado para recibir el diploma de finalista y tener que sostener el peso de cien miradas mientras sonrío o bizqueo, o qué sé yo. Es inhumano. Es antinatural. Es extraño. Siempre me ocurre lo mismo.

En el apartamento no puedo comer y apenas como. No puedo beber, pero me esfuerzo en agotar el botellín de agua. Tampoco puedo leer y decido echarme en la cama. Cerrar los ojos. Detener el temblor. Dejar de existir por un instante, porque después tendré que existir durante un rato, durante un buen rato. Y los ojos ajenos que me mirarán, me están mirando ya ahora, en mi cama, arropado por el vinilo de la pared, Don Juan Tenorio. No consigo dormir.



Pasadas las seis de la tarde me encuentro de nuevo en el segundo piso del Círculo de Bellas Artes. He quedado aquí con Andrea Temes, que organiza los eventos del Festival y nos informa a los finalistas del protocolo de la entrega de premios. Es simpática, morena, va vestida de rojo y me infunde sosiego. Más tranquilo, pido una cerveza en el bar y me acomodo en una de las mesas esperando a que den las siete y media.
Anestesiado un poco por el alcohol y la algarabía que orquestan lectores y escritores, mi nerviosismo se dulcifica. Casi ni lo siento. Mientras tanto observo a los asistentes, a los escritores que conversan en pequeños corrillos. Veo a Juan Bonilla, a Fernández Mallo, a Luis Alberto de Cuenca, que acaba de dar una conferencia que también me he perdido. Ya es casi la hora y llego a la zona Chill Out. Camino Brasa presenta el evento y Fernández Mallo ejerce de maestro de ceremonias. Nos llaman uno a uno por orden alfabético: Javier Calvo, Cristina Gálvez, Carme García Parra, Jesús Zomeño… y algunos otros que no han podido venir porque viven al otro lado del charco. Oigo mi nombre, Rafael Ventura, y ya no oigo nada más. Me levanto mientras Camino lee cuatro o cinco líneas de mi biografía literaria pero no la oigo. De golpe estoy sobre el estrado, dándole la mano a Fernández Mallo, quien me entrega el diploma enmarcado y me dice (esto sí lo oigo): <<Enhorabuena, Rafael>>. Yo le doy las gracias, poso con una sonrisa absurda y bajo del estrado. No ha sido tan difícil, después de todo.

El premio recae en el barcelonés Javier Calvo, por su cuento Nínive, que lee o, mejor dicho, escenifica, impostando la voz de uno de los personajes, Álex J., enfermo de un centro psiquiátrico. Es un cuento enfermizo, grotesco, pegajoso, obsesivo, transgresor. No sé si me gusta, pero le reconozco un doble mérito: el de cautivar al lector, poseerlo, agarrarlo por el cuello con sus imágenes hipnóticas y a veces nauseabundas; y el mérito de criticar incisivamente las convenciones más cuerdas y aburridas gracias a este personaje neurótico, autor de Lavabos y dioses: una aproximación litúrgica.

Tengo tiempo, todavía, para acudir a una última conferencia. Como son más de las ocho no llego al cara a cara entre Ana María Matute y Juana Salabert, una pena. Decido, en cambio, subir a la quinta planta para escuchar la conferencia de Luis Magrinyà: Harry Potter y los hermanos peleados. Magrinyà se explica: tomará como arranque de la conferencia un relato con Harry Potter de protagonista aunque podría haber sido cualquier otro, por ejemplo el doctor House, digo yo. En su charla propone una concepción particular de la literatura alejada de tópicos: el héroe que intenta entrar en una fortaleza cuyo acceso le está restringido; o por el contrario, el héroe que, dentro de esta fortaleza, quiere salir a toda costa rebelándose a sus captores. Son tópicos que hay que evitar, porque los tópicos no describen nada, no aportan nada.
Magrinyà sugiere que el héroe puede muy bien permanecer dentro o fuera de la fortaleza sin que le importe demasiado. ¿Qué ocurre cuando se acomoda a las circunstancias tal como le llegan? ¿Qué ocurriría con Romeo si hubiese podido conquistar a Julieta sin que Montescos y Capuletos pusieran el grito en el cielo y desenvainaran las armas? <<A veces me han acusado, dice Magrinyà, de alejarme de la realidad. Pero no es cierto que me aleje de ella, sino que me concentro en un rincón de la realidad. Un rincón acaso menos transitado pero que no deja de ser real>>. Permeabilidad de las fronteras: el nuevo héroe no tiene por qué vencer tentaciones o sufrir contratiempos externos; el conflicto, el pathos narrativo, está en otro lugar y hay que buscarlo, aunque sea linterna en mano.

Esto se acaba, me digo. Antes de abandonar el Festival me doy una vuelta por la segunda planta. Repaso los libros. Compro alguno y me quedo con ganas de muchos otros mientras a mi espalda el público rodea un espectáculo de danza. Después salgo a la calle, retomo el camino al apartamento, me escurro entre las gentes que a estas horas están cenando ya en los restaurantes de Huertas, donde no encuentro mesa ni a tiros. Consigo entrar en un pequeño garito de comida libanesa y ceno como un señor, como un Tenorio, agotando los últimos minutos de un día que será difícil de olvidar.

8 de junio de 2011

Chantal Maillard en la Universidad Politécnica de Valencia

No sé cómo anoche las paredes aguantaron.

Era una sala pequeña, contenía el tenso silencio de cincuenta o sesenta personas, todas atentas a cada gesto de la poetisa: cuerpo menudo, llevado al límite de su expresión, tan esencial como su poesía -depurada, limpia-; los ojos, diáfanos, tan transparentes como sus palabras, sin sombras enmascarando el pensamiento; el pelo en cambio, contrastaba con esa luz, con esa blancura en el rostro y las palabras, tan negro era como un sol negro arrodillado ante el Señor del Bosque de Hainuwele.

Cuerpo y mirada: esencia y pensamiento.

Mirada de ida y vuelta. Porque la poetisa concentró su calma en todos los que allí esperábamos oír su voz, callados. El tiempo se dilató con el avance de sus primeras palabras, deslizándose lentas como cantos rodados, medidas no por lo que quería decir, sino por lo que veía en nosotros, los observadores, los escuchadores, los que atendíamos, en silencio, a su silencio.

Y después leyó.

Y se hizo la poesía.

Se hizo en ese mismo momento: la poesía.

Su poesía -vimos, descubrimos- no es la poesía del yo ególatra y salvaje de occidente, sino la del análisis del yo, la del análisis del sí mismo que observa. No una mirada sobre el mundo, sino una mirada sobre los ojos que miran el mundo.

Derribar conceptos, eso dijo. Conceptos como muros, aunque sean tan altos como Platón: Matar a Platón -reza uno de sus poemarios-: igual que Nietzsche sentenció a Dios (a dios) con la capital de las penas, así Maillard mató la servidumbre a nuestros platónicos antepasados... porque la poesía que nace de la poesía que nace de la poesía que nace de la poesía y etcétera, está manchada, ultrajada... es tan inútil como la piel que abandona una culebra. Deshechos que vienen de deshechos. Heces. Hay que buscar una nueva poesía.

La poesía renovada, renacida, pura.

Chantal Maillard, el sol negro, alumbró anoche el pequeño salón de actos de la UPV.

No sé cómo las paredes aguantaron el peso de sus palabras puras.

22 de junio de 2009

Gestos – Una fotografía de Marcelo Royán

Me han contado que el autor de este retrato tropezó con su dueño en el parque del Retiro de Madrid, a la salida del metro. El personaje era un italiano bohemio, algo cómico en sus maneras, aspecto de vividor empedernido y estudiada pose de trasnochador de bodeguilla. Al descubrir la réflex colgada del hombro del fotógrafo y la mirada curiosa de quien anda siempre buscando el instante para congelarlo tras el ojo de la cámara, el italiano no dudó en pedir ser retratado. Fiel a su alma exhibicionista, se fue dejando llevar por el dislate de las muecas, la contorsión de los labios, el asalto de la expresión sofocada, el desplante de una lengua enrojecida que no hacía sino empañar sus gestos cada vez que el fotógrafo le apuntaba con la cámara. Éste, algo aburrido, a punto estuvo de abandonar la sesión. Pero decidió esperar.

El italiano seguía practicando todo un teatro de lo grotesco entre las hayas del Retiro; se sumaba a las risas de los paseantes, hacía el pino imitando a las ardillas; contemplaba, impávido, una luna inexistente sentado junto a un quiosco. El fotógrafo, con pulso de cazador, enfocaba y desenfocaba un zoom arriesgado buscando el instante propicio. Click. Click. Paciencia, se decía, ya llegará el momento.

El italiano se tumbaba sobre la hierba. Abría los brazos y las piernas, miraba y dejaba de mirar el ojo de la cámara. Con tanto ahínco cosechaba la sinrazón del gesto que el fotógrafo se preguntaba si, en verdad, detrás de aquel rostro había un hombre o solo una marioneta. Pero seguía disparando: click, click. Una mueca saltarina. Click. Un parpadeo. Click. Un fruncir los labios y la frente y las mejillas y las manos sobre la cabeza y otra vez el baile de las máscaras.
Todas las señales daban por concluida la sesión: cada vez eran menos los paseantes, menos las palomas que los merodeaban, más escasa la luz que daba color a aquella tarde que comenzaba a declinar. El italiano sonreía, mostrando una decena de dientes. El fotógrafo, en cambio, esperaba su momento. Click.

Terminó el alboroto. Tal vez cansado de lo variopinto de sus gestos, el títere dio por concluida su representación. El demonio que llevaba dentro dejó de agitar los brazos, las piernas. Dejó de meter barriga y relajó los hombros. El italiano, con el rostro sereno y la mirada recobrada de quien despierta de una pesadilla, regresó de su opereta de salón. Entonces llegó el click definitivo. El click de la magia. La perfecta sintonía de un dedo que acciona un pulsador mecánico y la mirada de un hombre que por fin admite su tristeza, su singularidad, su frescura. Acaso también su grandeza. En la pupila de la cámara se concentró la honda expresión de aquel hombre que hasta ese momento no hacía sino interpretar personajes asediados por las luces de las candilejas.

Y el rostro fue. Y el fotógrafo lo encontró bello. El click consiguió derribar el adobe de los muros cimentados sobre el barro. El click celebró la melancolía de una piel atezada por el Sol. Surgió el resplandor de los matices, los gestos de pura tranquilidad y entrega, los labios cuarteados de morder el mundo, la huraña ternura del viajero, el brillo en los ojos de quien descubre que más allá de las fronteras se está siempre solo.

“Yo soy así”, dice el hombre.
“Esto es un hombre”, dice la fotografía de Marcelo Royán.

Este es el hombre del gesto recobrado.

Fotografía "Gestos" © Marcelo Royán
http://www.flickr.com/photos/marcelorg/3405422334

27 de mayo de 2009

Caminar por el aire

Alguien me contó un día que el escritor se parece mucho a esos personajes de los dibujos animados que llegan a un precipicio y continúan andando sobre el vacío, felices, ignorantes, sin darse cuenta de que caminan por el aire a muchos metros del suelo. No sienten vértigo ni espanto, los guía una fuerza mayúscula que los empuja y los ciega. Sin embargo llega un momento de este paseo feliz en el que el personaje descubre bajo sus pies el abismo insondable y la remotísima tierra donde probablemente augura que verá su cuerpo aplastado.

Ese es el instante de lucidez el escritor. Una bombilla se enciende sobre su cabeza: hasta entonces el escritor escribía por el placer de escribir, la inspiración y el aliento lo llevaban donde no lo llevaban las ideas o la razón; pero después de haber estado andando un largo trecho, se descubre a sí mismo en el aire y vacila cada uno de los pasos que quiere dar para seguir adelante. Se ha llegado entonces al momento mágico de la creación, para el que existe un secreto que sólo susurran, después de muchas copas y risas, los escritores más veteranos.

El secreto es este (mi amigo escritor me lo confesó todo, un poco ebrio): para mantenerse suspendido en el aire sin caer al abismo es necesario cogerse del pelo y tirar hacia arriba. Sólo de esta forma, con esta obstinación de Hércules enloquecido, se puede sobrevivir a la escritura. Hay que seguir caminando por el vacío, mantenerse en el aire. No hay camino, porque es invisible. Estás gravitando y el borde del precipicio queda ya demasiado lejos como para volver atrás. Tampoco puedes permitir que tu cuerpo se haga añicos contra el suelo.

En este asunto hay una felicidad y una miseria. La felicidad es volver la vista atrás y contar la baldosas que flotan en el aire por donde hemos pasado: esas baldosas las has inventado tú, pues antes no estaban, sólo había un gran vacío y abajo el precipicio. La miseria y sinrazón del asunto es el camino que queda por delante: incierto, huidizo. Tanteas con la punta del pie si allí delante hay otra baldosa como las que has ido dejando atrás y no lo sabes hasta que no saltas sobre ella. Pero tienes que creer en ella. Tienes que soñarla con fuerza. Y sujetarte por el pelo. Y tirar hacia arriba. Y dejarte llevar por la ilusión de que allí sí hay, en verdad, otro peldaño.

Yo confío en que todavía quedan peldaños por delante, pero también tengo miedo de que no sean estables, o suficientemente sólidos como para aguantar mi peso y que llegado el momento de poner el pie en ellos no puedan sostenerme y me venza entonces el delirio de la caída.

Creo que no. Quiero pensar que no. Aún soy un dibujo animado y puedo tirar de mi pelo para andar por el vacío sin miedo, con convicción.

Incluso con los ojos cerrados.

22 de abril de 2009

Mundo escrito y mundo no escrito

Tengo dentro lo escrito y lo no escrito. Las palabras que ya he caligrafiado sobre el papel y también las palabras que aún no he escrito. Yo amo esas palabras que no he escrito. Amo las palabras que aún no he escrito.

Este deseo se retuerce. En lo más hondo gime un dolor agudo por reconocer el rostro de lo no escrito y por volver a ver el rostro de lo escrito. Hay dos rostros: uno existe, el otro no.

Lo no escrito existe si cierro los ojos para mirarlo. Respira. Es orgánico. Cerrar los ojos es atarse con las dos manos la venda que dirige la mirada adentro, donde lo no escrito vive. La palabra no es más que una huella apenas visible de eso que dentro se agita. De eso que dentro aún respira. Una huella que respira. Las palabras son los trazos emborronados que quieren significar un algo, el paisaje de un algo, el mapa que define los contornos de ese algo y delimita su forma y le da abrigo y entonces es. Porque está escrito y las palabras son como la sangre corriendo por las venas de lo escrito.

Lo que ya está escrito en el papel entabla una conversación con lo no escrito, con lo que nunca he escrito. Lo escrito le habla a lo no escrito como la voz que habla a un silencio que luego será voz. Emitirá su réplica. Lo no escrito es una voz. También es una voz, como lo escrito. Una voz que no se calla. Lo no escrito es una voz que no se quiere callar. Y en este debate en el que uno habla y el otro asiente en silencio no es menos elocuente aquello que nunca se ha dicho que lo que sí se ha dicho. La voz de lo no escrito me persigue, me despierta por las noches o no me deja dormir. Incansable en su batalla por brotar en nuevas ramas que serán, después, lo que se escribe.

Lo escrito brilla con su propia luz e ilumina lo no escrito, que es una luz apagada. Son dos mundos en constante movimiento. La dialéctica perturbadora entre el ser y el no ser. Entre lo escrito y lo que no está escrito.

Entonces vengo aquí, a este cuaderno que sostiene el peso débil de mi caligrafía y se deja penetrar por ella sin emitir una queja, y lo no escrito comienza a ser lo que ya está escrito. Lo no escrito deja de existir y sólo existe lo escrito. Esto. Lo que ahora estoy escribiendo y luego vendrás tú para leerlo. Leerás lo escrito. Pero no podrás leer lo no escrito.

Lo que no te he contado es que lo no escrito sigue latiendo dentro después de haberlo escrito. Porque lo no escrito permanece dentro. Lo no escrito queda dentro. No ha salido. Se refugia en lo hondo. Sólo ha brotado lo escrito. Esto que estás leyendo no es, ni será nunca, lo que yo no he escrito. Será otra cosa. Lo no escrito no será.

Hay dos mundos: el mundo escrito y el mundo no escrito. Yo persigo el mundo no escrito y sólo obtengo el mundo escrito. Me esfuerzo por conseguir que un día salga a la luz lo no escrito, pero lo no escrito se resiste. Lo no escrito sólo puedo leerlo si cierro los ojos y miro adentro. Si me tapo los oídos y escucho adentro. Si consigo que las palabras desaparezcan y con todos los sentidos alerta, me sumo en el placer que provoca lo no escrito. En ese vértigo de lo no escrito. Aún no lo he conseguido. Lo no escrito resbala como agua entre los dedos. Lo no escrito no es. Entablo esta batalla que he perdido de antemano. ¿Por qué?

Ahora sé que jamás podré escribir lo no escrito. Entonces cierro los ojos para mirar lo que no he escrito. Para que fluya. Para que sea. Y, aunque no pueda compartirlo, me doy cuenta de que hay un lector para lo que aún no escrito: ese lector soy yo.

24 de marzo de 2009

Desencuentros

Laura: Una vez caminaba por la calle enfrascado en no recuerdo qué pensamientos urgentes o graves o ambas cosas a la vez, cuando escuché apenas que alguien me llamaba por mi nombre. Como no me detuve me cortó el paso y me vi en la obligación de alzar la mirada hasta tropezar con el rostro de un joven a quien no conocía o, mejor dicho, no lograba ubicar en ningún contexto donde pudiera determinar quién era, cómo se llamaba, en qué situación nos habían presentado o qué circunstancias habíamos vivido los dos juntos o en compañía de otros. Él repitió mi nombre. Se alegraba de verme. Disfracé mi vergüenza por no reconocerlo con una sonrisa cortés e interpreté aquel encuentro como mejor supe hacerlo. Dije: “¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida?”, y muchas cosas así. Frases perfectas para salir del atolladero que además consiguieron engañarlo a él, que creyó mis palabras y continuó demostrando simpatía sin ocultar esa alegría primera que lo urgió a detenerme en mitad de la calle. Como después de un rato era imposible preguntarle su nombre llegó el momento en que no supe añadir nada más a la conversación y bastó este silencio interpuesto entre nosotros para despedirnos uno del otro repitiendo de nuevo lo encantados que estábamos los dos de habernos visto después de tanto tiempo. Cada cual siguió su camino pero yo me marché reemplazando aquellos pensamientos que me envolvían antes de tropezar con él por otros que trataban de abrir las puertas de la memoria, buscando tras ellas una respuesta para ese rostro todavía joven, si bien poblado de una barba de tres días y aquellos ojos oscuros y profundos, apremiantes.

¿Habríamos compartido clase en el colegio? ¿En la universidad? ¿En algún trabajo posterior? ¿Habría sido mi amigo uno de los veranos en la playa? ¿En la villa familiar? (Imposible: lo recordaría.) ¿En qué fiesta de botellas medio vacías y vasos de plástico habríamos coincidido? ¿En casa de quién? Pensé que pronto olvidaría el asunto, pero los días pasaban sin que la luz del recuerdo consiguiera alumbrar ese rostro repetido tan nítidamente ahora como borroso e inútil figuraba en mi memoria.

No he vuelto a encontrarme con él y, si se diera el caso, no dudaría en preguntarle el nombre después de admitir la triste realidad, mi absoluto desconocimiento de su persona. Sigo sin saber quién es, sin embargo este suceso ha causado un gran trastorno en mi vida, pues cuando ahora camino por la calle evito que mis pensamientos se apoderen de mí hasta el punto que voy buscando a mi alrededor, no a él, sino a cualquiera que en un momento dado pueda llegar a reconocerme. Me cruzo con las miradas de los demás transeúntes y me atormentan. Si alguien esboza una sonrisa acudo a ella presentándome, diciendo mi nombre en voz alta, a veces fraguando una nueva amistad si el encuentro ha sido solo una equivocación propiciada por un gesto de respuesta a mi saludo. Hay quien me ha tachado de loco. Algunas mujeres me han llamado acosador al creer erróneamente que trataba de conquistarlas con mi asedio callejero. La frágil memoria de los viejos que tampoco me conocen los obliga a admitirme con un abrazo cariñoso y envían recuerdos para toda la familia.

Temo que un pequeño despiste, una vacilación sospechosa, pueda reproducir una situación como aquella. No resistiría volver a cargar con ese peso agotador de llevar sobre los hombros otro desencuentro semejante. Los rostros se superponen pero, aunque no lo creas, a tí esta tarde sí te he reconocido. No pienses mal de mí, pues ¿cómo podría olvidarte, Virgina?

22 de febrero de 2009

Una pequeña biblioteca

Me pide un amigo que le confeccione un listado de cuatro o cinco libros imprescindibles que hayan condicionado mi existencia, mi vida lectora y también la otra. Imposible. Por más que me esfuerzo, nada. No es tarea fácil desestimar de entre todas, solamente unas cinco obras que han sobrevivido a sus autores y aún hoy mantienen esa calidad y supremacía sobre las demás. Por eso pensé en una lista triple. Una lista dividida en tres partes, cada una de las cuales va elevando el nivel de dificultad lectora progresivamente, pero no tanto por la complicación de su trama -más bien al contrario- o de su enunciación narrativa, o su estilo, sino por la cantidad de “lecturas” que pueden hacerse de cada uno de estos libros. Por ejemplo, los libros de la tercera parte son, a la vez, muchos libros.

Esta es la lista:

Primera parte:

-A sangre fría - Truman Capote
-Ensayo sobre la ceguera – José Saramago
-La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios - Eduardo Mendoza
-El país de octubre, Crónicas marcianas, Fahrenheit 451 - Ray Bradbury
-Solaris - Stanislav Lem
-Pasaje a la India - Forster
-Trilogía de Nueva York, Leviatán, El palacio de la luna – Paul Auster
-Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí – Javier Marías

Segunda parte:

-El túnel – Ernesto Sábato
-Cuentos completos – Julio Cortázar
-Cien años de soledad - Gabriel García Márquez
-El proceso, La metamorfosis y todos sus relatos – Franz Kafka
-La muerte en Venecia – Thomas Mann
-Entre visillos - Carmen Martín Gaite
-Jacob Von Gunten - Robert Walser
-Madame Bovary – Gustave Flaubert
-El pabellón de oro - Yukio Mishima
-Todas las novelas de Colette
-Cuentos – Antón Chéjov
-Anna Karenina – Leon Tolstoi

Tercera parte:

-Velocidad de los jardines – Eloy Tizón
-Rayuela - Cortázar
-El cuarteto de Alejandría - Lawrence Durrell
-Primera nieve en el monte Fuji, País de nieve – Yasunari Kawabata
-Pedro Páramo - Juan Rulfo
-La señora Dalloway, Las olas - Virginia Woolf
-Lolita, Ada o el ardor - Vladimir Nabokov
-La geometría del amor - John Cheever
-El astillero – Juan Carlos Onetti
-El sonido y la furia – William Faulkner
-En busca del tiempo perdido – Proust

Es indudable que después de leída la lista afloran muchas otras obras magníficas que no han sido incluidas... la razón es obvia: un listado “completo” sería interminable, y necesario, por tanto, un espacio infinito como la biblioteca de Babel del relato de Borges.

15 de enero de 2009

Carson McCullers (1917-1967)


He recibido tu fotografía. Ríes. Los párpados apenas entreabiertos. Tu rostro límpido bullendo hacia mis ojos. Disimulas tu cuerpo enfermizo y frágil bajo una blusa radiante; el cuello abotonado como un lacre que pretende esconder horribles tempestades, naufragios, alcoholismo. Pero tú ríes. Una carcajada flota en Central Park para nosotros y esta risa tuya escapa de entre los dientes para llegar a herirnos como una bala de plata. Porque hay algo salvaje en tu risa: tiene algo de arma recién disparada, como también algo de aliento agónico, de preludio antes de la muerte, de enfermedad enquistada en el fondo de la risa.

Quisiste ser recordada así: riendo a carcajadas sobre una roca desnuda una tarde de primavera; feliz como nunca fuiste, alegre como un pájaro que trina sobre una rama sin saber por qué trina, ni falta que le hace. Tus ramas eran las historias que nos has dejado; tu árbol, la escritura. Y tú ríes con los brazos levantados al cielo azul de Manhattan, tu risa brotando como el agua, tus ojos mirando hacia dentro, hasta el fondo de la imaginación, laberinto intrincado donde el amor acechaba en cada recodo, en cada pasadizo, en cada vuelta a empezar el camino buscando una salida.

Rostro de niña enferma, frente despoblada, flequillo de institutriz, manos pequeñas de muñeca rota. No eras una mujer bella, pero creaste un mundo de pura belleza.

Por primera vez no miras a la cámara, no ensayas un rostro de escritora que más tarde decorará la solapa de tus libros; aquí eres tú misma, sólo tú y esa risa que galopa hasta nosotros, confundiéndonos, hiriéndonos. Tienes veinticuatro años, la mitad de tu vida, y ya has conocido el éxito. La crítica festeja con champán tu primera novela, un éxito de ventas. ¿De eso ríes? La mitad de tu vida a los veinticuatro años y comienza tu andadura hacia el ocaso, ¿podías sospecharlo? Después vendrán los otros días, el infierno de la página en blanco, la triste razón del escritor solitario, demasiadas tardes de alcohol, de cigarrillos y de lágrimas que no llegan a humedecer tu rostro porque te nacen dentro. Pero aquí, en esta fotografía, ríes. Una luz surge de alguna parte. Del cielo, de las ramas de los árboles, de los pájaros. Una luz inunda el fondo de tus ojos y los cierras con el gesto de tu risa para enjaular la belleza y guardártela dentro, para más tarde, para cuando llegue el instante de ponerte frente a la máquina y escribirnos otra historia, esta historia tuya de la risa, de las lágrimas y de la bala que mata en la mitad de una vida, disparada entonces, en Central Park una tarde de primavera, eras tan joven.

Y la risa, ahora que la risa es este instante de blusa almidonada, de suerte recién echada en la ruleta que gira a golpe del tambor de una máquina de escribir cuya cinta negra jamás deja de avanzar. Y después la muerte, eras tan joven. Tu risa, que martillea los folios y los convierte en poesía. Tu risa.

Carson, he recibido tu fotografía. Todavía ríes.

Fotografía © Louise Dahl-Wolfe, 1941

31 de diciembre de 2008

Humo, aire, nada

No es difícil venir a este rincón en el que apenas cabe una silla y una mesa y parece estar siempre delimitado por una línea de puntos dentro de la cual todo puede suceder, y sucede. No es tan difícil decir adiós a la luz de la tarde o al barrio lleno de vida o a la duermevela de sofá y manta para permanecer durante horas inmerso en la urdimbre que las palabras procuran a los sueños, la tela en que se acunan las historias, los personajes, los detalles. Pero, al contrario de lo que parece, tampoco es del todo placentera la tarea de andar descubriéndose el corazón para mostrarlo despojado de su coraza y verlo después reposar sobre la tela de araña que lo sustenta, tan desnudo, tan solitario, a veces tan dolorido. Porque escribir duele, y no hay peor dolor que el soportado en silencio, pues se escribe en silencio. La única voz que va aflorando con su suave música es la de los recuerdos o la imaginación, y por eso escribir es regresar al silencio de las palabras, al silencio marchito y fúnebre de los recuerdos.

El año languidece y es el momento de hacer balance de los días que hemos ido dejando atrás. Llega el final de un año y uno piensa que es necesario resumir en unas líneas qué ha sido de la vida –de la escritura- durante todos estos meses un poco arrítmicos que se han ido no se sabe cómo, entre lecturas y voces y noticiarios y tranvías y mañanas de tedio en la oficina y noches en que me resisto a ser uno más, uno cualquiera, y por eso me encierro en este cuarto en donde todo es posible si lo escribo.

Hago el balance siendo Víctor Goti y siendo también Fedora, escuchando a ambas voces por igual, con todos los sentidos alerta frente a la vulgar razón y a la osada imaginación. Goti y Fedora. Fedora y Goti.

Y por eso enumero aquí, una vez más en el centro de este círculo de tiza, algunos títulos de los relatos que Fedora me ha ido susurrando al oído y que yo –siendo el Goti razonador y crítico- he tratado siempre de componer con la paciencia del escriba. Ese Goti que he sido y sigo siendo se afanaba en trazar las geometrías de todos esos mundos soñados antes de estar escritos en una hoja de papel, de esos universos envueltos en brumas que ahora empiezan a ser, o tal vez ya sean, el primer borrador de un libro de relatos: “Sillas vacías”, “El sótano”, “Maga”, “Zzzz” o la “Sinfonía de Eugène Taggilo”, etc.

Trataré de acabar el año como me gusta acabar los cuentos: con un final abierto que precisa de la imaginación del lector para completarlo, para redondear el círculo y echar así el cierre a la historia que cabe en un puñado de folios. Por eso ahora, mientras escribo, abro el cuaderno en donde mes a mes voy haciendo capítulo de lecturas y me doy cuenta de las deudas. Percibo en esas voces muchos pálpitos que también resuenan en mi escritura: resonancias, la respiración de esos otros mundos que alumbran mi propio mundo. En justicia debo honrarlos aquí con debida y cronológica enumeración: Vladimir Nabokov, Eloy Tizón, John Cheever, Carlos Castán, Rilke, Simone de Beauvoir, Juan Benet, Lewis Carroll, Bulgàkov, Edgar Allan Poe, Andrés Neuman, Manuel Talens, Mohamed Chukri, Ramón Gómez de la Serna, Robert Walser, Italo Calvino, Natalia Ginzburg, Marc Granell, Julio Verne, Antón Chéjov, Thomas Mann, William Faulkner, José Moran, Kafka, Kawabata, Juan Ramón Jiménez, Roland Barthes, Carmen Martín Gaite, Cristina Peri Rossi, Guadalupe Royán, Fernando Pessoa, Julio Cortázar, Truman Capote... y muchos otros sin cuya escritura, ¿qué podría decirse de mi propia escritura? Quizá este final no sea tan abierto como el de un cuento, porque la respuesta a esta cuestión a lo mejor sí la sé: humo, aire, nada.

13 de diciembre de 2008

My blueberry nights - Wong Kar-wai

Como un pintor que extiende sobre el lienzo los colores de un crepúsculo, de un abismo, o del leve roce de labios entre un hombre y una mujer que se aman sin todavía saberlo, así dibuja Wong Kar-wai uno a uno los rincones de su filmografía. En cada plano de su última película se recoge ese mismo fulgor impagable de neones y automóviles y rostros abrumados y trenes que atraviesan fugaces las calles de una noche oscura, todos los óleos de una luminosa paleta de sentidos.

Las tres historias que se van desplegando sobre el tapiz de My blueberry nights (2007) narran desde el detalle, desde lo ínfimo, desde la sugerencia: un pedazo de tarta con helado de vainilla se devora igual que se arrasan dos cuerpos entre las sábanas invisibles de una cafetería neoyorquina; la noche que nos juramos beber por última vez en la vida esa copa de vodka que nos gana una batalla puede anticipar, sin más, nuestra última noche; y ¿qué significa realmente ganar una partida a las cartas si todo lo demás se pierde?

Estas historias que se enlazan una tras otra, consolidan los temas del director honkonés: el amor, sus raíces, sus bifurcaciones. Ese árbol que no deja de crecer. La pérdida siempre amarga del amor es pintada aquí con el azul espeso y hondo de los abismos; el fin de una amistad con el oro de luz de los desiertos, y el amor naciente con el rojo luminoso de los neones, con el dulce chocolate de un bizcocho preñado por la crema. Revive su tema, el amor, sacándolo de su bolsa plastificada, de estas absurdas comedias románticas norteamericanas, limpiándolo de polvo y caspa para garantizarnos que la pasión y el deseo todavía siguen siendo imperecederos, permanentes y por siempre revisables, otra vez abordables. Sin rubor, con poesía.

No hay brillo que se apague en My blueberry nights. Esta explosión del verde, del rojo, del amarillo, del azul, que a grandes trazos va pintando toda la película, se extiende también con la misma intensa deflagración a los pequeños detalles: llaves que abren o no abren puertas, ventanas siempre cerradas, cristales a través de los que vemos sin ver apenas, ópticas de la cámara distorsionadas justo cuando el horror se mezcla con la rutina. Un mundo de incomunicación y azar que conserva todos los matices de esa otra obra maestra -y al mismo tiempo imperfecta, veloz, claustrofóbica, bella- que es Chunking Express (1994).

Fiel a sí mismo, fiel a su cine, a sus historias, explorador del color, ha mantenido intacto el barroquismo formal que ya trazó con rigor en los fogonazos verdeazulados de los amantes de Happy Toghether (1997); en los sombríos ocres de In the mood for love (2000); y hasta en su pieza The hand, rodada para la película Eros (2004).

Todavía hay un hueco en el cine para aquellas miradas diferentes y virtuosas que arrojan su propia luz sobre el mundo, su paleta de colores.

Wong Kar-wai piensa sus películas a lápiz, con una endeble mina de grafito, apenas las perfila, pero cuando se arrellana en el sillón de director, cuando el equipo de técnicos enmudece y la claqueta chasquea para dar paso a la voz de los actores, se convierte en uno de esos maestros que, como Tiziano, Picasso, Stendhal, diseñaban un nuevo mundo a la medida del hombre. Un mundo de profundo color y rabiosa armonía.

11 de noviembre de 2008

Apuntes para una definición de la Argentina (o casi)

Aceptamos con protocolario entusiasmo esta tregua de veintitrés días que nos ofrece la oficina para enfilar rumbo al hemisferio sur, allá donde dicen que el mundo se acaba y el viento helado del Pacífico se enreda con el del Atlántico paseándose de este a oeste por el canal Beagle, ese paso entre océanos que antes de llamarse Beagle servía de patria a los yámanas, habitantes desnudos en este mismo frío que mucho después, ya con polar empeño, arrancaba las ganas de fugarse a los penados de la prisión de Ushuaia, conocida como la ciudad más austral de la República de Argentina.

Dice uno Argentina y de pronto brilla en la memoria un trozo de mapa que con inversión cónica se dibuja en el extremo más austral del subcontinente americano, como también nos asalta la imagen de su estepa patagónica, la vastísima amplitud de polvo y arbustos atravesada de norte a sur por la autopista RN-3, en la que de vez en cuando aparece, perfilada en el horizonte, la cabalgadura de un jinete que bien podría ser el legendario gauchito Gil.

El ocre del desierto y el azul turquesa de los témpanos desprendidos de los glaciares; el color de acero del lago Nahuel Huapi y el blanco imperturbable de la Tierra de Fuego, con toda su niebla de ceniza, sus cobres de otoño y su frío lunar. Pensar Argentina es llenar la paleta con todos los matices de color y surgir después un verde selvático que inunda el norte del país, allá donde limita en acuosa frontera con Brasil y Paraguay, en provincia de Misiones, la tierra colorada. Serán las cristalinas cataratas de Iguazú las que culminen un viaje bendecido por maravillas que solamente la naturaleza –geología, flora, fauna-, pueden ofrecer al hombre. A este hombre que de todo hace feria, botín y estraperlo pero que, esta vez, la naturaleza impide con honda sabiduría: pues ¿cómo esquilmar una catarata? ¿de qué forma puede uno explotar un glaciar? Gracias a la protección de los Parques Nacionales –concepto inventado precisamente aquí, en la Argentina- cada pedazo de tierra está considerado intocable, impermutable, y la única mano que el hombre pone sobre sus cimientos es la pasarela por donde camina el viajero para contemplar los saltos de agua o la carretera de ripio por donde circulan los autobuses de turistas.

Para saberse Argentina es necesario claudicar al tiempo y al espacio, dejarse llevar a lo largo de kilómetros de autopista a bordo de un ómnibus nocturno que te duerme en la costa Este –en Trelew, por ejemplo- y te amanece en San Carlos de Bariloche al borde de la cordillera de los Andes, con toda la noche a rastras en la que se van dejando atrás ciudades llamadas Esquel, o Bolsón, o Gaimán, tan cerca todas del río Chubut.

Pero pensar Argentina es también pensar en Buenos Aires, o lo que es lo mismo, abrazar por fin a un hermano a quien no conocíamos; del que habíamos oído hablar pero jamás nos presentaron. No hay mayor europeo que un porteño, como no hay mejor pizza que la que uno adivina en los escaparates de Palermo, mejor trazado en las calles que la geométrica delineación cuadriculada de toda la capital, ni parques más verdes que los de Recoleta y el Barrio Norte. En Buenos Aires queda uno contagiado por la inmensidad, sintiéndose diminuto, escaso, indefenso ante una ciudad gigante en la que el tráfico enloquece a cada instante para pavor del viajero, que se arrebuja en la butaca del colectivo como si en ello le fuera la vida.

No temamos al tópico de guía turística: asados de ternera, alfajores, dulce de leche, fútbol, tango, y también una debilidad inusitada por las librerías, las floristerías y los kioscos. A cada paso el viajero es asaltado por uno de estos hitos que le van marcando el rumbo de su deambular callejero, sin faltar los puestos de chocolatinas con el cartel de “No hay monedas” como aviso para navegantes. Y no había. Las monedas son un bien escaso en manos de mafias que las venden al 10% de su valor, pues son imprescindibles para pagar el autobús, comprar cigarrillos sueltos o la sencilla tarea de devolver el cambio... Mafias, políticos, y es que Argentina es además un complicado entramado político en el que siempre se habla del glorioso pasado -Perón, Evita-, del bochornoso Medem, así como ahora se alienta una izquierda que parece confundirse con la socialdemocracia de centro, protectora de burguesías y niveles medios, y tal vez demasiado poco cuidadosa con los más desfavorecidos: los Kirchner, bajo la brújula de los sindicalistas y de los medios de comunicación como Clarín, que consiguen –algunas veces- enderezar nefastos entuertos como la subida indiscriminada del coste en los productos agrícolas.

Y aquel que recorre este país deteniéndose a charlar con sus gentes sabe que Argentina es mucho más que la fachada de cincuenta metros de hielo del Perito Moreno, el agua vaporizada de los saltos Mbiguá y Goque en Iguazú, las toninas de Punta Tombo o la ballena Franca avistada en Puerto Pirámides, porque unas horas en Ushuaia con Viviana bastaron para comprender las razones del que emigra en busca de un resquicio al que acogerse para seguir adelante, como puede ser construir unas cabañas y llenarlas de turistas; o con Gustavo Holtzmann, de El Calafate, descendiente directo de polacos asentados en la Patagonia que se gana la vida cuidando caballos en una estancia; o aquella mañana tomando mate en el albergue de San Carlos de Bariloche con Jorge, que nos explicó la terrible manera en cómo perdió sus tres farmacias después del Corralito, en el 2001. Y Jimena, recién regresada de Norteamérica y pluriempleada en Buenos Aires para alcanzar a ganar poco más de 2000 pesos al mes (450 euros); e incluso la otra cara de la moneda, los de acá que emigraron allá en los sesenta: Eduardo y Victorina, dos inmigrantes españoles que se establecieron en la capital hace más de cuarenta años y construyeron su vida en una tierra demasiado lejos del país que los vio nacer.

Argentina: cúmulo de sinrazón y explosión de la naturaleza. Argentina: hermano de nuestro mismo idioma, capaz de contagiarnos el gusto por el mate y de hacernos sentir igual que si anduviéramos por nuestra propia casa. Porque irse a la Argentina, llegar a Buenos Aires y perderse por las galerías de antigüedades de San Telmo, tiene algo de visitar el Rastro un domingo por la mañana; pasear por la Avenida de Mayo entre la Casa Rosada y el Congreso, algo de las tardes por el Paseo de la Castellana, algo de las Grandes Vías de nuestras ciudades españolas con sus cafés con terraza y sus croissants recién horneados. Andar Argentina es seguir tantos rastros que son también nuestros rastros: Cortázar, Borges, el “Che” Guevara, Sábato; es escuchar todavía a Carlitos Gardel sonando con ligero crepitar en los vinilos de nuestros padres; es vivir otra vez la Historia si es que la Historia de la represión dictatorial y las fuerzas militares de Sudamérica no ha pasado aún por nuestras vidas, por nuestras lecturas. Es comprender un poco todo esto, y el por qué: por qué Cortázar nunca más quiso saber de su tierra si no fuera por el juego del recuerdo y la literatura, por lo que le quedó de aquel London Café donde escribió “Los premios”, o de su “Luna Park”, tantas veces nombrado en sus cuentos y tantas veces repetido en nuestro imaginario; o comprender también al “Che”, sus ganas de acabar con la miseria de las represiones militares sufragadas por Norteamérica que embargaban la libertad de Sudamérica.

La cerveza Quilmes de ¾; la poesía de Alejandra Pizarnik en los kioskos; las obras completas de Freud en cada esquina; el alfajor de maicena con dulce de leche y coco rallado; el último escándalo económico-político en la primera página del Clarín; la labia del porteño, y ese gesto azorado de sus manos y el fervor escondido en sus pupilas; y también la eternidad entendida como un sueño que se despliega de norte a sur, de la selva al hielo, a través de estancias de kilométrica tierra de nada, salvajemente vacía, si el vacío puede significar polvo, arena, arbustos y un jinete, un gaucho, como una sombra que asoma en lontananza en esto que llaman la Argentina.