22 de abril de 2009

Mundo escrito y mundo no escrito

Tengo dentro lo escrito y lo no escrito. Las palabras que ya he caligrafiado sobre el papel y también las palabras que aún no he escrito. Yo amo esas palabras que no he escrito. Amo las palabras que aún no he escrito.

Este deseo se retuerce. En lo más hondo gime un dolor agudo por reconocer el rostro de lo no escrito y por volver a ver el rostro de lo escrito. Hay dos rostros: uno existe, el otro no.

Lo no escrito existe si cierro los ojos para mirarlo. Respira. Es orgánico. Cerrar los ojos es atarse con las dos manos la venda que dirige la mirada adentro, donde lo no escrito vive. La palabra no es más que una huella apenas visible de eso que dentro se agita. De eso que dentro aún respira. Una huella que respira. Las palabras son los trazos emborronados que quieren significar un algo, el paisaje de un algo, el mapa que define los contornos de ese algo y delimita su forma y le da abrigo y entonces es. Porque está escrito y las palabras son como la sangre corriendo por las venas de lo escrito.

Lo que ya está escrito en el papel entabla una conversación con lo no escrito, con lo que nunca he escrito. Lo escrito le habla a lo no escrito como la voz que habla a un silencio que luego será voz. Emitirá su réplica. Lo no escrito es una voz. También es una voz, como lo escrito. Una voz que no se calla. Lo no escrito es una voz que no se quiere callar. Y en este debate en el que uno habla y el otro asiente en silencio no es menos elocuente aquello que nunca se ha dicho que lo que sí se ha dicho. La voz de lo no escrito me persigue, me despierta por las noches o no me deja dormir. Incansable en su batalla por brotar en nuevas ramas que serán, después, lo que se escribe.

Lo escrito brilla con su propia luz e ilumina lo no escrito, que es una luz apagada. Son dos mundos en constante movimiento. La dialéctica perturbadora entre el ser y el no ser. Entre lo escrito y lo que no está escrito.

Entonces vengo aquí, a este cuaderno que sostiene el peso débil de mi caligrafía y se deja penetrar por ella sin emitir una queja, y lo no escrito comienza a ser lo que ya está escrito. Lo no escrito deja de existir y sólo existe lo escrito. Esto. Lo que ahora estoy escribiendo y luego vendrás tú para leerlo. Leerás lo escrito. Pero no podrás leer lo no escrito.

Lo que no te he contado es que lo no escrito sigue latiendo dentro después de haberlo escrito. Porque lo no escrito permanece dentro. Lo no escrito queda dentro. No ha salido. Se refugia en lo hondo. Sólo ha brotado lo escrito. Esto que estás leyendo no es, ni será nunca, lo que yo no he escrito. Será otra cosa. Lo no escrito no será.

Hay dos mundos: el mundo escrito y el mundo no escrito. Yo persigo el mundo no escrito y sólo obtengo el mundo escrito. Me esfuerzo por conseguir que un día salga a la luz lo no escrito, pero lo no escrito se resiste. Lo no escrito sólo puedo leerlo si cierro los ojos y miro adentro. Si me tapo los oídos y escucho adentro. Si consigo que las palabras desaparezcan y con todos los sentidos alerta, me sumo en el placer que provoca lo no escrito. En ese vértigo de lo no escrito. Aún no lo he conseguido. Lo no escrito resbala como agua entre los dedos. Lo no escrito no es. Entablo esta batalla que he perdido de antemano. ¿Por qué?

Ahora sé que jamás podré escribir lo no escrito. Entonces cierro los ojos para mirar lo que no he escrito. Para que fluya. Para que sea. Y, aunque no pueda compartirlo, me doy cuenta de que hay un lector para lo que aún no escrito: ese lector soy yo.